Cuando todo tiene que ser contenido

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JAVIER PÉREZ FRAILE | Fotografía: Pixabay

Hay un momento difícil de especificar en el que dejamos de vivir las cosas para empezar a documentarlas. No ocurre de golpe: comenzamos por sacar el móvil “por si acaso”, después pensamos en cómo quedaría una foto y, finalmente, valoramos la experiencia vivida según si es buen contenido para nuestras redes sociales o no. Así, casi sin darnos cuenta, la vida empieza a pasar por una pantalla antes de pasar por nosotros.

La obligación de mostrarse

Convertir la vida en contenido implica asumir que estar no es suficiente: hay que mostrarse constantemente. Las redes sociales han normalizado una lógica en la que la presencia se mide en visibilidad y la identidad se construye de forma pública. Investigaciones sobre la autopresentación en redes sociales explican cómo esta exposición ininterrumpida empuja a crear versiones cuidadas y producidas de uno mismo. Esto genera presión, comparación y una sensación permanente de estar todo el rato “actuando”.

Este fenómeno afecta especialmente a la población joven, que crece aprendiendo a mirarse desde fuera, como si de un perfil más se tratase. La pregunta pasa de ser “¿cómo me siento?” a “¿cómo quedará esto en mis redes sociales?”. Es ahí donde empieza la distancia con lo real.

El coste emocional de vivir para la audiencia

Cuando todo puede convertirse en contenido, incluso lo íntimo se vuelve material publicable. Una ruptura, un mal día o un momento complicado se transforman en historias, textos o vídeos que buscan comprensión, apoyo y, sobre todo, validación. El problema es que esa valoración tan ansiada es efímera.

La llamada economía de la atención, analizada por medios como BBC News, explica cómo las plataformas están diseñadas para captar tiempo y emociones, premiando lo inmediato y lo llamativo frente a lo profundo.

Vivir pendiente de las reacciones ajenas supone un gran desgaste. Mantener el pensamiento de “¿de qué forma voy a mostrar esto?” cansa, ya que no permite el descanso emocional. Incluso el silencio parece necesitar explicación. Y cuando todo se comparte, nada termina de procesarse del todo.

Elegir no compartir también es vivir

Este agotamiento no es una simple percepción social. Informes recientes del Pew Research Center señala que cada vez más adolescentes y jóvenes perciben un aumento excesivo en el tiempo que dedican a las redes sociales. Además, relacionan este uso con un peor bienestar emocional. Frente a esta realidad, no se trata de desaparecer de internet, sino de elegir. Elegir no grabar ciertos momentos ni publicarlo todo, o reservar espacios para uno mismo y la gente de nuestro alrededor evitando las redes sociales.

Tal vez el verdadero gesto de resistencia hoy en día sea permitir que algunas cosas no se conviertan en contenido. Guardarlas en la memoria y no en la nube. Vivirlas sin filtros ni audiencia. Porque una vida no es menos real por no ser compartida. Y, a veces, lo más auténtico ocurre cuando nadie está mirando.