AITOR ENGUITA  |  Fotografía: Wikicommons

No es de extrañar que ciertos movimientos artísticos influyan o inspiren a otros. Sin embargo, los casos del Ukiyo-e y el Impresionismo —y determinadas corrientes posteriores— son, sin duda, dos de los ejemplos más impactantes de la historia contemporánea. A todos nos suenan grabados como La gran ola de Kanagawa o El fuji rojo, pero la fascinación por estas obras no es únicamente un producto del siglo XXI, ya en la sociedad decimonónica eran una fuente de admiración.

El arte del período Edo

En primer lugar, debemos situarnos en el espacio y en el tiempo. Los grabados japoneses que reconocemos hoy en día reciben el nombre de Ukiyo-e o pinturas del mundo flotante. Este estilo pictórico nació en las grandes ciudades de Japón y se desarrolló entre los siglos XVII y mediados del XIX. Su período de apogeo trascurrió entre finales del siglo XVIII y principios y mediados del XIX, en la ciudad de Edo (actual Tokio), y destacó en forma de xilografías o estampas.

En el tiempo que se desarrolló el Ukiyo-e, Japón se encontraba en el período Edo (1603-1868). Este período se caracterizó por el establecimiento del clan Tokugawa a la cabeza del gobierno militar o shogunato y una serie de reformas políticas y administrativas que consiguieron mantener una paz prolongada tras un arduo periodo de guerras civiles.

Una de las reformas más notorias del gobierno de Tokugawa fue el establecimiento de un rígido sistema de castas sociales inspiradas en el confucianismo. Este sistema se regía por el valor moral, donde los samuráis eran la cúspide de la pirámide. Seguidamente, estaban los campesinos, los artesanos y, finalmente, los comerciantes.

Comerciantes y artesanos formaban los chonin, quienes, a pesar de no tener el respeto de las otras castas, poseían el capital. Puesto que no podían acceder a los cargos políticos ni administrativos, los chonin invirtieron su dinero en ocio: el teatro kabuki, el juego, las cortesanas y, por supuesto, la pintura.

El nombre de la cultura en la que se desarrolló este arte pictórico se conoce como Ukiyo (mundo flotante). Esta idea proviene de un concepto budista sobre un mundo de sufrimiento. No obstante, los chonin veían este concepto de forma distorsionada y le confirieron un tono hedonista. El epicentro de esta cultura fue Yoshiwara, en Edo. Un barrio rojo autorizado por el shogunato en que había un gran número de burdeles, casas de té y teatros de kabuki.

También es preciso aclarar que los grabados Ukiyo-e eran arte popular y de consumo. Las impresiones sobre papel se realizaban por miles y eran compradas en masa. Su precio era muy bajo y el mecanismo de manufactura (tallado sobre madera y luego copia sobre papel) permitía que su venta y producción fuera más fácil. Así, los chonin podían tener en casa las obras de sus artistas favoritos o de los actores más famosos.

Para poner en perspectiva, en el siglo XIX, una impresión como las de Hokusai, llamada oban, valía entre unos 16 y 24 mon, la moneda de cobre de la época. Era el equivalente aproximado a un tazón de fideos, cuatro tazas de té en una casa del té o dos pares de sandalias de paja.

La Gran Ola de Kanagawa (1831-1833), parte de la serie de xilografías Treinta y Seis Vistas del Monte Fuji (1831-1833) de Katsushika Hokusai. Una de las obras más representativas y famosas del estilo Ukiyo-e. Fuente: Wikicommons.

Para cuando Japón se abrió internacionalmente en la década de 1854, y con la posterior Restauración Meiji, muchas de estas impresiones llegaron a Europa. No obstante, la realidad del arte parisino encuentra una de sus facetas más singulares.

El París del siglo XIX

A pesar de lo que tradicionalmente pensamos, el París de mediados-finales del siglo XIX no era una sociedad homogénea donde los burgueses moldeaban la sociedad y los pintores y artistas eran enfants terribles que vivían al margen de la sociedad. El panorama pictórico parisino se encontraba dividido por una guerra abierta entre dos estilos: el Academicismo y los movimientos de vanguardia como el Impresionismo.

