AITOR ENGUITA | Fotografía: Wikicommons
Una de las preguntas más frecuentes en el debate histórico es sobre la capacidad de la propia historia para evitar su propia repetición. A primera vista, parecería que es un rotundo sí. Que la humanidad conoce sus errores y nunca repetiría cuestiones como el Holocausto o la esclavitud.
No obstante, miremos nuestro propio pasado. ¿El ser humano realmente aprende de las atrocidades que comete? ¿O, por el contrario, es, en esencia, un Sísifo moderno que sube la roca de su propia historia para dejarla caer nuevamente?
En primer lugar, debemos plantearnos de dónde vienen estos postulados. La idea contemporánea de que el conocimiento del pasado supone que los seres humanos aprendamos a no repetirlo ni emularlo nos viene por dos tradiciones filosóficas muy marcadas desde el siglo XIX. La idea de que nuestra especie irá a mejor debido a las innovaciones técnicas, culturales, filosóficas y científicas surge con el Positivismo. Auguste Comte aseguraba que la humanidad ha pasado por tres estados históricos, puesto que él se encontraba en el estado positivo, donde la ciencia y la tecnología solucionarían los problemas vitales del ser humano y, por lo tanto, no repetiría sus errores pasados.
La segunda tradición filosófica que nos ha perpetuado esta creencia proviene de una cita en la obra The Life of Reason (1905-1906) del filósofo George Santayana. En el texto remarca: «Aquellos que no pueden recordar su pasado están condenados a repetirlo». Dicha cita se ha asumido como una máxima universal, y sí; a inicios del siglo XX era una frase poderosa.
No obstante, no debemos olvidar una cuestión clave. Desde la cita de Santayana han pasado 120 años, y el mundo y la historia han cambiado radicalmente. En pleno siglo XXI, pese a que es una cuestión debatida, muchos expertos sostienen que la historia no es un manual de instrucciones ni una vacuna que nos hace inmunes a los errores del pasado. Por supuesto que conocer la historia es fundamental para saber de donde venimos, qué hemos hecho y sobre todo qué hemos hecho mal. Para ilustrar esto, les presentaré a los lectores ciertas ocasiones donde la propia historia no ha servido para que pudiéramos aprender de ella.
La Gran Guerra y la Segunda Guerra Mundial

Una gran paradoja que ni Santayana imaginaba era que, apenas nueve años después de dicho ensayo, estallara la que hasta ese momento había sido la guerra más sangrienta y devastadora de Occidente. No solo eso, sino que era el primer ejemplo de guerra moderna: armas químicas, tanques… Veinte años después, no obstante, escaló otro conflicto internacional que llamamos la Segunda Guerra Mundial.
Las potencias europeas, principalmente Francia e Inglaterra, recordaban la pesadilla de las trincheras, lo que llevó a tratar de evitar la guerra a toda costa. Esto, como sabemos, no trajo un final feliz para nadie, puesto que la extrema cautela de las potencias europeas permitió conceder a Hitler sus primeras demandas como la anexión de los Sudetes y darle tiempo al dictador para armar a Alemania y preparar su guerra.
Por otra parte, Hitler, quien había combatido en la Primera Guerra Mundial, recordaba dicho conflicto con un sentimiento de revancha compartido por un sector mayoritario de Alemania. Esto lo llevó a fraguar la Segunda Guerra Mundial.
En este caso, vemos que el uso de la historia como brújula provocó una situación paradójica. Las potencias conocieron el horror que se había cometido en 1914, pero se preparaban para una guerra ya acontecida y no para la que estaba por librarse.
La bomba atómica y la bomba H

El caso de las armas nucleares es quizás el más trágico pero el más potente. Durante la Segunda Guerra Mundial, científicos estadounidenses y europeos exiliados por los regímenes autoritarios fabricaron el arma más mortífera y aterradora jamás creada: la bomba atómica. Tenían la esperanza de que su uso no solo pondría fin a la Segunda Guerra Mundial y salvaría muchas vidas a largo plazo, sino que la existencia misma de un arma semejante pondría fin a todas las guerras presentes y futuras.
Es por esto por lo que los comités científicos liderados por figuras como Niels Bohr, Robert Oppenheimer, Ernest Lawrence o Enrico Fermi abogaban por la cooperación internacional. Querían que el arma se usase públicamente para que la humanidad apreciase el horror de esta y posteriormente compartir la tecnología de esta con el resto de las superpotencias para evitar una carrera armamentística.
No obstante, el sueño de los científicos duró poco tiempo. Tras la guerra, el presidente Truman no compartió la información del arma, lo que provocó la carrera armamentística que los científicos temían. No solo esto, sino que también, a pesar del conocimiento de lo que la bomba había hecho en Hiroshima, se desarrolló la bomba de Hidrógeno, aún más mortífera que la de fisión.
Sin embargo, cabe señalar que, aunque el conocimiento del pasado alimentó la carrera armamentística nuclear, fue el terror visto en Hiroshima y Nagasaki el que obligó a Kennedy y Jhruschov a frenar la inminente guerra nuclear que se avecinaba durante la crisis de 1962.
El caso de los “dictadores espejo”

Debemos señalar otro factor bastante común en la historia: que los dictadores o líderes intenten simular o recrear a dictadores o líderes anteriores. El caso más significativo es el que inicia con Alejandro Magno. A la edad de 33, ya dominaba la mayor parte del mundo conocido para los griegos con un imperio que se extendía desde el Peloponeso hasta la India.
Posteriormente, varios siglos después, Julio César se vio reflejado en Alejandro y quiso emular su imperio. Tanto es así que una famosa historia cuenta que el dictador romano lloró ante la tumba del rey heleno, puesto que él, a su edad, ya dominaba todo el mundo conocido. Más de mil años después, otro líder quiso emular el dominio de ambos. Napoleón se veía reflejado en este modelo y adoptó el águila imperial romana y el título de emperador.
Paradójicamente, aquí sucede el caso contrario: el error es querer repetir el pasado. Napoleón ignoró que el mapa de Europa que vio César y el que él veía no tenían nada que ver y que las naciones y las guerras habían cambiado.
Todos estos razonamientos ya los postuló el filósofo Georg Hegel en su obra Lecciones sobre la filosofía de la historia universal donde cita: «Lo que la experiencia y la historia nos enseñan es que las personas y los gobiernos nunca han aprendido nada de la historia o han actuado de acuerdo con los principios que se deducen de ella».
Un rayo de luz: no todo es pesimismo
No obstante, no debemos caer en una visión cínica ni pensar que el humano no puede aprender. Hay en otras situaciones donde la historia nos ha servido para enmendar errores pasados o ponerles solución.
Uno de estos ejemplos es la creación de una corte penal internacional y, sobre todo, la redacción de la Declaración Universal de Derechos Humanos. Tras los juicios de Núremberg, la humanidad abolió el «todo vale» y puso reglas firmes para cualquiera que transgreda esta declaración o cometa los crímenes comprendidos en dicho proceso judicial. En este caso, destacan los crímenes contra la humanidad o los crímenes de guerra.
En conclusión, este es un tema muy complejo debido a que la historia no es un único bloque sólido, sino que integra procesos y transformaciones muy significativas. Como norma general, podríamos decir que la historia no es ni una medicina para curar los males ni un manual de cómo vivir. Sin embargo, sería cínico afirmar que la humanidad, durante todo este tiempo, no ha sido capaz de aprender nada.










