IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ | Fotografía: Wikimedia Commons
Hay una escena que no existe en Torrente, presidente pero que podría resumirla. Una sala de cine llena de gente que ríe a carcajadas mientras un personaje fascista, machista y xenófobo les dice exactamente lo que piensan. La cámara no distingue si el público se ríe de él o con él. Segura tampoco.
Esa ambigüedad no es un accidente. Es el corazón del problema.
Santiago Segura lleva casi treinta años construyendo a José Luis Torrente como caricatura del español más rancio, alguien corrupto, autoritario, misógino, orgulloso de su ignorancia. La intención declarada siempre ha sido la crítica social. Y durante mucho tiempo funcionó.
Torrente era tan grotesco que resultaba imposible confundirlo con un modelo. Pero la sátira tiene una condición que sus defensores suelen olvidar. Necesita que el público comparta el marco de lectura. Necesita que quien ríe entienda por qué ríe. Y en 2026, con más de 20 millones de euros en taquilla y un país donde el discurso que Torrente parodia ha entrado en el Parlamento con corbata y micrófono, esa condición ya no está garantizada.
La sátira política clásica funciona por exceso. Exagera los vicios del poder hasta el absurdo para hacerlos visibles. El problema de Torrente, presidente es que la realidad ha recortado distancias.
Los mítines de Torrente se parecen demasiado a mítines reales. Sus argumentos suenan demasiado a argumentos reales. Y cuando la caricatura y el original se acercan tanto, el chiste puede dejar de ser una crítica para convertirse en una descripción.
No es culpa exclusiva de Segura. Es el síntoma de una época en que la política se ha vuelto difícil de parodiar porque ya se parodia sola. Pero eso no exime al autor de preguntarse qué hace su obra en ese contexto.
Aquí está la trampa ética que la película no resuelve. Segura puede tener intenciones críticas impecables, pero no puede controlar cómo se recibe lo que rueda. Y hay indicios de que una parte del público de Torrente, presidente no va al cine a que le pongan un espejo, sino a sentirse representado.
Eso no convierte automáticamente la película en propaganda. Sin embargo, sí obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿cuándo una obra que pretende ridiculizar una ideología acaba por darle oxígeno? ¿Cuándo el humor que apunta a desactivar un discurso termina normalizándolo?
No hay respuesta sencilla. Tampoco es suficiente con decir que es ficción y que quien no lo entienda, problema suyo. Eso es exactamente lo que diría Torrente.
Lo más honesto que se puede decir de Torrente, presidente es que es una película incómoda por las razones equivocadas. No incomoda porque sea valiente, sino porque es ambigua en un momento en que la ambigüedad tiene consecuencias. Una sátira que puede ser leída como crítica o como celebración no es una sátira neutral, es una sátira que ha perdido el control de su propio mensaje.
Segura tiene derecho a hacer la película que quiera. El público tiene derecho a reírse. Pero quizás valdría la pena preguntarse, al salir del cine, de qué nos hemos reído exactamente. Y si la respuesta no está del todo clara, el problema no es solo de Torrente.










