Natalia Castaño Santos | Fotografía: pixabay
En los últimos años y con el auge de las redes sociales, cada vez más jóvenes se han lanzado a crear contenido en base a sus gustos. Así, poco a poco las redes se han separado en diferentes comunidades: desde cocina hasta moda o deporte. Pero sin duda una de las que más destacan y a la que cada vez se une más gente es la comunidad lectora (booktok y bookstagram entre otras) en la que los creadores hablan sobre literatura y hacen recomendaciones.
Dentro de esta comunidad hay una gran parte de creadores a los que no solo les gusta leer y comentar sus lecturas, sino que también sienten una gran afición por la escritura, la creación de historias y mundos ficticios y así se lo hace saber a su audiencia. Todo ello provoca que, en muchas ocasiones, las editoriales se pongan en contacto con ellos para darles la oportunidad de llevar sus historias a las librerías.
Por otra parte, hay también una serie de personas que, sin necesidad de compartirlo en redes, tienen en común con los creadores de contenido esa pasión por la escritura (y muchas veces con mayor habilidad), pero al no ser reconocidos es más complicado que las editoriales se fijen en ellos y les den la oportunidad que algunos llevan esperando años.
El mayor debate actualmente en las plataformas es por qué a personas con reconocimiento se les dan cada vez más oportunidades mientras que no se molestan ni en leer los manuscritos que personas “anónimas” les envían y que la mayoría de veces tienen más valor. ¿Qué pesa más hoy en el mundo editorial, el talento literario o la capacidad de generar ventas a través de promoción en redes?
Seguidores que pesan más que páginas
La mayoría de veces, los creadores de contenido tienen una comunidad muy fiel y solida, por tanto si estas editoriales les dan la oportunidad de publicar un libro, saben que prácticamente cada seguidor de esa persona es una venta asegurada, priorizándose las ganancias.
También los influencers están acostumbrados a hacer promociones, por tanto, las editoriales reducen costes de marketing y publicidad, al dejar que los propios escritores promocionen sus libros mediante campañas adaptadas a su audiencia.
Si bien es cierto que todo esto ayuda con las ventas y con la promoción, muchas veces estas historias se convierten en un producto de consumo inmediato, es decir, no dejan huella en los lectores.
Aunque es verdad que hay muchos ejemplos de éxito en la literatura escita por creadores de contenido, el principal fallo con el que cuentan es con que normalmente sus historias son monótonas, repetitivas y sin profundidad. Esto muchas veces se debe a la influencia que tienen las personas que ya han publicado libros alguna vez sobre los recién llegados.
La batalla contra la falta de visibilidad
Por otra parte están los escritores “sin nombre”, aquellos que por más manuscritos que envíen a las editoriales muy pocas veces reciben respuesta y sus historias se quedan abandonadas en un cajón o en una bandeja de entrada sin siquiera haber sido leídos.
Estas personas también enfrentan la dificultad de que al no tener una comunidad, una plataforma en la que expresarse, tienen que demostrar que su libro va a generar ventas antes incluso de ser publicados. Hoy en día la autopromoción se ha vuelto un requisito imprescindible para poder acceder al mundo editorial, a pesar de que no todos tienen habilidades de marketing.
Debido a esto, historias bien redactadas y con una base profunda y bien armada, no llegan nunca a salir a la luz. El talento no se considera garantía de ventas. Por tanto la apuesta por un autor desconocido a pesar de su talento, implica un mayor riesgo para las editoriales.
La fama como filtro, el talento como víctima
Las editoriales ya no buscan historiar profundas ni bien armadas. En su lugar, dan prioridad al nombre y a la fama, a quien les va a generar más ingresos sobre quien realmente tiene algo que contar. Se centran en dar más visibilidad a quien ya tiene suficiente en vez de sacar a la luz historias con meses e incluso años de trabajo y escritas desde el corazón.
Hacen falta nuevos mecanismos, nuevas formulas que ayuden a descubrir a los próximos best seller. El futuro de las editoriales no debería solo basarse en cuántos seguidores tiene un escritor, sino en cuántas personas pueden llegar a empatizar con sus historias. Quien sabe si detrás de todos los manuscritos olvidados se encuentra el nuevo Stephen King o la reencarnación de Shakespeare.
Parece que hoy en día vende más el nombre que el talento real, que los seguidores se traducen en ventas y que hace falta ser prácticamente un genio del marketing para poder vender tu libro sin necesidad de redes sociales. Pero hay que tener en cuenta una cosa: el nombre vende el primer libro, el talento vende los siguientes.










