ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI RUIZ  |  Fotografía: Estíbaliz Domostegui Ruiz

Durante años, el consumo de alcohol entre los jóvenes se ha visto como algo normal, casi como una etapa más de crecer. Sin embargo, cada vez es más difícil defender esta idea viendo los datos actuales. No estamos solo ante una costumbre social, sino ante un problema real de salud que sigue muy normalizado.

En España, los datos son claros. Según el Ministerio de Sanidad, la edad de inicio en el consumo de alcohol está en torno a los 13-14 años, una edad muy temprana en la que el cerebro todavía se está desarrollando. Además, más del 75% de los adolescentes entre 14 y 18 años ha probado el alcohol alguna vez, lo que demuestra lo presente que está en su día a día. La cuestión no es solo por qué beben, sino por qué lo vemos como algo tan normal.

Uno de los hábitos más preocupantes es el “binge drinking”, es decir, beber mucho alcohol en poco tiempo. Casi 3 de cada 10 jóvenes dicen haberlo hecho en el último mes, y más de un 20% reconoce haberse emborrachado recientemente. Esto no son casos aislados, sino una forma de consumo bastante común que puede tener consecuencias importantes.

Desde mi punto de vista, hay algo que debemos aceptar: es muy difícil, por no decir imposible, controlar completamente si los jóvenes beben o no. El alcohol ha estado siempre presente en la sociedad y, aunque haya leyes, los jóvenes suelen encontrar la manera de conseguirlo. Pensar que todo se soluciona prohibiendo no es realista. Por eso, creo que la solución debe ir por otro camino. Si no podemos evitar del todo que beban, sí podemos ayudar a que entiendan mejor los riesgos. Aquí es donde la información y la educación son clave. No basta con decir “el alcohol es malo”; hay que explicar bien qué puede pasar y hacerlo de forma clara.

En este sentido, sería muy útil dar más charlas en los centros educativos con casos reales. Escuchar testimonios de personas que han tenido problemas por el alcohol, como accidentes, enfermedades o situaciones graves, puede hacer que los jóvenes sean más conscientes. Este tipo de ejemplos suele impactar mucho más que cualquier teoría. Además, deberían difundirse mucho más los efectos negativos del alcohol, tanto en redes sociales como en otros medios. Hoy en día, los jóvenes ven constantemente mensajes que relacionan el alcohol con diversión, fiestas o éxito social, pero casi no reciben información sobre sus riesgos. Ese desequilibrio influye mucho.

Las consecuencias del consumo temprano son claras. El alcohol puede afectar a la memoria, a la concentración y al aprendizaje, y también aumenta el riesgo de engancharse en el futuro. Pero, además, puede provocar situaciones peligrosas en el momento, como accidentes, peleas o decisiones impulsivas que pueden tener consecuencias serias.

Aun así, hay algunos datos positivos. En los últimos años, el consumo ha bajado un poco, lo que demuestra que las campañas de prevención pueden funcionar. Pero esto no significa que el problema esté resuelto. Bajar el consumo no es lo mismo que cambiar la forma de pensar sobre el alcohol, y ahí todavía queda mucho por hacer. De esta forma, el consumo de alcohol entre los jóvenes no va a desaparecer de un día para otro. Pero aceptar esto no significa rendirse, sino buscar soluciones más efectivas. Informar mejor, educar y mostrar casos reales puede marcar la diferencia. Porque, aunque no podamos evitar que todos los jóvenes beban, sí podemos ayudarles a entender las consecuencias y tomar decisiones más responsables.