Más allá de la respuesta ciudadana ante el desastre
LIDIA RUIZ LÓPEZ | Fotografía: generada con IA
Cuando la tierra quiebra o el agua lo arrasa todo, los primeros en acudir ante la emergencia son ellos: el pueblo. Antes de que todo un gobierno, sea de aquí o sea de allá, se ponga en marcha para poder atender el problema, son los vecinos y los no tan vecinos aquellos que corren a ayudar a aquellos que lo necesitan.
Ropa, agua, comida, atención sanitaria… El hostelero que cierra el bar ese día para llevar café caliente y bocadillos a quienes se ven envueltos en una tragedia que, sea o no culpa de los de arriba, les puede cambiar la vida. Los enfermeros que, aún estando en huelga por la búsqueda de mejores condiciones laborales, acuden al lugar donde los heridos necesitan ser atendidos y no hay suficiente ayuda sanitaria. La vecina del quinto, con la que realmente nunca has hablado más que para devolverle las pinzas que se le han caído al tender la ropa, acude a tu casa para ayudar a achicar agua de tu inundado y embarrado salón.
Más allá de señalar y buscar culpables ante las situaciones desastrosas que lamentablemente suceden un día sí y otro también, la sociedad saca a la luz un humanismo que en su rutina diaria parece inexistente. Y es allí, en esos accidentes de tránsito, en aquella catástrofe atmosférica, en la pandemia, en los incendios que se llevan por delante todo, o en cualquier situación en la que todo lo que alguien tiene puede esfumarse en cuestión de segundos, que el ser humano reluce su bondad. Una obligación moral que se convierte en el pilar fundamental de la ayuda primaria en dichos acontecimientos.
¿Es el ser humano malo por naturaleza? Aunque Kant diga que sï por una tendencia al mal, el ser humano tiene el deber moral de elegir hacer el bien, es decir, ayudar a los demás. A pesar de ello, es en esos primeros minutos del desastre donde actúa la naturaleza en su estado más puro, esa compasión innata de la que habla Rousseau; esa empatía que nos encoge el alma y el estómago y nos impulsa a movernos sin recibir nada a cambio.
Detrás de aquel político —azul, rojo, verde, amarillo o multicolor— que posa delante de la cámara con una pala que jamás ha escarbado tierra, se encuentran aquellos que con las manos manchadas trabajan día y noche. Aquellos que acuden sin flashes de cámaras ni micrófonos llenos de falsas declaraciones.
Porque al fin y al cabo, ante la fría inercia del poder, el pueblo salva al pueblo. No como un acto de heroísmo, sino como el recordatorio diario de que nuestra única salvación es estar los unos para los otros.














