AITOR ENGUITA | Fotografía: Wikicommons
El mes de octubre, un mes donde empiezan a proliferar los malestares. Gripes, resfriados, infecciones de garganta e incluso COVID, son algunos de los males que nos empezarán a afectar en los próximos meses.
Viéndolo con perspectiva, quizás vivamos en un momento bastante cómodo para ponerse malo. Podemos acudir al médico con normalidad, los fármacos están a nuestra disposición y podemos disfrutar de gruesas mantas con las que pasar los males otoñales e invernales.
No era así en tiempos pretéritos donde enfermarse era toda una odisea. Y es que, la enfermedad ha acompañado a la humanidad prácticamente desde sus orígenes. Sin embargo, a lo largo de la historia han existido un sinfín de plagas y epidemias devastadoras para la humanidad. Hoy les presentamos las más destacadas.
Epidemias del mundo antiguo y feudal
Si bien, existieron muchas otras epidemias anteriores a Roma, en el caso romano podemos empezar a hablar de epidemias globales o intercontinentales. Entre las plagas de Roma destacan algunas como la Peste Antonina y la Plaga de Justiniano.
La Peste Antonina (165 d. C.-180 d. C.) fue la primera gran pandemia del Imperio Romano. Los historiadores de la época señalan que fue traída a la capital del imperio desde Persia a través de los legionarios que combatieron en dicha tierra contra los Partos. El célebre médico griego Galeno describió sus síntomas como erupciones cutáneas, fiebre, diarrea y vómitos. Se cobró entre 5 y 10 millones de víctimas, entre ellas, el Emperador Marco Aurelio. No se sabe con certeza que tipo de enfermedad fue, los estudiosos apuntan a una epidemia de sarampión o viruela.
Tras la Peste Antonina, vinieron otras epidemias como la Plaga de Justiniano. Sin embargo, habría que esperar unos siglos para que se diera la que fue la pandemia más mortífera de la historia humana: la Peste Negra. Llamada también Gran Mortandad, tuvo su brote más drástico entre 1347 y 1353.
Su origen deriva del asedio mongol de la ciudad de Caffa, en ese momento República de Génova. Se dice que los mongoles usaron cuerpos infectados en el asedio. Los genoveses, huyendo de Caffa, llegaron a Mesina, Sicilia. Allí la enfermedad comenzó a propagarse.

La enfermedad era causada por la bacteria Yersinia pestis y transmitida a través de roedores. Estos a su vez, transmitían la enfermedad a través de una pulga. Entre los síntomas destacan la necrosis (por eso se llama peste negra), la aparición de bubones y las afecciones pulmonares. La población europea pasó de unos 80 millones de habitantes a unos 30 o 40 millones. Giovanni Bocaccio sobrevivió a la enfermedad, lo que lo inspiró para crear El Decamerón.
Tras la Peste Negra sucedieron otras plagas notorias hasta la época moderna. Por ejemplo, la viruela en el Nuevo Mundo o el tifus.
Epidemias decimonónicas
Si pensamos que la llegada de la era moderna frenó las crisis sanitarias, estamos muy equivocados. El siglo XIX fue el siglo epidémico por excelencia. En esos cien años ocurrieron un sinfín de oleadas epidemiológicas, no obstante, debido a su persistencia temporal nos centraremos en dos: la malaria y el cólera.
Epidemia de malaria (inicios del siglo XIX; 1861-1865). La malaria ha sido una de las enfermedades más mortíferas de la historia humana. En el siglo XIX, fue un mal con el que los decimonónicos convivieron constantemente. Sin embargo, podemos determinar dos grandes picos epidémicos: durante las guerras napoleónicas y las guerras del sur de Europa; y durante la Guerra de Secesión Americana.
La malaria tiene por causa el parásito Plasmodium, transmitido a través de la picadura del mosquito Anopheles. Entre sus síntomas: fiebre alta, náuseas, cansancio extremo y dolores musculares. Estos síntomas eran tan conocidos que en el XIX se llamaban simplemente “fiebres”. Ambas oleadas ocurrieron debido al desplazamiento de tropas a zonas pantanosas. Si bien determinar el número de fallecidos es difícil, sí podemos señalar a una de sus víctimas más ilustres: el poeta romántico Lord Byron, quien contrajo la epidemia en esta oleada y falleció a causa de las praxis médicas de la época.

