George Washington, el presidente que supo renunciar al poder

RAÚL MILÁN VILLALÓN | FOTOGRAFÍA:WIKICOMMONS

Condujo a un ejército improvisado frente a la mayor potencia militar del planeta, sostuvo la revolución cuando la derrota parecía inevitable y presidió el nacimiento de una república. Sin embargo, el gesto más trascendental del primer presidente de Estados Unidos no fue conquistar el poder, sino renunciar a él

El 14 de diciembre de 1799, la muerte sorprendió a George Washington en Mount Vernon, la extensa finca de Virginia que siempre consideró su verdadero refugio. Dos días antes, desafiando a una tormenta gélida en la que se alternaban la lluvia, el granizo y la nieve, había salido a caballo a inspeccionar sus tierras. Al regresar, su secretario, Tobias Lear, le advirtió del peligro: llevaba el abrigo empapado y copos de nieve incrustados en el pelo. Washington quitó importancia al episodio. Atendió la correspondencia, cenó sin cambiarse de ropa y al día siguiente volvió al bosque para marcar los árboles que planeaba talar. Al atardecer, la garganta le ardía. En pocas horas, la infección cerró sus vías respiratorias. Pese a las sangrías y desesperados intentos de los médicos, expiró en la madrugada del 14 de diciembre. El estratega que había derrotado a un imperio y el estadista que había modelado una nación moría a los 67 años en la misma tierra en la que siempre buscó la paz.

George Washington nació el 22 de febrero de 1732 en Popes Creek, Virginia, la repentina muerte de su padre cuando él tenía solo once años truncó su educación formal. Sin posibilidad de cruzar el Atlántico para estudiar en la universidad, el joven Washington se formó de manera autodidacta en matemáticas, geometría y agrimensura. En 1748 se internó en la frondosa frontera de Shenandoah para medir terrenos y al año siguiente obtuvo el nombramiento de agrimensor de Culpeper. Aquellas prolongadas expediciones no solo moldearon su carácter reservado, sino que le otorgaron un conocimiento estratégico y directo de la geografía americana.

Su bautismo de fuego llegó con la pugna entre Gran Bretaña y Francia por el dominio del rico valle del Ohio. En 1753, el gobernador de Virginia le encomendó una misión delicada: exigir la retirada de los fuertes franceses levantados en territorio británico. Tras el fracaso de la diplomacia, Washington atacó el 28 de mayo de 1754 a un destacamento francés en Jumonville Glen, una escaramuza que se cobró diez vidas, incluida la del comandante Joseph Coulon de Jumonville.

El incidente desató un agrio conflicto internacional: mientras París denunciaba el ataque a una comisión diplomática, Washington se defendía asegurando que se trataba de una fuerza militar encubierta. Semanas después, acorralado en el improvisado Fort Necessity, se vio obligado a firmar la capitulación. En aquel documento redactado en francés, el virginiano asumió sin saberlo la responsabilidad del choque, calificado en el texto de “asesinato”, una cláusula que achacaría siempre a una nefasta traducción de sus intérpretes.

Aquel fuego cruzado en la selva norteamericana encendió definitivamente la chispa de la Guerra Franco-Indígena. Ya en 1755, sirviendo como voluntario junto al general británico Edward Braddock, Washington sobrevivió a la sangrienta emboscada del río Monongahela en una jornada brutal donde le abatieron dos caballos y cuatro balazos perforaron su casaca. Su aplomo para organizar la retirada no solo salvó a los supervivientes, sino que le otorgó un prestigio inmediato que lo colocó al frente de las tropas de Virginia.

Washington anhelaba un galón en el ejército regular británico, pero el desprecio colonial y las barreras estamentales frustraron sus aspiraciones, alimentando un paulatino desencanto hacia la metrópoli. En 1758 colgó el uniforme y regresó a la vida civil. El 6 de enero de 1759 contrajo matrimonio con Martha Dandridge Custis, una acaudalada viuda. Washington asumió con dedicación la crianza de los dos hijos de Martha, John (Jacky) y Martha (Patsy). La pareja no tuvo descendencia propia, pero el núcleo familiar se convirtió en el eje de su vida. La tragedia, sin embargo, golpeó pronto el hogar de Mount Vernon. En 1773, Patsy falleció a los 17 años tras un fulminante ataque de epilepsia, un abatido Washington anotó en su diario: “A eso de las cinco, la pobre Patsy Custis murió de repente”. Años más tarde, en 1781, Jacky sucumbió a las fiebres de campamento tras alistarse para la campaña final de Yorktown. El matrimonio volcó su afecto criando a dos de sus nietos. De la intimidad de la pareja se conservan apenas unos rastros epistolares, pues Martha destruyó casi toda la correspondencia tras la muerte de su esposo. En una carta superviviente de 1775, Washington le confesaba el dolor de alejarse de su hogar para asumir un destino insospechado.

