IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI

El MUNUVA, impulsado por estudiantes de la Facultad de Derecho de Valladolid, volvió a poner sobre la mesa algo más que un simple ejercicio académico. Durante varios días, las aulas se transformaron en un escenario donde se respiraba diplomacia, tensión y estrategia. Cada participante asumía el papel de un país, defendiendo sus intereses en debates que no eran ficticios, sino anclados en problemas muy reales. Aunque el evento estuvo lleno de comités, sesiones y actividades paralelas, esta vez el foco se situó en lo que ocurrió dentro del ECOSOC, concretamente en sus sesiones tres y cuatro, desarrolladas en el aula 007.

La jornada del 21 de abril arrancó temprano. A las 09:00 comenzaron las acreditaciones, ese primer momento en el que todavía todo suena a organización y expectativas. Media hora después, a las 09:30, tuvo lugar la ceremonia de bienvenida en el Aula Mergelina, marcando el inicio oficial del evento. A partir de ahí, el ritmo se aceleró. A las 10:00 comenzó la sesión plenaria 1 y, más adelante, a las 12:00, la sesión plenaria 2.

En ese contexto, la prensa tuvo un papel silencioso pero determinante. Dos estudiantes se encargaron de contar lo que pasaba dentro del comité para quienes estaban fuera. Durante los momentos más informales, cuando el protocolo se relajaba y comenzaban las conversaciones directas, se acercaban a los delegados, preguntaban, rascaban un poco más en sus posiciones. Luego, todo eso se traducía en noticias y publicaciones que acababan en el Instagram de Debate UVa, construyendo una especie de relato paralelo del debate.

La tercera sesión, celebrada a partir de las 15:30 en el aula 007, arrancó con energía. Reino Unido tomó la iniciativa proponiendo un espacio de negociación libre de quince minutos. La idea era clara, sacar a los delegados del discurso preparado y llevarlos al terreno de la negociación directa. No tardó en responder Estados Unidos, que planteó un debate más estructurado, centrado en las irregularidades ambientales del corredor bioceánico. El tema eran los recursos naturales, el impacto ecológico y su gestión. La discusión fue creciendo hasta el punto de que se decidió alargarla veinte minutos más. Había demasiado en juego como para quedarse en la superficie.

A las 17:00 llegó el coffee break. Sobre el papel, una pausa. En la práctica, una segunda sala de negociaciones. Sin micrófonos, sin turnos de palabra, pero con acuerdos que empezaban a tomar forma, entre ellos el acercamiento entre Francia y China.

La cuarta sesión comenzó a las 17:30, de nuevo en el aula 007, y actuó como desenlace. Llegaba el momento de votar y cerrar un proceso marcado por la negociación constante, los choques de posturas y también por algunos puntos de entendimiento. Finalmente, salió adelante la resolución impulsada por Francia, Alemania, España y Brasil, entre otros, que se impuso a la propuesta defendida por Estados Unidos, Reino Unido y Argentina.

Después, el foco se desplazó al trabajo técnico. Era el turno de las enmiendas, esos ajustes que pueden cambiar el sentido de un texto. Se debatieron, se matizaron y, una a una, fueron aprobándose. Incluso en medio de ese tono más técnico hubo espacio para bajar las ideas a tierra. Algún delegado recurrió a comparaciones cotidianas, como la diferencia entre comprar una chuche en un supermercado o en una marca concreta, para explicar de forma sencilla las desigualdades en los modelos de producción y consumo.

Con eso cerrado, el comité dio paso al segundo gran tema: la explotación y el desarrollo sostenible de los recursos naturales en América del Sur. Reino Unido defendió sin rodeos la explotación como motor de crecimiento. Túnez puso el acento en una desigualdad evidente, señalando que los beneficios no se reparten de forma justa y que los países más ricos acaban llevándose la mejor parte. Francia insistió en que el medioambiente no entiende de fronteras y que las soluciones no pueden plantearse desde lo individual. Estados Unidos habló de proteger espacios estratégicos como el Amazonas, aunque desde una lógica de eficiencia. Brasil trató de equilibrar ambas visiones, apostando por un desarrollo sostenible que no frene el progreso. Y Países Bajos dejó una idea clara sobre la mesa: el avance tecnológico no puede sostenerse a costa del entorno.

Mientras tanto, el MUNUVA seguía desarrollándose en paralelo en otros espacios, como el aula 005, donde tenían lugar otros comités. Más debates, más salas, más conversaciones que ampliaban la experiencia, aunque no todas pudieron seguirse de cerca.

El cierre cambió completamente el ambiente. A las 19:00, el Global Village dejó a un lado la formalidad y abrió paso a un espacio mucho más relajado. Entre comida, risas y charlas sin protocolo, los participantes pudieron conocerse sin el papel que habían estado representando durante días. Un final más cercano, casi necesario, que terminó de dar sentido a una experiencia en la que se mezclaron el debate académico, la actualidad internacional y la implicación constante de todos los que formaron parte.