Nellie Bly, la primera mujer en ejercer el periodismo de investigación encubierto

Su figura revolucionó el periodismo a través de operaciones clandestinas y la denuncia de abusos sociales
HELENA MASEDO GARZÓN | Fotografía: Wikimedia Commons

Nacida el 5 de mayo de 1864 en el seno de una familia adinerada, Elizabeth Jane Cochran, verdadero nombre de Nellie Bly, se crio en Pensilvania. Diferentes fuentes biográficas, como Nellie Bly: Daredevil, Reporter, Feminist, de la periodista Brooke Kroeger, ya definían a Elizabeth como “la más rebelde de sus hermanos”, y durante sus primeros años de vida se la llegó a conocer como Pinky, en favor de su predilección por el color rosa.

Fue gracias a la fortuna de sus padres, Michael Cochran y Mary Jane Kennedy, que tanto Elizabeth como sus cinco hermanos disfrutaron de una vida confortable y acomodada. Sin embargo, la muerte de Michael en 1870 sumiría a la familia en la quiebra. Ante la ausencia de un testamento, el patrimonio del hombre se dividió entre sus 15 hijos —10 de ellos, de su primer matrimonio—, y Mary Jane tuvo que hacerse cargo de sus cinco niños sin apenas dinero. Los fondos restantes se extinguieron durante el juicio que pondría fin al segundo matrimonio de Kennedy. En este contexto, Elizabeth, de 14 años, testificó en contra del segundo esposo de su madre.

La escasez económica de la familia llevó a la joven a abandonar la escuela tan solo un año después y a trasladarse junto a su madre a Pittsburgh. Allí, ambas comenzaron a regentar una pensión para poder sobrevivir. Corría el año 1880, momento en que la joven se sumergió en las dificultades de la vida de la clase obrera y en un día a día basado en las tareas domésticas. 

Inicios en el periodismo

Cinco años más tarde, el Pittsburgh Dispatch, diario local de Pittsburgh, publicó una columna de opinión titulada Para qué sirven las chicas. Diversas recopilaciones históricas del Senator John Heinz History Center de Pittsburgh coinciden en que la divulgación sexista de la pieza despertó el sentimiento de justicia de Elizabeth. Es por ello por lo que la joven refutó al rotativo y defendió el derecho de las mujeres al acceso a un trabajo digno y la igualdad de condiciones laborales.

La respuesta de Cochran sorprendió al editor del periódico, George Madden, y, finalmente, este le ofreció a la joven una colaboración regular. Este evento dio origen al seudónimo de Nellie Bly, aunque existen distintas versiones al respecto. Las más extendidas sugieren que fue el propio editor quien rebautizó a la mujer, mientras que otras señalan que se trató de una decisión colectiva. 

En sus primeras labores periodísticas, Bly desdeñó las secciones dirigidas al sector femenino y optó por escribir sobre asuntos sociales. Fue una de las primeras mujeres en denunciar las desigualdades del sistema, junto a perfiles como Ida Tarbell o Ida B. Wells. Sus artículos tuvieron tal impacto social que, a la edad de veinte años, Bly partió hacia México para cubrir las revueltas en el contexto del régimen de Porfirio Díaz. Posteriormente, sus crónicas fueron editadas en su libro Seis meses en México.

Sin embargo, y pese al creciente éxito de Bly, Madden la delegó a escribir sobre temas femeninos a su regreso a Pensilvania. Este hecho propició que la mujer abandonase Pittsburgh Dispatch y se trasladase a Nueva York en 1887, año en el que comenzó a trabajar en el New York World de Joseph Pulitzer.

Ten Days in a Mad-House

En un contexto de rivalidad mediática protagonizado por la lucha Hearst-Pulitzer, Pulitzer instó a Bly a infiltrarse en el sanatorio mental femenino de Blackwell’s Island. Para ello, Bly simuló un episodio de demencia en una pensión, motivo por el que la policía la arrestó y trasladó al asilo psiquiátrico. A su ingreso, incluso, logró esconder un cuaderno en el que recopiló todas sus vivencias.

