Aitor Enguita | Fotografía: Aitor Enguita
Tokio; Japón, el país del sol naciente. Para muchos, ver esta ciudad en persona es un sueño; para otros, solo pensar en la gran ciudad y sus luces de neón es ya motivo de agobio. Muchas de las personas que componen el primer grupo no se deciden a tomar un avión por miedo a no entenderse con los locales, a perderse entre las complejas líneas de tren y metro de la capital o a que la gran ciudad de Tokio no les guste tanto como sus influencers favoritos les han prometido.
En mi caso, es el segundo año consecutivo que estudio en la metrópolis. No obstante, no podría calificar ambas experiencias como «iguales». Seguramente, muchos piensen ¿qué puede ofrecer Tokio?, o ¿qué hay al otro lado del planeta que merezca la pena recorrer once mil kilómetros y 15 horas en el asiento de un avión?
Una ciudad: muchas diferentes
Si piensan en Tokio lo primero que se nos viene a la cabeza son las impresionantes luces de neón en el cruce de Shibuya, las olas de oficinistas colmando la línea Yamanote o servicios venidos «del 2050». Pero, si dejamos de lado la imagen híper futurista de la capital, la realidad no pasa desapercibida: Tokio no es una ciudad homogénea.

Administrativamente, Tokio está conformada por 23 barrios especiales o barrios-ciudad. Esto provoca que en una misma ciudad se aprecien un sinfín de realidades urbanas. Tenemos zonas como Shibuya, Shinjuku, Akihabara o Roppongi, que corresponden a ese Tokio metropolitano y futurista. Tenemos zonas tradicionales, con grandes templos. La más conocida, Asakusa, con su mítico templo Senso-ji y su reconocida calle comercial Nakamise. Existen también una serie de espacios verdes que parecerían imposibles en una amalgama de hormigón, como, por ejemplo, Ueno, el Santuario Meiji o Yoyogi. Finalmente, existen muchas zonas tranquilas y residenciales, como Shimokitazawa, Nerima o Setagaya, por mencionar algunas.
Con tantas opciones es difícil quedarse en blanco, sin nada que hacer. Si bien es cierto que la ciudad de Tokio puede ser sobreestimulante a veces, es un lugar donde comienzas a apreciar las pequeñas cosas. Al contrario de lo que piensan muchos turistas, la forma de disfrutar el ambiente de Tokio no es a base de caminar 30 kilómetros seis días seguidos para ver todo lo posible. En muchas ocasiones, lo que te ofrece Tokio es esa callejuela de Jinbocho, ese local pequeño de Ikebukuro o ese karaoke de Kichijoji.
Integrase: el gran miedo
Sin embargo, no todo es tan fácil como parece. Tras llegar, aparece el gran miedo: integrarse. Muchos de nosotros hemos tenido el estigma de la integración en mente no solo en Tokio, sino en cualquier otro país. ¿Nos adaptaremos al modo de vida? ¿La comida será de nuestro agrado? ¿Podremos ser aceptados? Tantas cuestiones que pueden parecer preocupantes y que las redes sociales propician que así las creamos. En el caso de Tokio, contrariamente a lo que ciertos vídeos virales y titulares sensacionalistas mencionan, es un lugar donde ser uno más es una realidad para muchos.
Sé que no todo el mundo se integra y que existen barreras culturales que muchos consideran infranqueables. Aun así, bajo mi propia experiencia en la capital, he sido siempre aceptado entre los locales. Respecto a otros ámbitos como la comida o las costumbres sociales, no creo que sean un impedimento para la mayoría. Por un lado, a quien no le gusten las comidas como el sushi o similares, la gastronomía japonesa tiene grandes ofertas en carnes y otros alimentos. Además, hay una gran variedad de restaurantes occidentales en caso de que la comida japonesa no sea para todos.
Respecto a las normas sociales, son muy fáciles de aprender: reverencias o esperar en ciertos lados de las escaleras, además de otras más específicas. Se aprenden conforme pasas tiempo en Tokio. De hecho, muchas veces comienzas a practicarlos de forma autónoma y sin pensar en cómo se deben hacer.
El corazón de Tokio: su gente
Tras todo esto, si tuviera que destacar algo de Japón y de Tokio, sería su gente. Llegué al Aeropuerto Internacional de Narita, prefectura de Chiba, el día 29 de junio. Desde entonces, no ha habido ni una sola mala palabra ni un gesto descortés por parte de los ciudadanos japoneses. Disfruto hablando con las personas, acerca de sus vidas y sus experiencias, pues en gran medida soy una persona curiosa. En la ciudad de Tokio pude hablar con muchas personas, y siempre me recibieron con los brazos abiertos y pude hablar con ellos con el mejor de los tratos.

La gente de Tokio tiene una gran amabilidad. Frente a diversos contratiempos, siempre fui ayudado por las personas de la ciudad. Desde cuestiones pequeñas como preguntar direcciones hasta asuntos de mayor gravedad como necesidades farmacéuticas y objetos perdidos; tanto ciudadanos, farmacéuticos, profesores y policías siempre han estado dispuestos a ayudarme.
Creo que solo es posible experimentar esta conexión con la gente cuando vas a Tokio. Durante mi estancia, viví verdaderas experiencias de comunidad con su gente: personas que hablaban conmigo en los izakaya —las tabernas japonesas— o festivales; ancianas en la línea Chuo, señoras durante partidos de béisbol y un largo etcétera que me harían llenar el artículo.
La última mención a la gente de Tokio está dirigida a mis amigos. Muchas personas creen que la barrera cultural no les permitirá hacer amigos locales. Sin embargo, aunque el japonés es un hecho positivo, que los más jóvenes no conozcan el idioma no es siempre un inconveniente. La ciudad de Tokio, por su magnitud, es una ciudad donde es bastante factible encontrar todo tipo de personas, con gustos diversos, que puedan compartir contigo. Entre la opinión de otros extranjeros viviendo en la metrópolis, coinciden en que algo destacado de la gente de Tokio es lo accesible que pueden ser y el sentimiento de no ser juzgado por sus gustos.
Han pasado dos meses desde que volví de Tokio y aún así sigo pensando que ofrece mucho a los extranjeros y, especialmente, a los estudiantes. Creo que es una experiencia memorable de la que se puede aprender mucho más que japonés y en la que te puedes llegar a sentir muy acogido por su gente.