El 15 de junio de 1775, el Congreso Continental nombró a George Washington comandante en jefe del Ejército Continental. La elección no fue solo militar, sino profundamente política: poner a un adinerado virginiano al frente del ejército de Nueva Inglaterra unificaba la causa de las trece colonias. Washington tomó el mando cerca de Boston ante un panorama desolador: milicianos indisciplinados, desabastecimiento de pólvora y la maquinaria militar británica enfrente. La aplastante derrota en Nueva York en 1776 confirmó la abrumadora ventaja táctica del enemigo, pero Washington comprendió algo fundamental: para ganar la guerra no necesitaba vencer en cada batalla, sino mantener vivo al ejército. Evitó los enfrentamientos directos y practicó una guerra de desgaste. Hacia finales de 1776, con el ejército en desbandada por Nueva Jersey, los alistamientos a punto de vencer y la moral por los suelos, Washington se lo jugó todo a una carta. En la fría noche del 25 de diciembre, cruzó las aguas heladas del río Delaware con 2.400 hombres y cayó por sorpresa al amanecer sobre la guarnición de mercenarios hessianos en Trenton. La victoria no zanjó la guerra, pero insufló vida al movimiento. Días después, el triunfo en Princeton consolidó el milagro de la resistencia.

El invierno de 1777-1778 llevó a las tropas al límite de la resistencia humana. En el campamento de Valley Forge, la falta de ropa, alimentos y medicinas convirtió el frío en una carnicería silenciosa. Sin embargo, de aquel infierno emergió un ejército renovado gracias a la instrucción del barón prusiano Friedrich von Steuben y a la providencial alianza con Francia. La diplomacia fructificó en el campo de batalla en el otoño de 1781: coordinando sus tropas terrestres con el ejército del general Rochambeau y respaldado por el cerco naval de la flota del almirante de Grasse, Washington acorraló a las fuerzas del británico Lord Cornwallis en Yorktown. Sin vía de escape ni refuerzos posibles, el ejército británico capituló el 19 de octubre. El Tratado de París de 1783 sellaba formalmente la independencia de Estados Unidos.

Con las armas al fin en silencio, el peligro más grave para la joven democracia no vino de fuera, sino de dentro: los soldados llevaban meses sin cobrar y la indignación entre la oficialidad amenazaba con desembocar en un golpe militar contra la inoperancia del Congreso. Tras la chispa de esta crisis (bautizada como el amotinamiento de Newburgh) sobrevolaba además la sombra de la tentación monárquica, sugerida un año antes por el coronel Lewis Nicola en una carta que Washington había tajantemente rechazado. Sin embargo, el descontento de las tropas era real y amenazaba con devorar todo lo conquistado.

El punto de inflexión llegó el 15 de marzo de 1783, cuando Washington se presentó por sorpresa ante la asamblea de oficiales amotinados. Con el ambiente tenso, desdobló su discurso, hizo una pausa imprevista y, tras hurgar en el bolsillo para sacar unas gafas de lectura, dejó caer una frase improvisada que desarmó la sala al instante: «Caballeros, me permitirán que me ponga las gafas; no solo me he quedado canoso, sino casi ciego al servicio de mi patria». Bastó ese gesto de vulnerabilidad para que la emoción sofocara de golpe la rebelión.

Meses después, el 23 de diciembre, Washington remató su hazaña en la cámara del Congreso en Annapolis al entregar voluntariamente su comisión de comandante en jefe. Aquel acto de desprendimiento para regresar a Mount Vernon como un simple campesino rescató la figura del romano Cincinato, dejando estupefactas a las monarquías europeas, insólitas ante un general que prefirió la tierra al poder absoluto.

