LAURA CUADRADO TUHRINSKA | Fotografía: Pixabay
Un mal necesario
El fútbol cambió cuando en el año 2016, un árbitro se llevó el dedo a la oreja, dibujó un rectángulo en el aire con las manos y acudió a una zona donde un monitor le esperaba. Lo que parecía una clara evolución en un deporte que destacaba por los errores humanos destapó un gran debate que sigue presente hasta hoy: ¿el VAR ha conseguido que el fútbol sea más justo o ha destruido por completo su esencia?
Ante esto, existe una respuesta clara. La tecnología nos ha permitido mejorar en muchos aspectos. Entre ellos, corregir errores que no se podían apreciar en el momento del partido. Pero, el fútbol no es solo un deporte que mueve millones de euros, también mueve pasión. Sin embargo, no podemos dejar que esa pasión justifique errores cometidos en una milésima de segundo. Partiendo de aquí, el VAR es un mal necesario para evitar las injusticias y proteger la honestidad del juego.

El impacto en la grada
No obstante, las críticas de los aficionados no van por ahí. La principal causa de descontento hacia el VAR es la falta de fluidez en el campo. Los aficionados ya no pueden gritar el gol de inmediato. Tienen que parar y esperar a que el árbitro dé el visto bueno a la jugada, frenando así cualquier atisbo de alegría y celebración. Más allá de eso, la tecnología ha demostrado que no siempre es útil para resolver acciones interpretativas, como un empujón o una señal de mano.
Por esta razón, el problema no son las pantallas o las cámaras, sino querer perfeccionar un deporte totalmente interpretativo donde, muchas veces, una imagen a cámara lenta no aporta la solución.
El verdadero reto del VAR es su evolución, debe ajustarse y agilizar las decisiones para dar la mayor transparencia posible al espectador sin sacrificar el espectáculo. Solo así dejará de ser el protagonista de cada partido y se convertirá en una herramienta complementaria para eliminar la injusticia sin apagar el entusiasmo del juego.















