ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI RUIZ  |  Fotografía: Estíbaliz Domostegui

Hoy he comido en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras con una idea bastante clara: comprobar qué se come realmente aquí y hasta qué punto es posible elegir una opción más o menos saludable dentro del menú que ofrecen. No desde una perspectiva teórica, sino desde la experiencia directa, viendo qué hay, qué se elige y cómo funciona este sistema de alimentación en el día a día.

El menú cuesta 7 euros e incluye primer plato, segundo, pan, agua y postre, algo que lo convierte en una opción muy accesible para cualquier estudiante. Comer fuera por ese precio es complicado, y más aún si hablamos de una comida completa. Por eso, para muchos estudiantes esta cafetería no es solo una alternativa puntual, sino una rutina diaria. No es solo comodidad, es también una cuestión económica, especialmente para quienes pasan muchas horas en la facultad y no tienen otra opción real.

El menú de hoy es sencillo y bastante representativo de lo que suele ofrecerse. De primero hay dos opciones: canelones o brócoli con pasas. De segundo: pimientos rellenos o mini flamenquines. No hay más variedad ni posibilidad de combinar otras cosas, así que la elección es rápida y bastante limitada.

Si analizas un poco las opciones, la diferencia entre unas y otras es clara. Los canelones y los flamenquines son platos más pesados, con más grasa y probablemente más procesados, mientras que el brócoli y los pimientos rellenos se acercan más a una opción equilibrada, aunque sin ser especialmente ligeros o “saludables” en un sentido estricto.

Yo he elegido brócoli con pasas de primero y pimientos rellenos de segundo, básicamente porque era lo más razonable dentro de lo que había. No es una elección que haga la mayoría. Mientras estaba en la cola se veía bastante claro que la mayor parte de estudiantes optaba por canelones y flamenquines. Tiene lógica: son platos más contundentes, más apetecibles y dan sensación de saciar más, y todo cuesta lo mismo.

La comida en sí está bien si se valora en relación al precio. El brócoli es una ración sencilla, sin mucho sabor pero correcta. Los pimientos rellenos están mejor, más elaborados y más fáciles de comer. En general, no es una mala comida, pero tampoco destaca especialmente. Cumple su función: alimentar de forma rápida y suficiente.

El problema principal no es tanto la calidad puntual de lo que comes un día, sino el tipo de oferta general que se repite semana tras semana. Predominan platos como pasta, arroz, fritos o preparaciones más pesadas, porque son más baratos de producir, más fáciles de cocinar en grandes cantidades y suelen gustar a la mayoría. La verdura aparece, pero normalmente como opción secundaria, no como base de la alimentación.

Además, hay un aspecto importante, y es que no existe ningún tipo de información nutricional y si la solicitas tampoco te la proporcionan por temas de confidencialidad. El estudiante no sabe cuántas calorías tiene el plato, qué ingredientes lleva exactamente o cómo está preparado. La decisión se basa en el nombre del plato, en la experiencia previa o simplemente en lo que apetece en ese momento. Esto limita mucho la capacidad de tomar decisiones informadas.

El postre sigue la misma lógica, normalmente hay fruta o alguna opción más dulce, como yogur o postre lácteo. Hoy he elegido fruta, intentando mantener una cierta coherencia con la elección anterior. Aun así, no es la opción más habitual entre los estudiantes, que suelen optar por algo más dulce o más saciante.

A todo esto se suma un factor clave que va más allá de la cafetería, muchos estudiantes comen peor no solo por lo que se ofrece aquí, sino porque no tienen hábitos consolidados de compra ni de cocina. Al empezar la vida universitaria, muchos dejan de vivir en casa y pasan a gestionar su propia alimentación sin tener experiencia previa. Esto se traduce en compras poco equilibradas, falta de planificación y dependencia de opciones rápidas como comida preparada o menús de cafetería. Es más fácil venir aquí y pagar 7 euros que organizar una compra semanal, cocinar y mantener una dieta variada.

Estudiantes y miembros de la facultad comiendo / Fotografía: Estíbaliz Domostegui

También influye el ritmo de vida. Vivimos rodeaados de prisas, horarios ajustados y poco tiempo, y la alimentación queda en un segundo plano frente a otras prioridades como clases, trabajos o estudio. Comer se convierte en una necesidad que hay que resolver rápido, no en un hábito que se cuide. En ese contexto, es lógico que se prioricen opciones rápidas, saciantes y accesibles, aunque no sean las más equilibradas.

Si se compara esta realidad con lo que se entiende por una alimentación adecuada, las diferencias son claras. Una dieta equilibrada, como la dieta mediterránea, se basa en el consumo frecuente de frutas, verduras, legumbres, pescado, aceite de oliva y alimentos frescos, con una presencia más moderada de carnes y productos procesados. Sin embargo, en este tipo de menús universitarios, esos principios no siempre se reflejan de forma constante. Aunque hay presencia puntual de verduras o platos más ligeros, la base sigue siendo una alimentación más rica en hidratos refinados, grasas y productos procesados, lo que se aleja del modelo ideal.

Lo que se puede observar claramente es que comer “bien” aquí es posible, pero no es lo más fácil ni lo más frecuente. Las opciones más equilibradas están disponibles, pero no son las más atractivas ni las más visibles dentro del conjunto del menú. Y en un contexto donde las decisiones se toman rápido, eso influye mucho.

El precio es un factor clave. Por 7 euros, el objetivo principal de muchos estudiantes es comer suficiente, no necesariamente comer de forma equilibrada. En ese contexto, los platos más calóricos, como los fritos o la pasta, tienen ventaja. También influye el tiempo  y es una realidad que la mayoría de estudiantes viene con prisa, entre clases, sin margen para pensar demasiado. Se elige rápido, muchas veces por costumbre, sin plantearse si es la mejor opción desde el punto de vista nutricional.

En conjunto, la cafetería cumple una función importante: ofrece una comida completa, rápida y asequible, algo fundamental para la vida universitaria. Sin embargo, también refleja ciertas limitaciones estructurales. La calidad nutricional no es la prioridad principal, y depende en gran medida de lo que cada estudiante decide elegir dentro de un margen bastante limitado. Lo que comen los estudiantes de Filosofía y Letras no es solo el resultado de sus preferencias individuales, sino de un sistema concreto: una oferta económica, repetitiva y pensada para satisfacer rápido a mucha gente. Dentro de ese sistema, se puede comer mejor o peor, pero la opción más saludable no es la que domina.