La otra gran plaga del XIX fue el cólera. Ambas enfermedades se sucedieron a la vez. Sin embargo, el caso del cólera fue especialmente desolador. A lo largo del siglo XIX hubo cinco pandemias de cólera. La causa del cólera es la bacteria Vibrio cholerae transmitida mediante el agua contaminada por la propia bacteria, habitualmente por las heces de una persona infectada. Los síntomas principales son diarreas graves, calambres musculares y deshidratación severa.
La primera pandemia (1817–1824) se propagó por Asia y el Medio Oriente, mientras que la segunda (1829–1837) llegó por primera vez a Europa y América. La más mortífera fue la tercera pandemia (1846–1860). No obstante, durante esta oleada, el médico John Snow identificó que se trasmitía por el agua. Destacaremos la quinta pandemia (1881–1896), como la más importante, debido a la fuerte concienciación de la enfermedad. En este episodio, Robert Koch aisló la bacteria Vibrio cholerae. También se impusieron fuertes medidas de protección sanitaria. Uno de los lugares más acusados fue Rusia. A causa de esta pandemia, falleció el compositor clásico Piotr Ilich Chaikovski, tras beber agua sin hervir.
Epidemias de inicio de siglo
Con la superación de la quinta pandemia de cólera, el inicio de siglo parecía tranquilo en cuanto a enfermedades se refiere. O eso querríamos creer. A finales de la década de 1910 ocurrió una plaga temible: la Pandemia de gripe de 1918, la llamada gripe española.
Lo curioso es que la epidemia no se originó en España, sino en Kansas, Estados Unidos. Debe su nombre a la prensa. El periodismo internacional no informó de la pandemia para no herir la moral de las tropas durante la Primera Guerra Mundial. España, que se mantenía neutral, informó libremente sobre el virus, lo que dio la sensación de ser el único país afectado.
Los síntomas eran los de una gripe estacional común, aunque derivaban en destrucción pulmonar grave y hemorragias severas. La epidemia infectó a 8 millones de personas,solo en España, aunque la cifra global fue considerablemente mayor. Entre sus infectados más ilustres, quien de hecho sobrevivió y lo retrató, fue el pintor noruego Edvard Munch.

Durante la Primera Guerra Mundial hubo otra grave afección en Europa que más tarde sería especialmente acusada en Asia, a pesar de que ya existía en el continente: la tuberculosis. Durante el conflicto, hubo un gran brote de la enfermedad causado por la falta de alimentos, las condiciones de salubridad en las trincheras y el desplazamiento poblacional. De hecho, el escritor Franz Kafka murió a causa de esta enfermedad, que le fue diagnosticada en 1917 durante esta pandemia.
Sin embargo, la pandemia más destacada de tuberculosis ocurrió en Japón entre 1931 y 1945, tanto que se llamó la enfermedad nacional. La enfermedad causa tos compulsiva, dolor en el pecho y hemoptisis. El pico ocurrió entre 1943 y 1945. Para 1944 la tasa de mortalidad era de 241 fallecidos por cada 100.000 habitantes a pesar de las campañas de vacunación. El escritor Osamu Dazai la contrajo en este periodo y lo que le valió ser calificado como no apto para el servicio militar en 1941.
Epidemias del mundo contemporáneo
Tras la Segunda Guerra Mundial las pandemias más acusadas han sido el VIH y la COVID. Debido a la corta distancia temporal de la última aún no se puede realizar un análisis histórico exhausto.
La pandemia de VIH/SIDA (1985-1995) fue un acontecimiento singular porque a partir de la década de 1980 la medicina la identificó en humanos. Por consiguiente, es a inicios de esta década donde planteamos su origen, y su pervivencia a día de hoy. El rango acotado responde a su pico máximo. La enfermedad se contrae mediante los fluidos corporales, lo que hace las relaciones sexuales sin métodos de barrera bastante peligrosos, o mediante vía sanguínea. La epidemia fue especialmente acusada puesto que no existían fármacos para contrarrestarla. La pandemia segó la vida de personajes públicos como Freddie Mercury o Michel Foucault. A pesar de los avances médicos, la OMS sigue considerándolo un problema global de salud pública.
Extra: una epidemia... diferente
Para finalizar si hablamos de epidemias debemos hablar de la más singular jamás acontecida. La epidemia de baile de 1518. Los hechos ocurrieron en Estrasburgo, Sacro Imperio Romano Germánico, cuando una mujer comenzó a bailar desenfrenadamente. Al mes se le habían unido unas 400 personas. Varias personas murieron por el agotamiento o paros cardíacos.
El gobierno municipal, creyendo que los infectados se curarían con el propio baile, contrataron músicos, levantaron escenarios con el objetivo de potenciar el tratamiento y que los habitantes bailaran más para así curarse. No obstante, la medida no curó a los afectados. Las autoridades prohibieron el baile y ordenaron la intercesión religiosa.
Hoy en día, los historiadores han teorizado que esta plaga de coreomanía pudo haberse originado debido al consumo de trigo afectado con el hongo del cornezuelo. Este hongo tiene un principio psicoactivo muy similar al del LSD, lo que sumado a las fiebres por las hambrunas, habrían propiciado esta anomalía.
La historia de la humanidad ha sido una convivencia continua y prolongada. Siempre parece que nunca viviremos una epidemia de grandes proporciones, pero es casi seguro que en algún momento oigamos hablar de una crisis sanitaria. Aun así, la historia de las plagas nos deja advertencias sobre cómo cuidarnos y sobre todo episodios realmente curiosos.