En 1787, Washington presidió la Convención de Filadelfia que redactó la Constitución de Estados Unidos. Aunque la arquitectura teórica del texto fue obra de mentes como James Madison, el prestigio moral de Washington dio una legitimidad incuestionable al proceso. El 30 de abril de 1789, sobre el balcón del Federal Hall de Nueva York, prestó juramento como primer presidente. Formó un gobierno brillante pero profundamente dividido: Alexander Hamilton defendía una economía mercantilista y un gobierno federal fuerte; Thomas Jefferson abogaba por una república agraria y descentralizada. Washington actuó como un árbitro salomónico entre ambas facciones, mientras sofocaba la Rebelión del Whisky en 1794 para hacer valer la ley federal y proclamaba la neutralidad del país ante el devastador conflicto entre Francia y Gran Bretaña. Tras dos mandatos, en 1796 rechazó optar a un tercero. En aquel momento, la Constitución no prohibía la reelección indefinida; su decisión fijó un precedente no escrito de alternancia democrática que perduraría más de un siglo, hasta la ratificación de la Vigesimosegunda Enmienda. En su histórico Discurso de Despedida, redactado con la ayuda de Hamilton y publicado el 19 de septiembre, advirtió a sus compatriotas contra el veneno del partidismo, las quiebras territoriales y las alianzas militares permanentes. La presidencia, demostró al marcharse, era un mandato temporal, jamás una propiedad personal.

El legado del gran libertador norteamericano carga con una paradoja imposible de ignorar: el mismo hombre que lideró la lucha por la independencia sostuvo su patrimonio sobre la esclavitud. Mount Vernon no solo fue su hogar, sino una explotación agrícola cuya rentabilidad dependía de la mano de obra forzada.

Para 1799, 317 personas vivían bajo esa condición en sus fincas. De ellas, 123 eran de su propiedad directa, 153 pertenecían al patrimonio Custis, heredado del primer matrimonio de Martha y fuera de su alcance legal para venderlas o emanciparlas, y las demás eran alquiladas.

En privado, Washington expresó una contradicción constante. En sus cartas admitía lo insostenible del sistema y apoyaba una abolición progresiva. “No hay hombre vivo que desee más sinceramente que yo ver un plan adoptado para la abolición de la esclavitud”, escribió en 1786, abogando por un cambio legislativo lento y gradual. Sin embargo, en la práctica nunca lideró esa causa ni arriesgó su posición económica.

Incluso durante su presidencia en Filadelfia apeló al pragmatismo legal: rotaba periódicamente al personal esclavizado que lo servía para evitar que cumplieran seis meses de residencia continua, el límite que fijaba la ley de Pensilvania para otorgarles la libertad. El equilibrio político y la estabilidad del nuevo país pesaron más que sus dilemas éticos.

Su decisión final llegó en el testamento redactado en julio de 1799: decretó la liberación de sus 123 esclavizados tras la muerte de su esposa, salvo su sirviente de guerra William Lee, liberado de inmediato. Martha prefirió no esperar y adelantó la manumisión al 1 de enero de 1801. Fue un gesto inédito entre los padres fundadores de Virginia, pero dejó intacto el destino de los esclavizados del patrimonio Custis y no borró las décadas de sometimiento que sostuvieron su estatus.

En sus años finales, retirado en Mount Vernon, Washington buscó recuperar el control de sus tierras. Pese al retiro, la política seguía quitándole el sueño. Paralelamente, libraba una batalla física contra el deterioro de su salud dental: las severas pérdidas óseas lo obligaron a llevar incómodas prótesis esculpidas con marfil, aleaciones metálicas y piezas dentales humanas y animales (la célebre dentadura de madera no es más que una leyenda popular). Detrás del rostro impasible grabado en los billetes y los retratos oficiales de Gilbert Stuart existía un hombre aquejado por intensos dolores y las limitaciones de la vejez. La república que ayudó a construir distaba mucho de ser perfecta: la esclavitud continuaba arraigada, el despojo de los pueblos nativos proseguía y las mujeres carecían de derechos políticos. El propio Washington cometió graves errores tácticos y distó de ser un héroe sin fisuras. Pese a todo, logró algo insólito en la historia de las revoluciones: mantuvo unida a una tropa hambrienta frente al imperio más poderoso de la época, sometió el poder de las armas a la autoridad civil de las leyes y se retiró a su casa cuando tenía todo a su favor para perpetuarse. Su grandeza no estriba en una virtud inmaculada, sino en la tensión constante entre su ambición personal y su contención política. Supo cómo conquistar el poder, pero, sobre todo, demostró la rara virtud de saber cuándo renunciar a él.

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