ADRIÁN ARRANZ | Fotografía: Adrián Arranz

La FIFA vuelve a situarse en el centro de la polémica tras anunciar, dentro del marco simbólico del Mundial de 2026, la designación de un llamado partido del Orgullo protagonizado por selecciones de países donde la homosexualidad sigue siendo perseguida y castigada por ley. El simple planteamiento, un enfrentamiento entre Estados como Egipto e Irán bajo una etiqueta asociada a la diversidad, resulta, como mínimo, profundamente irónico.

Hace ya más de una semana se designaron las fechas y partidos para el Mundial del año que viene celebrado en Norteamérica. El mismo sorteo en el que la FIFA otorgó el Premio FIFA de la Paz a Donald Trump. Pocos días después se supo que el Egipto-Irán sería denominado como el partido del Orgullo. Las quejas no tardaron en llegar acusando al organismo futbolístico de hacer algo completamente irracional.

La contradicción es evidente. Mientras la FIFA presume de valores inclusivos y mensajes de tolerancia, los Estados representados mantienen legislaciones que criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo, con penas que van desde la prisión hasta castigos mucho más severos. Convertir ese choque en un gesto simbólico de apoyo al colectivo LGTBI no parece un avance, sino una banalización del problema.

El fútbol, como escaparate global, tiene un poder enorme para visibilizar realidades y generar debate. Sin embargo, ese poder pierde credibilidad cuando se utiliza sin coherencia. No se trata solo de colgar una bandera o bautizar un partido con un nombre cargado de significado; se trata de asumir responsabilidades reales. De poco sirve celebrar la diversidad en un estadio mientras, fuera de él, millones de personas viven con miedo por su orientación sexual.

Esta decisión vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto los gestos de la FIFA responden a un compromiso genuino y no a una estrategia de imagen? El riesgo es claro, convertir las luchas por los derechos humanos en campañas vacías, pensadas más para lavar conciencias que para provocar cambios reales.

El Mundial debería ser un espacio de unión entre culturas, sí, pero también un lugar desde el que se exija coherencia. Defender el orgullo implica algo más que un eslogan; implica señalar las injusticias, incomodar al poder y no esconder las contradicciones bajo el brillo de un gran evento deportivo. Porque si el mensaje no va acompañado de una postura firme, el arcoíris acaba siendo solo decoración.