PAULA REBOLLO ANDRADE | Fotografía : Paula Rebollo
No hay nada como salir, primero de la ciudad, luego de la comunidad autónoma y finalmente del país, para darse cuenta de que la SEMINCI no es única en su especie.
Cuando aterricé en Lieja (Bélgica) para debutar como ERASMUS, nada me hacía presagiar que, tras la visión de esas calles grises, repletas de edificios antiguos, bolsas de basuras a la puerta, corredores y perfume a gofre… aguardaba una vida cultural tan rica.
Lieja, una pantalla abierta a lo breve
En noviembre lo apuesto todo al humor. La ciudad flamenca saca pecho de su Festival Internacional du Film de Comédie de Liège (FIFCL). No es para menos: se trata del único evento cinematográfico de Europa que valora este género. La Rue Pont d’Avroy, una de las vías principales, atesora el Walk of Fame: entre sus baldosas desigualadas y traicioneras, aquí y allá, sobresalen las placas que rinden homenaje a figuras de la comedia francófona.
En esta décima edición, Jean Reno (El gran azul, El Código Da Vinci) es uno de los nombres que pasan a decorar el suelo liejense. Decido ir a la sesión de cortometrajes y admito que me espumea la ilusión en la garganta cada vez que comparto una risa con el resto de la sala. En cierto modo cada carcajada me acerca a la comunidad y, en estos tiempos de polarización, me aleja de la idea de los extremos irreconciliables.

En febrero lo apuesto todo al dibujo. Los cines «Sauvenière» son una de las delegaciones que acogen la 45 edición del Festival International du Film d’Animation (ANIMA), cuya sede principal se encuentra en Bruselas. Una anécdota: este evento invitó en 1984 a Tim Burton (Beetlejuice) y John Lasseter (fundador de Pixar) cuando sus rostros todavía pasaban desapercibidos. Decido ir a la sesión de cortometrajes de temática feminista y queer.
Escucho francés, por supuesto, pero también español, portugués, sueco, inglés e incluso búlgaro. Me cuentan cuentos sobre una enfermedad que confina una canción en tu oído, sobre valientes mujeres pescadoras, políticos que revelan ser antiguos vikingos, amores más allá del espacio, luchas karatekas en la oficina… La pantalla se achica y se expande una y otra vez al pasar de un formato a otro; elijo pensar que es un corazón que late escenas, uno que acompañe mis pulsaciones desde la butaca.
La ciudad que también se dibuja en la pantalla
Al ver que ambos eventos han llenado la sala, no puedo sino sonreírme. Es inevitable hacerlo cuando tantas personas han querido invertir su tiempo en lo pequeño y situarse en defensa de lo breve. Como los relatos o los poemas, los cortometrajes entre el gran público en ocasiones pasan desapercibidos.
Sin embargo, lo diminuto es un lugar igual de legítimo para atesorar una pepita refulgente que un film de más de tres horas o un libro de 700 páginas. La posibilidad de que la obra nos produzca una punzada no depende del volumen. Es más, en mi caso, es más probable que esa semilla fertilice mi memoria si acude a mí con su modesta brevedad.

Hay algo ligeramente nostálgico y a la vez vivaz en el hecho de saber que probablemente jamás volveré a estas imágenes; es precisamente eso lo que me fuerza a abrir los ojos al máximo, a riesgo de perderme un fotograma para siempre.









