00JAVIER PÉREZ FRAILE | Fotografía: Pixabay
Vivimos en un mundo conectado, pero esa conexión no siempre tiene en cuenta la protección de aquellos que más la necesitan. La infancia y adolescencia navegan diariamente en un entorno digital que ofrece muchas oportunidades, pero que también expone a riesgos que ponen en tensión derechos fundamentales como la privacidad, la seguridad, la dignidad y la salud mental. Es momento de debatir no solo cuánto tiempo pasan los menores online, sino en qué mundo digital se mueven.
Una generación hiperconectada, pero vulnerable
La infancia y la adolescencia son las etapas con mayor uso de Internet en la población mundial. Según datos de la ONU sobre seguridad online, los niños y jóvenes utilizan Internet para comunicarse, aprender y socializar. Pero también se exponen a riesgos como el ciberacoso, la explotación sexual en línea, el acceso a contenido dañino o el reclutamiento por grupos extremistas. Estos riesgos no son un aspecto menor: se estima que el 80% de los niños en 25 países siente que corre peligro de abuso o explotación en línea.
La exposición a contenidos inadecuados es solo una parte del problema. Las plataformas registran datos de menores, sin que muchos de ellos o sus familias sean conscientes de las implicaciones y usos que tiene esa recopilación de información personal. Esto plantea una seria amenaza al derecho a la privacidad.
Más que pantallas: riesgos políticos y sociales
No se trata exclusivamente de “estar más tiempo conectado”. Las investigaciones de la OCDE sobre infancia digital muestran que muchos adolescentes han sido víctimas de ciberacoso, y que grandes proporciones se sienten molestos o angustiados tras haber encontrado contenido inapropiado o agresivo en línea. Esta exposición constante puede afectar a su bienestar emocional, su desarrollo social y su percepción de seguridad.
Además, existen riesgos conductuales, como el intercambio de información personal o la participación en dinámicas de acoso, que forman parte de un movimiento que choca con la educación, la regulación y la mediación familiar.
Pero la tecnología no es inherentemente mala: como destaca un informe de UNICEF sobre la infancia digital, los entornos online también pueden fomentar habilidades, creatividad e inclusión. El problema surge cuando lo digital se convierte en un espacio sin reglas ni protección efectiva, en el que los menores quedan expuestos a todo tipo de conductas dañinas sin herramientas para defenderse.
¿Protección o restricción? Un equilibrio necesario
Ante estos desafíos han empezado a surgir algunas respuestas legislativas. Por ejemplo, países como Australia han adoptado medidas para limitar el acceso de menores a redes sociales, con el objetivo de proteger su salud mental y reducir los riesgos de acoso y explotación en línea. En Europa, el Parlamento ha instado también a regular de forma más estricta el uso de plataformas por parte de menores.
Sin embargo, prohibir no es suficiente ni necesariamente eficaz. El enfoque debe ser más amplio: educación digital desde edades tempranas, alfabetización mediática, regulación eficaz de algoritmos, y responsabilidad legal para las plataformas. Los menores no necesitan menos tecnología, sino un entorno digital seguro, justo y respetuoso con sus derechos humanos.
La infancia en la era digital es una oportunidad, pero también un reto. La cuestión no es si los niños deben estar en línea, sino bajo qué condiciones deben estarlo para que sus derechos no se vean atacados, amenazados ni vulnerados.










