IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ | Fotografía: IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ
El Paraninfo de la Universidad de Valladolid todavía no estaba lleno del todo cuando comenzaron a aparecer los primeros estudiantes con libretas, móviles y cafés en la mano. Algunos llegaban atraídos por la figura de Carlos Ares. Otros, simplemente, por la curiosidad de escuchar cómo piensa alguien que ha conseguido abrirse paso dentro de una industria musical cada vez más acelerada y más difícil de descifrar. Afuera empezaba a caer la tarde sobre Valladolid. Dentro, el ambiente tenía algo de conversación íntima antes incluso de que comenzara el acto.
La cita formaba parte de “UVa Sound Talks”, una propuesta impulsada por la universidad para acercar a artistas y profesionales de la música al entorno académico. Pero lo que ocurrió allí terminó alejándose bastante del formato convencional de conferencia. No hubo discursos rígidos ni respuestas ensayadas. Lo que se desarrolló durante casi dos horas fue una charla llena de rodeos, confesiones, recuerdos y reflexiones que acabó retratando no solo la trayectoria de Ares, sino también muchas de las contradicciones de la música actual.
Sobre el escenario esperaba Javier Vielba, encargado de conducir el encuentro. Vielba no planteó la conversación como una entrevista al uso. Desde el principio adoptó un tono cercano, casi de compañero de oficio, algo que ayudó a que el propio Ares se sintiera cómodo rápidamente. Se notaba en los silencios largos, en las risas improvisadas y en la forma en la que ambos iban desviándose constantemente hacia anécdotas personales.
Ares comenzó viajando hacia sus primeros años en A Coruña. Contó que la música apareció muy pronto en su vida, aunque durante mucho tiempo no tuvo claro que pudiera convertirse en una profesión real. Habló de los años de conservatorio, de las primeras versiones tocadas entre amigos y de la inseguridad inicial de cantar delante de otras personas. Lo hizo sin épica y sin intentar construir un relato heroico sobre sus comienzos. Más bien al contrario. Admitió que necesitó tiempo para creer que realmente tenía algo que aportar.
El primer punto de inflexión llegó siendo adolescente, cuando sus padres le llevaron a grabar unas maquetas en un pequeño estudio improvisado en el cuarto de un profesor de piano. Allí descubrió los programas de producción y entendió que podía construir canciones completas desde casa. La forma en la que lo contaba dejaba claro que aquel momento todavía conserva para él algo casi mágico. “Ahí entendí que podía meter un bajo, una guitarra o cualquier idea que tuviera en la cabeza”, recordó mientras explicaba cómo empezó a obsesionarse con grabar, producir y experimentar.
La conversación avanzó entonces hacia una etapa mucho más compleja. La entrada prematura en la industria musical profesional. Con apenas diecisiete años comenzó a trabajar con grandes compañías discográficas en Madrid. Lo que desde fuera podía parecer el sueño de cualquier músico terminó convirtiéndose, según reconoció él mismo, en un proceso profundamente frustrante.
Ares describió aquellos años como una etapa en la que sentía que componía canciones para satisfacer expectativas ajenas. Habló de reuniones en las que le sugerían cómo debía vestir, qué temas tenía que escribir e incluso qué tipo de público debía conquistar. Recordó especialmente la insistencia de algunos ejecutivos en que cantara únicamente sobre amor y desamor porque, según le decían, “eso era lo que funcionaba”. Mientras lo explicaba, el público permanecía en silencio absoluto.
“No significaban nada para mí”, llegó a decir sobre aquellas canciones. La frase cayó seca en mitad del Paraninfo. Sin dramatismo, pero con una honestidad poco habitual en un entorno donde casi todo suele estar envuelto en marketing y narrativa de éxito. A partir de ahí comenzó la parte más interesante de la charla. Porque si algo atravesó constantemente toda la conversación fue precisamente la idea de búsqueda. Búsqueda de identidad, de libertad y de una manera propia de entender la música.
Ares explicó que el verdadero cambio llegó cuando dejó de obsesionarse con triunfar como artista principal y empezó a trabajar como productor y compositor para otros músicos. Aquella etapa le permitió ganar estabilidad económica y, sobre todo, perder el miedo a experimentar. “Si mis canciones no funcionaban, yo seguía teniendo trabajo”, comentó entre risas. Y precisamente ahí, en esa ausencia de presión, apareció la creatividad.
Contó cómo empezó a llenar carpetas enteras de demos, probando estilos, estructuras y sonidos sin pensar demasiado en el mercado. Algunas de aquellas canciones terminaron convirtiéndose en colaboraciones importantes. Otras quedaron olvidadas. Pero todas le sirvieron para acercarse poco a poco a una identidad artística que sentía auténtica. En varios momentos de la charla apareció repetidamente una idea: jugar.
Aquella reflexión parecía conectar especialmente con los estudiantes presentes en la sala. Muchos asentían mientras escuchaban hablar sobre ansiedad, algoritmos y bloqueo creativo. Porque, aunque la conversación giraba alrededor de la música, muchas de las cosas que planteaba Ares podían trasladarse perfectamente a cualquier otra profesión creativa.
Uno de los momentos más reveladores llegó cuando explicó cómo nació “Peregrino”, el proyecto que terminaría consolidando definitivamente su carrera. Según contó, gran parte del sonido del disco surgió casi por limitaciones materiales. Utilizó los instrumentos que tenía en casa, especialmente guitarras españolas y acústicas, y comenzó a construir canciones pensando no solo en cómo sonarían grabadas, sino en cómo se sentirían en directo. Ahí apareció otro de los grandes temas de la tarde: el escenario.
Ares confesó que durante años apenas actuó en vivo pese a trabajar profesionalmente dentro de la industria. Recuperar el directo terminó siendo casi una necesidad emocional. Explicó que muchas de las canciones de “Peregrino” nacieron imaginando a la gente cantándolas en concierto. Y quizá por eso insistió varias veces en que una canción debe sostenerse incluso sin producción, únicamente con una voz y un instrumento.
La charla fue dejando también pequeñas escenas que ayudaban a humanizar todavía más al artista. Habló de sus rutinas obsesivas para cuidar la voz, de la ansiedad que siente antes de los conciertos y de la presión que le genera saber que detrás de cada gira existe un equipo entero dependiendo de que todo salga bien. Admitió incluso que durante buena parte del último año vivió prácticamente en silencio fuera de los escenarios por miedo a enfermar y cancelar actuaciones.
Preguntado sobre cómo se imagina dentro de veinte años, Ares respondió algo poco habitual en un artista que atraviesa uno de los mejores momentos de su carrera: dijo que no sabe si seguirá dedicándose a la música. Explicó que le habría gustado estudiar biología, que siente fascinación por la naturaleza y que no descarta terminar haciendo algo completamente distinto. “No quiero pasarme toda la vida haciendo lo mismo”, comentó.
La frase provocó sonrisas y murmullos entre los asistentes. No tanto por lo que decía, sino porque rompía frontalmente con esa idea casi obligatoria de la vocación absoluta y eterna. Para Ares, la creatividad parece estar más ligada a la necesidad de explorar que a permanecer para siempre en el mismo sitio. El valor de la tarde acabó residiendo en escuchar a alguien hablar de éxito sin triunfalismo, de creatividad sin postureo y de música sin convertirla constantemente en espectáculo.










