SOFÍA CASASOLA HERNÁNDEZ  |  Fotografía: archivo  |

El 19 de mayo de 2020 se publicaba en el BOE el uso obligatorio de la mascarilla para: ‘la vía pública, en espacios al aire libre y en cualquier espacio cerrado de uso’. Después de casi dos años, decimos adiós a las mascarillas.

En febrero se eliminó su uso al aire libre y, desde el 20 de abril, tampoco es obligado su uso en interiores. A excepción de centros, servicio, establecimientos sanitarios y transportes públicos. Este cambio parece poner casi punto final a la pandemia en muchos países. Aunque en China, país donde se detectaron los primeros casos, vive desde comienzos de abril su confinamiento más duro de toda la pandemia, con 22.000 casos registrados solo en la ciudad de Shanghái.

Una semana después del fin del uso de mascarillas en interiores, todavía se puede observar a gente por las calles y en espacios cerrados que sí le dan uso. ¿La costumbre, el miedo o introvertidos que le han cogido el gusto? Lo cierto es que, con la llegada del buen tiempo, es probable que el proceso de retirada se acelere.

Desde la UVa, el protocolo llevado a cabo fue el indicado por CRUE y confeccionado en base a las medidas planteadas por el Consejo de Ministros: uso obligado de mascarillas, gel hidroalcohólico en todos los centros, limpieza y desinfección de las instalaciones y espacios docentes con garantía de distancia interpersonal. Ahora, para lo que resta de curso, estas medidas han pasado de ser obligaciones a ser recomendaciones.

En dos años han cambiado muchas cosas. Hemos tenido dos ministros de sanidad. Salvador Illa estuvo al frente del ministerio durante las olas más duras, hasta las elecciones catalanas, cuando fue sustituido por Carolina Darias, la anterior ministra de Política Territorial. Estados Unidos dejó marchar -con muchas, muchas reticencias- a un presidente septuagenario para dar paso a otro presidente septuagenario (#juventud), y lo que empezó en Twitter con un meme de Ucrania contra una posible invasión rusa… bueno, todavía no ha terminado.

La mascarilla ha sido un accesorio rompible, perdible pero imprescindible. Un objeto que antes del coronavirus solo veíamos en Anatomía de Grey y cuando al abuelo le daba otro de sus achaques.

Durante la pandemia pasó a convertirse en producto de primera necesidad. Su alta demanda llevó a una subida disparada de los precios -de esto saben mucho en Madrid-. Ante su escasez en tiendas y farmacias, se extendieron los tutoriales de mascarillas caseras y bulos sobre supuestos microchips – de esto sabe mucho Miguel Bosé-.

De tela, quirúrgicas, FFP1, autofiltrantes y la que usa Hannibal Lecter en `El Silencio de los corderos´. Han surgido un sinfín de tipos. Tantos como mutaciones de la covid-19. Por ello, conviene guardarlas para Halloween o simplemente esperar hasta la próxima pandemia.