Natalia Castaño Santos | Fotografía: pexels
Los cines en cadena están cada vez más presentes en nuestro país, ocupando más de la mitad de las salas de España. Dejando en el olvido a las pequeñas salas independientes de los pueblos y ciudades. Cierto es, que cuentan con numerosas comodidades: pantallas más grandes, mejores equipos de sonido y amplios horarios. Además de los últimos estrenos y una fácil accesibilidad desde los centros comerciales. Pero han perdido su humanidad y su calor, dejando en el recuerdo la sensación que te provocaba ir al cine de tu pueblo.
Hay una sensación inexplicable que te atrapa cuando entras a la sala de un cine de barrio. El sonido de la madera crujiendo tras cada paso, el olor a palomitas recién preparadas en esas viejas máquinas que parecen sacadas de una película de los 50. Es el saludo que recibes al comprar las entradas, entregadas de la mano de la misma persona que te ha visto entrar desde que eras tan solo un niño. Contienen un sentimiento de nostalgia que te abruma y te arropa a la vez. Es la emoción que te hace disfrutar no solo de la película, si no también de la experiencia del cine en general.
Los cines locales en cambio, cuentan con apenas 300 salas activas en España. Están quedando en segundo lugar cuando antes eran los primeros en taquilla. Las instalaciones normalmente son antiguas e incomodas, pero no te sientes atracado al comprar una bebida. Puedes llegar andando, y volver de esta forma también mientras comentas la película que acabas de ver. Los cines locales son lugares familiares, de primeras citas o de quedadas con amigos. Son lugares humanos, con carisma e historia y que tienes al lado de casa. Tal vez no cuenten con la mejor infraestructura ni la cartelera más actualizada, pero guardan los recuerdos y sentimientos de todos los que se han sentado en sus butacas.
Los españoles estamos abandonando los cines, en especial las salas antiguas que nos acompañaron desde pequeños. En los últimos 10 años, las salas han perdido casi la mitad de sus espectadores y con ellos se han ido todos los recuerdos que guardaban. La mujer que regentaba el cine de tu barrio cuando ibas hace años, sigue allí esperando para recomendarte una película de la que no has oido hablar jamás. El hombre que vendía las palomitas, aún las tiene listas para ofrecérselas al próximo espectador que entre por la puerta. Y la pregunta que debemos hacernos es, ¿Queremos que el cine sea solo un entretenimiento, o que vuelva el sentimiento de comunidad que lo acompañaba?
Por mucho que lo intenten, las macrosalas de cine actuales serian incapaces de replicar esa sensación. Pueden tener pantallas gigantes con la mayor calidad del mundo y el mejor equipo de sonido, pero no tienen alma ni memoria. Durante décadas, ir al cine en España era casi un ritual. Era ese camino de la mano de tu familia hasta la sala, era esa pizza que ibas a cenar después de salir, aunque te hubieses llenado con las palomitas. Ahora, ese camino se traduce en aparcar el coche en cualquier centro comercial, para no poder ir a cenar después porque te has dejado el sueldo en unas palomitas pequeñas. Hay que recuperar las viejas costumbres y visitar los locales que tenemos cerca, ya que la cartelera de mañana depende de donde compremos la entrada hoy.















