Por Galeano, ejerzamos el derecho a soñar

Federico Luppi habla en ‘Lugares comunes’, película magnífica y con un persistente regusto argentino -si me preguntan-, de la lucidez.

“La lucidez es un don y es un castigo. Está todo en la palabra. ‘Lúcido’ viene de ‘Lucifer’, el Arcángel rebelde, el Demonio. Pero también se llama Lucifer el lucero del alba, la primera estrella, la más brillante, la última en apagarse… ‘Lúcido’ viene de ‘Lucifer’, y de ‘Lucifer’ viene ‘lux’, de ‘ferous’, que quiere decir ‘el que tiene luz, el que genera luz que permite la visión interior’. El bien y el mal, todo junto. La lucidez es dolor y el único placer que uno puede conocer. Lo único que se parecerá remotamente a la alegría será el placer de ser consciente de la propia lucidez”.

Esta lucidez de la que habla Luppi parece impregnar múltiples nombres propios de nuestra tan cercana –y a la vez lejana, desconocida, contrapuesta- América Latina. También, cómo no, el de Eduardo Galeano.

Como adelantándose a lo que estaba por venir, Galeano escribía en 1998 en el diario ‘El País’: “Habitamos un mundo que trata mejor a los muertos que a los vivos. Los vivos somos preguntones, y somos respondones, y tenemos otros graves defectos imperdonables para un sistema que cree que la muerte, como el dinero, mejora a la gente”.

El placer y el dolor que supone este análisis, certero pero pausado, alcanza a la realidad. Y es que si a algo nos instaba Galeano era a pararnos y observar, a ser conscientes de todas y cada una de las miserias y contradicciones de este mundo que gira más rápido de lo que se es capaz de asimilar. Siempre, eso sí, sin perder el matiz más puro y olvidado de lo que somos: el amor, la empatía, lo que nos hace propiamente humanos. “En el fondo, la rebeldía es un acto que proviene del amor, del amor a los demás y del amor a las cosas que vale la pena vivir, hasta morir por ellas”.

Fueron muchas las causas que abanderó el gran periodista y escrito uruguayo. Las defendió y visibilizó con la tinta de su pluma y la cadencia hipnótica de su voz. Nos habló de las Madres de Plaza de Mayo, de «los niños de la calle», de los indígenas, de la explotación económica, de la capitalización de los medios de comunicación… Siempre con el orgullo por su tierra presente y la valentía y la honradez como brújula. No en vano, fue dibujado por Mújica como “un elegido que a lo largo de los últimos 40 años dignificó América Latina”.

Si su voz no temblaba en la crítica, tampoco en la alabanza, o al menos, en el reconocimiento de ciertos aspectos que en Europa y Estados Unidos son motivo sistemático de crítica. Así, huía de las generalizaciones y afirmaba que “el patriotismo es legítimo en el norte del mundo», mientras que en el sur se convierte en populismo o, «peor todavía, en terrorismo», a la sombra de las noticias manipuladas que «dependen de los ojos que las ven o del oído que las escucha”.

Y es que, si se trata de hablar y de escribir, Galeano lo hizo. Lo hizo mucho, aunque lo importante sea ver cuántos le supieron escuchar o, quizá más acertado, cuántos quisieron hacerlo. Al fin y al cabo, ya dicta la sabiduría popular que no hay peor ciego que el que no quiere ver.

A la hora de recordar al literato, sería sencillo (y también, para qué engañarnos, tópico) enumerar datos biográficos y bibliográficos que el lector puede encontrar de manera detallada y rigurosa a lo largo y ancho de la Red. Se podría, asimismo, parafrasear todas y cada una de las referencias que los más grandes de sus compatriotas y vecinos le han dedicado. Incluso, podríamos recopilar las despedidas –en algunos casos, seguramente sinceras; en otros, algo menos- de aquellos que vieron enfrentadas sus luchas por el verbo del uruguayo. Sin embargo, tal vez el homenaje más sincero sería perpetuar su legado, que sobrepasa, con creces, sus textos. 

Sería hablar de integridad, y del equilibrio de la honradez que guió sus pasos y sus líneas bajo la máxima de que «nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en vez de hacer lo que más le conviene”.

Sería hablar de fraternidad. Y es que, si el continente americano era objeto constante de sus reflexiones, defendía también vínculos de hermandad que iban más allá de las demarcaciones de mapas y calendarios para “desarrollar la capacidad humana de reconocerse en los demás, más allá de todas las fronteras y de todos lo prejuicios”.

Sería hablar de voluntad de cambio, de cómo recordar esas «personas pequeñas, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas» para marcar la diferencia. “Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio, no expropian las cuevas de Alí Babá, pero quizá desencadenan la alegría de hacer y la traducen en actos. Al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla, aunque sea un poquito, es la única manera de probar que la realidad es transformable”.

Sería hablar del valor de las personas por encima del de los cuartos, convicción de la que el periodista hizo su cruzada. “Estamos en un mundo al revés, un mundo patas arriba que castiga la honestidad y recompensa la especulación, con un poder que opera a escala universal y que trata al mundo, a sus habitantes, como si los hubiera comprado en un supermercado”.

Sería hablar de democracia, de “este mundo que dice ser democrático todo el tiempo, en todos los discursos y en todos los países, pero que no es democrático porque está gobernado por un puñado de cinco o seis países que, a su vez, están gobernados por un puñado de banqueros y generales en cuyas manos estamos”.

Sería hablar de libertad, y pensar que el miedo al cambio es un miedo «muy pero que muy dañino cuando mata la esperanza», cuando opera contra la voluntad de la gente que va a votar creyendo que la democracia puede ser un factor de cambio, que mañana no es otro nombre de hoy, que no estamos condenados a repetir la historia… «Una mujer o un hombre presos del miedo no son libres”.

Sería hablar de verdad, de moderación, de responsabilidad. Abogar por los matices; huir de los colores puros; hacer apología de la templanza y la honestidad a la hora de observar y contar el mundo; no sustentar una guerra contra la sociedad occidental, mantener la mirada del hombre de ciencia que no saca conclusiones hasta realizar la autopsia. “No siempre los diablos son diablos, ni los ángeles, ángeles”.

Finalmente, sería hablar de justicia, solidaridad, infancia, educación, derechos humanos, naturaleza… Sería recoger el guante que nos tendió Galeano, atreviéndonos a “ejercer el jamás proclamado derecho a soñar, a delirar por un ratito, a clavar los ojos más allá de la infamia para soñar con otro mundo posible”.

Texto: Patricia Luceño

Fotografías: Eduardo Galeano – _titi (www.everystockphoto.com); resto de fotografías – Pixabay.

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