La Academia de Bella Artes de París estipulaba reglas sobre cómo debía ser el arte: tridimensional, con pinceladas casi invisibles, usando el claroscuro y que representase temas grandilocuentes. No solo esto, sino que la Academia era la principal directriz del prestigio y el éxito Para los pintores como Edouard Manet, Claude Monet o Paul Cezanne, que ya estaban enemistados con el Academicismo. La aparición de las artes pictóricas japonesas en París supuso toda una revolución, puesto que violaba las normas impuestas por la Academia.

El fenómeno del Japonismo

El detonante del Japonismo ocurrió en 1856, cuando el pintor Felix Bracquemond encontró varias copias de la obra Hokusai Manga que habían sido usadas a modo de embalaje de una pieza cerámica. A principios de la década de 1860, circulaban por París impresiones y libros sobre el estilo Ukiyo. Los objetos japoneses se convirtieron en un regalo común entre los artistas y objetos de coleccionismo como expresa en una carta Charles Baudelaire.

Debemos destacar que, en esta época, los principales maestros del Ukiyo-e reconocidos en occidente eran los contemporáneos Hokusai o Hiroshige.

Página del Hokusai Manga de Katsushika Hokusai. Una impresión de esta obra fue la que encontró Felix Bracquemond como embalaje. Fuente: Wikicommons.

En este período, se empezaron a abrir las tiendas de antigüedades especializadas en estas mercancías. La más reconocida se llamaba La Porte Chinoise, ubicada en el 220 de la calle de Rivoli. El boom japonés trascendió cualquier estilo artístico e influyó en la música, la poesía y, especialmente, en la pintura. El compositor Camile Saent-Saens, escribió una ópera cómica en el que una chica holandesa está celosa de la fijación de un amigo en una estampa Ukiyo-e, a la que titulo La princesse jaune.

En el arte pictórico, podríamos señalar a los tres artistas más influenciados por el Japonismo. Sin lugar a duda, el más destacado y afectado fue Vincent Van Gogh. El pintor neerlandés imitó en repetidas ocasiones el estilo de los grandes maestros, y utilizó estos estilos pictóricos para inspirar su propia pintura.

El puente bajo la lluvia (según Hiroshige) (1887), por Vincent van Gogh, también traducido como "después de Hiroshige". El cuadro es una recreación del cuadro El puente Ōhashi en Atake bajo una lluvia repentina (1857), perteneciente a la serie de xilografías Cien famosas vistas de Edo de Utagawa Hiroshige. Fuente: Wikicommons.

Otros artistas destacados del movimiento fueron Claude Monet y Henri de Toulouse-Lautrec, entre muchos otros. Por un lado, Monet se inspiró en la representación del paisaje y en el uso del kimono como sinónimo de sensualidad. Por otro lado, Toulouse-Lautrec, quien habituaba a pintar a las actrices y a los personajes del ocio nocturno, utilizó el estilo plano del Ukiyo-e para crear carteles y pinturas.

La japonesa (1876), óleo sobre lienzo de Claude Monet. La obra representa a Camille, esposa de Monet, ataviada con un kimono y fondo japonés. Es un cuadro satírico al boom japonés pero también utiliza el kimono como símbolo de sensualidad. Fuente: Wikicommons.
La japonesa (1876), óleo sobre lienzo de Claude Monet. La obra muestra a Camille, esposa de Monet, ataviada con un kimono rojo y fondo japonés. Se trata de una pintura cómica hacia el boom japonés y un ejemplo del uso del kimono como símbolo de sensualidad. Fuente: Wikicommons.
Divan Japonais (1893), cartel de Henri Toulouse-Lautrec. La obra es un cartel promocional para un café concierte. No obstante, el estilo bidimensional y plano está inspirado en el estilo Ukiyo-e. Fuente: Wikicommons.

Podemos decir entonces que, en el París del siglo XIX, se gestó un caldo de cultivo perfecto para que la adquisición de técnicas pictóricas extranjeras sirviera como rebelión como la Academia de París. La rigidez de las normas estilísticas en las que vivían, sumado a la apertura de Japón, dieron paso a uno de los movimientos artísticos más singulares de Europa. Este, en consecuencia, nos ha legado obras muy curiosas pero muy hermosas al mismo tiempo.