La joven, de 23 años, permaneció ingresada en Blackwell’s Island diez días. Durante su internamiento se abstuvo de pretender su demencia, lo que desató acusaciones de que “presentaba una patología real”. De este modo, Bly descubrió que muchas de las internas no padecían ninguna enfermedad mental, y que varias mujeres habían sido confinadas a la fuerza por sus propias familias. Además, documentó que las pacientes eran sometidas a tortura física y psicológica de forma continuada. Llegó, incluso, a denunciar golpes, encadenamientos e intentos de asfixia, así como reportó las condiciones de insalubridad del edificio.

Tras diez días hacinada en el asilo, un abogado del New York World se presentó en el centro con una orden judicial para exigir su liberación. Bly se reencontró con las calles de Nueva York y, una vez libre, publicó las crónicas que había redactado durante su internamiento en su libro Diez días en un manicomio (Ten Days in a Mad-House). De este modo, y debido al impacto mediático y social de sus artículos, el gobierno de Estados Unidos abrió una investigación y destinó más de un millón de dólares a la mejora de las instituciones psiquiátricas de Nueva York. 

Ilustración de la sala principal del sanatorio mental femenino de Blackwell’s Island | Wikimedia Commons

La vuelta al mundo

Tan solo un año más tarde, en 1888, Bly planteó al New York World el que sería el siguiente de sus méritos profesionales: dar la vuelta al mundo en menos de 80 días. La propuesta no solo desafió un antecedente, sino que también enfrentó las leyes sociales, ya que, en aquella época, las mujeres no podían viajar solas.

Pese a la oposición del rotativo, e incluso la del propio Pulitzer, Bly partió el 14 de noviembre de 1889 desde Nueva York y atravesó países como Inglaterra, Francia, Yemen, Malasia, China o Japón, entre otros. Documentó su trayecto en crónicas enviadas a través de cable, pero también en su publicación La vuelta al mundo en 72 días y otros escritos. De este modo, consta que sus traslados se realizaron, en su mayoría, en ferrocarril, barco de vapor y carros, aunque también existen evidencias de que viajó en camello a su paso por Oriente. La joven tan solo portaba una pequeña maleta de mano como único equipaje y, entre sus anécdotas destacables, se relata que conoció al propio Verne.

Regresó a Nueva York 72 días, 6 horas, 11 minutos y 14 segundos después, el 25 de enero de 1890. Para entonces, el nombre de Nellie Bly ya era conocido a nivel internacional, y se había consolidado como una de las figuras más reputadas del periodismo de investigación gracias a su viaje y el seguimiento mediático del New York World.

Últimos años de vida

En 1895, Bly contrajo matrimonio con Robert Seaman, un empresario 40 años mayor que ella, y se retiró temporalmente del periodismo. A partir de entonces, orientó su vida a la gestión del imperio empresarial de su marido y se consagró al hogar, aunque reafirmó su rol en 1905, tras la muerte de su esposo.

Fiel a su espíritu social, Bly implementó diversas estrategias de modernización laboral después de heredar el negocio de Seaman. Entre las reformas, optó por sistemas de mejora de las condiciones laborales de los empleados y la industrialización de la empresa, pero diversas dificultades económicas le llevaron a la bancarrota en 1911. Así, debido a su precaria situación económica, Bly se vio obligada a retomar su carrera como periodista en 1912.

Ejerció como columnista en el New York Evening Journal hasta su muerte. Sin embargo, durante sus últimos años de vida, Bly se volcó en la defensa del sufragismo y ejerció como corresponsal de guerra durante la Primera Guerra Mundial hasta su fallecimiento en 1922 a causa de una neumonía.

Elizabeth Jane Cochran, oculta tras el seudónimo que la convirtió en mito, no solo desafió los límites sociales del siglo XIX; revolucionó el propio oficio. Hoy, más de un siglo después, su legado continúa latente en un hecho que define la profesión: el periodismo de investigación moderno no puede entenderse sin saber que fue Nellie Bly quien le puso nombre.

Helena Masedo

Valladolid, 2006. Coordinadora de InformaUVa, supervisora de la sección Sociedad y miembro activo desde 2024. Redactora en el diario Pueblos y Comarcas y escritora en sus ratos libres.

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