ANA ESPINA MIELGO | Fotografía: elaboración propia con IA
El Plan Bolonia llegó a las universidades europeas prometiendo dejar atrás el famoso modelo del “todo o nada” en el que los alumnos se jugaban un cuatrimestre entero en los exámenes finales de enero y junio. Esta nueva propuesta trajo consigo la evaluación continua, un sistema participativo donde el estudiante tiene la oportunidad de demostrar su aprendizaje a través de trabajos, presentaciones, debates y prácticas.
Sin embargo, tras más de quince años llevándose acabo en las aulas europeas, la pregunta de su realmente funciona este modelo sigue flotando en el aire. Existen tanto opiniones a su favor, como opiniones en su contra.
Por un lado, favorece la constancia y ha reducido las tasas de abandono al obligar al alumno a tener una rutina diaria y evitar así que estudie todo de golpe justo antes de los exámenes finales. Además de que el mercado laboral actual exige habilidades que no se pueden medir con un examen tradicional, como trabajo en equipo, saber resolver problemas y pensamiento crítico. Por último, saber qué se está haciendo mal o qué errores hay en la semana tres, permite corregirlos antes del final del cuatrimestre.
Por otro lado, en muchas asignaturas, en vez de sustituir la carga de estudio por tareas formativas, ahora se exige lo mismo que antes, pero añadiéndole una carga de trabajo extra con prácticas y trabajos. Eso sin tener en cuenta que muchos de esos trabajos se realizan desde casa, fomentando el uso de la inteligencia artificial entre los jóvenes que, en vez de pensar y realizarlo por su cuenta, acuden a ella para que lo resuelva.
En definitiva, el Plan Bolonia funciona conceptualmente, pero falla al intentar aplicarlo en ciertas universidades que no siempre tienen la mentalidad ni los recursos para llevarlo a cabo. Para que pudiera dejar de verde como una maratón de entregas sin fin y cumpla su verdadera función, la universidad necesita reducir ratios, coordinar la carga lectiva y priorizar el aprendizaje.















