IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: Wiki commons

¿Quién quiere ser europeo? La pregunta suena incómoda, casi provocadora. Durante años, ser europeo se ha vendido como una especie de identidad compartida, una etiqueta que implicaba progreso, estabilidad y valores comunes. Pero si rascas un poco, esa idea empieza a desdibujarse. Porque, en el fondo, Europa no es tanto una identidad como un acuerdo práctico. Un grupo de países que cooperan porque les conviene.

No existe una identidad europea real. No hay una cultura común que una de verdad a un portugués con un finlandés o a un español con un estonio. Lo que hay es una suma de intereses, de economías interconectadas y de beneficios compartidos. Ser europeo no es un sueño ni una aspiración. Es, simplemente, vivir en una zona del mundo que ha tenido la suerte de concentrar riqueza, estabilidad y oportunidades.

El problema aparece cuando ese proyecto tiene que enfrentarse a conflictos reales. Ahí es donde se ven las costuras. La reciente escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel lo deja claro. La Unión Europea no actúa como un bloque sólido, sino como una colección de países con posturas distintas, muchas veces contradictorias. No hay una voz única, ni una estrategia clara. Y, sobre todo, no hay independencia real.

Europa sigue dependiendo de otros. De Estados Unidos en lo militar. De potencias externas en energía y comercio. Esa dependencia limita cualquier intento de actuar como un actor global serio. Al final, la UE no decide tanto como reacciona.

Y luego está el tema de los valores. Europa presume de defender los derechos humanos, la democracia, el orden internacional. Y en parte es cierto. Pero no siempre. Porque esos principios se aplican con un filtro bastante evidente: el interés propio.

Se condena con firmeza la invasión rusa de Ucrania, como es lógico. Pero no se reacciona con la misma contundencia ante otras intervenciones, especialmente cuando quien las protagoniza es un aliado. Ahí aparece la contradicción. O, dicho de otra forma, la hipocresía. Los valores dejan de ser universales cuando empiezan a tener costes.

Esa incoherencia no pasa desapercibida para los ciudadanos. Cada vez más gente siente que la Unión Europea no les representa. Que está lejos. Que decide sin conectar con la realidad diaria. Y eso alimenta una desafección que no deja de crecer.

También influyen ciertas decisiones que generan rechazo o desconcierto. Regulaciones que parecen desconectadas de las preocupaciones reales, como algunas normativas medioambientales mal comunicadas o percibidas como excesivas en sectores concretos. Medidas económicas que afectan directamente al coste de vida sin una explicación clara. O una burocracia que da la sensación de ser lenta, compleja y poco transparente.

Todo eso va erosionando la idea de Europa. Porque nadie se siente parte de algo que no entiende o que percibe como ajeno. Y mucho menos algo de lo que sentirse orgulloso.

Entonces volvemos a la pregunta inicial. ¿Quién quiere ser europeo?

Quizá la respuesta incómoda es que pocos lo sienten de verdad. Muchos aceptan Europa por lo que ofrece, no por lo que representa. Y mientras no haya una identidad clara, una coherencia en los valores y una verdadera autonomía política, seguirá siendo así.

Europa funciona. Pero no ilusiona. Y ese puede ser su mayor problema.