CAROLINA LÓPEZ BERRÓN | Fotografía: Wikimedia Commons
La ciencia lleva siglos desarrollándose. Figuras como Copérnico, Galileo o Newton establecieron el método científico y las bases de la física moderna, tan necesaria a día de hoy. Y los avances que se han llevado a cabo durante el siglo XX y XXI en física cuántica, genética e inteligencia artificial son indiscutibles. ¿Pero qué pasa cuando se le da más valía a un hecho que a una opinión?
La ciencia forense ha transformado la investigación criminal al sustituir los testimonios subjetivos por evidencias objetivas. Tan sólo se necesita una muestra de ADN o un puñado de huellas dactilares para averiguar quién fue el asesino de una víctima.
Pero, como todo, la ciencia tiene sus limitaciones. Si bien es cierto que gracias a ella se han resuelto casos como el de Colin Pitchfork o Eva Blanco, hay otros sobre los que aún cae la incógnita sobre quién es el asesino. Crímenes emblemáticos como el de Jack el Destripador o el Asesino del Zodiaco son claros ejemplos de esas limitaciones tecnológicas de la época.

Actualmente, la ciencia forense avanza hacia métodos más sensibles que extraen información de muestras mínimas, algo que un médico forense no podría hacer por sí solo. Aunque los desafíos éticos y la necesidad de mantener la presunción de inocencia siempre persisten por encima de cualquier prueba incriminatoria.
El francés Edmon Locard (1877-1966) tenía claro que las pruebas son infalibles, pero quienes las analizan no. Así lo expresaba él: « Las pruebas físicas no pueden equivocarse, no pueden cometer perjurio y no pueden desaparecer. Sólo el error humano en encontrarlas, estudiarlas y entenderlas, puede hacer disminuir su eficacia».
J. M. Mulet, escritor, investigador y divulgador científico español, recopila en La ciencia en la sombra algunos de los crímenes más famosos de la historia y repasa la aportación de la ciencia a esta joven disciplina. Además, considera que series policiacas como CSI han desarrollado un creciente interés entre los jóvenes por dedicarse profesionalmente a revolver crímenes.
«CSI intenta tener una base científica y muchas de las historias que cuenta son reales» explica. «He aprendido y disfrutado con muchos capítulos. Son minuciosos recogiendo pruebas, aunque no es realista que el mismo agente recoja las pruebas, haga los análisis y detenga al sospechoso. En la vida real la investigación criminal está muy jerarquizada».

Ramón Chippirrás, criminólogo y abogado, defiende que el true crime es un género de entretenimiento legítimo, pero que no debe hacerse pasar por criminología. Según cuenta en Cinco Días, «recordar esta diferencia es esencial en un momento en que se habla mucho de crímenes… y poco de lo que la criminología puede aportar para que ocurran menos».
Lo que tratan de concluir estos especialistas es que, aunque existan podcasts como Black Mango que expliquen estos casos, ellos no pueden evitar que los criminales sigan el camino que tanto interés parece traer a la gente. Lo que, en definitiva, ayuda a que la ciencia forense se desarrolle más rápidamente.














