ANA ESPINA MIELGO | Fotografía: Wikimedia Commons
Durante décadas, el heavy metal se ha percibido así mismo como una trinchera de resistencia. Desde las barricadas sonoras del thrash de los ochenta hasta la distorsión analógica que canalizaba la frustración de la clase obrera, el género nació con la vocación de desafiar a las instituciones, desconfiar del poder y amplificar la alienación social. Sin embargo, en la era contemporánea, figuras tutelares del género como James Hetfield encarnan un fenómeno tan curioso como sintomático, la supuesta «despolitización» del metal.
Hetfield, la inconfundible voz y guitarra rítmica de Metallica, ha reiterado a lo largo de los años su rechazo a que la banda sea encasillada ideológicamente. En un ecosistema donde la polarización mediática exige a cualquier icono cultural posicionarse en la trinchera del titular rápido, Hetfield sostiene que la música debe unir y no dividir, manteniendo las agendas partidistas fuera del escenario. A primera vista, la postura parece pacífica e incluso sensata. ¿Quién querría convertir un concierto de estadio en un mitin político?
La paradoja radica en que la despolitización explícita es, en sí misma, una postura política. Cuando Metallica compuso obras maestras como And Justice for All o temas icónicos como Master of Puppets, el grupo estaba disecando de forma implícita la corrupción del sistema judicial, la manipulación de las elites sobre las masas y los traumas de la guerra. La rabia que brota del riff de Hetfield no nació en el vacío, surgió como respuesta visceral a las grietas del contrato social. Pretender que esa música pueda desgajarse por completo de la realidad sociopolítica es pretender que la distorsión no necesita electricidad.
El repliegue hacia una supuesta neutralidad ideológica en el metal actual responde también a las inercias de una gran industria globalizada. Convertida en una de las marcas más lucrativas del entretenimiento mundial, Metallica opera en estadios abarrotados por audiencias sociológicamente heterogéneas. En ese nivel de masividad, el discurso neutral funciona como un aglutinador mercantil, evitar fricciones con la audiencia y preserva el espectáculo.
Sin embargo, en este proceso de asepsia, el género corre el riesgo de olvidarse de su colmillo crítico. Al despolitizar el mensaje para abrazar una catarsis meramente individual o introspectiva, el heavy metal amenaza con convertirse en un producto de consumo confortable. James Hetfield sigue siendo un titán del rock y un letrista brillante en la exploración del dolor personal y las adicciones. Pero su empeño en mantener a la política al margen del escenario evidencia la gran encrucijada del metal moderno. Y es que es mantener viva la llama del inconformismo original sin terminar convertido en el acompañamiento sonoro de un parque temático de la nostalgia.














