DANIEL MON ROMERO | Fotografía: Daniel Mon Romero
El circuito italiano es el escenario de un pasado glorioso con olor a gasolina y a goma quemada de macchine que hacían vibrar al mundo Pensar en el país de la bota es imaginar la atmósfera de Monza, el templo de la velocidad, visualizar el Cavallino Rampante de Ferrari o escuchar discusiones entre tifosi sobre la Scuderia. Sin embargo, hay algo que cae en el olvido, el Autódromo Enzo e Dino Ferrari de Imola.
La pista se sitúa a 20 kilómetros de Bolonia, cerca de las fábricas de Ferrari (Maranello), Lamborghini (Sant’Angelo Bolognese) y Maserati (Módena). Tiene una gran historia, pero uno debe retrotraerse a la Emilia Romagna de los años 50 para poder comprenderla.
Un circuito surgido de una hoja de papel
La industria automovilística estaba afianzada en la región y existía un circuito para pruebas en Módena. En 1953, Enzo Ferrari contactó con empresarios locales para proyectar un autódromo en una zona llana de la región, de orografía complicada salvo en el área central, donde se sitúa la ciudad de Imola.

Il Commendatore sugirió arreglar tres carreteras locales para unirlas y crear un circuito semipermanente. Todo esto en el espacio libre entre el río Santermo y el parque municipal del Acque Minerali.

La primera competición se realizó en 1963 con una carrera no puntuable para el Campeonato del Mundo de Fórmula 1, aquella de las bañeras de la muerte. El australiano Jack Brabham resultó vencedor en un circuito atractivo pero peligroso por las altas velocidades. Es por ello que Imola solo acogería carreras de motos y carreras locales de automóviles en los siguientes años.
Los agitados 70 y las grandes historias de los 80
En 1977, el circuito de Monza anunció que tendría que realizar obras de mejora en 1980. Enzo Ferrari prendió la bombilla al ver una oportunidad para traer la categoría reina del automovilismo a su tierra, Imola, el llamado Autódromo Dino Ferrari como tributo a su hijo.
El circuito vivió un proceso de transformación total a instalación permanente. La prueba de fuego se llevó a cabo en el Gran Premio Dino Ferrari de Fórmula 1 de 1979. Muchos jóvenes se deleitaron por el espectáculo y, aunque el circuito no tenía todas las instalaciones preparadas, el futuro era prometedor: los aficionados veían el circuito muy técnico y divertido, con buenos servicios y accesos. Finalmente, se homologó el autódromo de Imola para albergar el Gran Premio de Italia de Fórmula 1 de 1980.

La carrera resultó ser un éxito, por lo que desde 1981 albergaría el Gran Premio de San Marino. La edición de 1982 vivió uno de los duelos más intensos de la historia del automovilismo, entre los pilotos de Ferrari, Didier Pironi y Gilles Villeneuve. En la última vuelta, Pironi adelantó a su compañero tras ignorar la orden mutua de ralentizar velocidad. Un escándalo que provocó el silencio entre ambos hasta el accidente fatal de Villeneuve en Bélgica varios días después.
En 1987, Nelson Piquet se golpeó en la curva de Tamburello y en 1989, Gerhard Berger escapó de las llamas en ese punto. El circuito romagnolo tenía un futuro gris, pero nadie se imaginaba lo que pasaría en 1994. Tres días de una pesadilla aún latente en la Fórmula 1.

El fin de semana negro
El 29 de abril, el piloto brasileño Rubens Barrichello tuvo un grave accidente tras ser catapultado por el bordillo de la pista. El joven quedó en un estado de inconsciencia parcial e incluso fue dado por muerto en el momento. Se recuperaría en el hospital con la compañía de Ayrton Senna, que se había convertido en su padrino en una relación entre un maestro y su sucesor.
Todo volvería a funcionar el sábado 30, pero cambió en los entrenamientos oficiales. El austríaco Roland Ratzenberger se golpeó contra un muro de hormigón a 300 kilómetros por hora, lo que le provocó la muerte cerebral instantánea. El parte médico aludía a la rotura de la base del cráneo como causa. Era la primera pérdida de un piloto en 8 años.
El veterano Senna, «O Chefe» , habló con el director médico en la escena del accidente sobre la carrera del domingo. El doctor Sid Watkins le dijo al astro brasileño de anular la carrera para ir a pescar, pero Senna rechazó su oferta. «Hay que correr para honrar a quieres se han dejado la vida en la pista, es por ellos» , respondió. Esa celebración nunca fue posible.

«El maestro nos ha dejado, estamos conmocionados»
El domingo 1 de mayo de 1994 ocurrió lo impensable. La carrera comenzó mal, con unos mecánicos hospitalizados por la mañana y un accidente tras el semáforo en verde. El fin de semana parecía terminado, quedaba hacer las maletas y marcharse. «La parka parece estar volando sobre el circuito italiano», aseguraban los periodistas.
Nada más lejos de la realidad, porque, tras seis vueltas, el brasileño Ayrton Senna tomó la curva de Tamburello a 300 km por hora con un coche difícil de conducir. Tal bala de proyectil salió despedida hacia el muro y el coche se rompió en pedazos, con la mala fortuna de que un brazo de la suspensión le impactó en la zona de la sien, con la posterior muerte cerebral. En su coche llevaba una bandera austriaca.

La oscuridad de aquel fin de semana se tornaría negro cuando llegó el parte del Ospedale Maggiore di Bologna: tres heridos y cuatro fallecidos, dos mecánicos y dos pilotos. Imola ya no era un circuito peligroso, era una trampa mortal en el que se había ido el mejor. La justicia italiana imperó un juicio sumario contra Frank Williams, el ingeniero Adrian Newey, varios mecánicos y los responsables del circuito. La ley dictaba ―sigue vigente― que un accidente de carreras con resultado de muerte tiene carácter de homicidio imprudente en vía pública. Tras años de apelaciones, se falló la absolución en 2007.

El gran reto de un mundo sin Senna
El circuito quedó marcado por una huella que aún continúa latente. En 1995, el curvón de Tamburello fue remodelado y se rehabilitaron varios puntos del circuito. La ciudad quiso rendir tributo, y ese año se inauguró una estatua de Ayrton Senna con un altar a sus pies. Ratzenberger recibió una placa y se instaló una escultura de acero en agradecimiento a Gilles Villeneuve por sus años en Ferrari.
A día de hoy, pasear por el Parco delle Acque Minerali pone los pelos de punta. Pasar por delante de la estatua de Senna y sus velas encendidas es sobrecogedor. Ver las banderas en las vallas es impresionante hasta el punto del llanto fácil.

Muchos dirán lo contrario, pero Imola no tiene carrera y solo aparece en conversaciones sobre 1994. Es por ello que los aficionados deben considerarlo un templo; el gran olvidado.










