ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI RUIZ  | Estíbaliz Domostegui

Vivimos en una época en la que la imagen lo es todo o por lo menos es lo que parece. Con solo abrir cualquier red social, nos encontramos con un desfile constante de cuerpos «perfectos», mujeres cada vez más delgadas, con rasgos retocados, piel firme y curvas exageradas. Influencers, actrices y cantantes se han convertido en referentes estéticos para millones de niñas y mujeres jóvenes que, sin darse cuenta, crecen comparándose con un ideal que no solo es irreal, sino muchas veces artificial. Este fenómeno, además, no deja de multiplicarse por el efecto amplificador de las redes sociales, donde la exposición es constante y la presión, inescapable.

El problema no es únicamente estético, sino profundamente social y psicológico. Desde edades muy tempranas, las niñas interiorizan que su valor está ligado a su apariencia. Aprenden a mirarse al espejo con ojo crítico, a “meter tripa” en las fotos, a maquillarse para verse mejor, a intentar encajar en un molde que parece inalcanzable y que en muchas ocasiones lo es, llegando a alcanzar límites malos para la salud. No es casualidad que cada vez haya más casos de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y niveles preocupantes de baja autoestima entre adolescentes. Muchas jóvenes crecen sintiendo que su cuerpo nunca es suficiente, lo que puede derivar en una relación poco saludable con la comida, con su imagen y consigo mismas.

En este contexto, preocupa especialmente la creciente popularidad de medicamentos como Ozempic, que originalmente estaban destinados al tratamiento de la diabetes, pero que se están utilizando de forma masiva con fines estéticos para perder peso rápidamente. Su uso, impulsado en parte por celebridades e influencers, está generando una peligrosa normalización de soluciones rápidas y médicas para alcanzar un cuerpo extremadamente delgado. Esto no solo puede acarrear riesgos para la salud, sino que refuerza aún más la idea de que cualquier medio es válido para encajar en el ideal impuesto.

A esta presión se suma un fenómeno cada vez más preocupante: niñas y adolescentes que, desde edades muy tempranas, ya contemplan la posibilidad de someterse a cambios estéticos. Operaciones, retoques o tratamientos que antes parecían lejanos ahora se perciben como pasos casi necesarios para alcanzar el ideal de belleza dominante. La naturalidad ha dejado de ser la referencia, sustituida por una perfección artificial que se presenta como alcanzable, cuando en realidad no lo es.

Resulta especialmente contradictorio que muchas de estas figuras públicas promuevan mensajes de “acéptate tal y como eres” o de “todos los cuerpos son perfectos”, mientras ellas mismas recurren a intervenciones constantes para modificar el suyo. Esta doble moral genera una enorme confusión en sus seguidores y todos aquellos que estén expuestos a su contenido. Por un lado, se transmite una idea de autoaceptación pero por otro, se refuerza un estándar casi imposible que empuja a las jóvenes a no sentirse suficientes.

Además, el juicio social sigue siendo implacable. Basta con que una mujer conocida aparezca en la playa en bañador sin cumplir esos cánones para que sea objeto de críticas, burlas o titulares sensacionalistas. No importa su talento, su carrera o sus logros: el foco se pone en su cuerpo. Este tipo de exposición no solo afecta a las figuras públicas, sino que envía un mensaje claro al resto de la sociedad: si no encajas en el ideal, serás señalada.

Este fenómeno tiene consecuencias reales. El aumento de la inseguridad corporal, los trastornos de la conducta alimentaria y la obsesión por la imagen no son casualidad. Son el resultado de años de presión constante, de comparaciones inevitables y de una cultura que premia la apariencia por encima de todo. Las redes sociales, lejos de ser un espacio de expresión libre, se han convertido en un escaparate donde muchas personas sienten que deben mostrar una versión mejorada de sí mismas para ser aceptadas.

No se trata de demonizar a quienes deciden someterse a cambios estéticos. Cada persona es libre de hacer con su cuerpo lo que quiera. El problema surge cuando estas decisiones se convierten en norma, cuando se presentan como naturales o necesarias para tener éxito, y cuando se oculta todo el proceso que hay detrás. La falta de transparencia contribuye a perpetuar la ilusión de que esos cuerpos “perfectos” son alcanzables para cualquiera.

Es urgente replantear el tipo de referentes que estamos promoviendo. Necesitamos más diversidad real, más naturalidad y menos perfección artificial. Referentes que muestren cuerpos distintos, sin filtros ni retoques, y que no basen su valor únicamente en su imagen. También es fundamental fomentar el pensamiento crítico, especialmente en las jóvenes, para que puedan cuestionar lo que ven y no aceptarlo como una verdad absoluta. La belleza no debería ser una procupación constante ni una fuente de ansiedad. Sin embargo, hoy en día lo es para muchas mujeres y niñas. Romper con estos estándares no es fácil, pero es necesario. Porque ninguna debería crecer pensando que su cuerpo es un problema que necesita ser corregido.