HELENA MASEDO GARZÓN | Fotografía: Pexels
El otro día, en una de esas veces de concentración fútil de navegación por Internet, tropecé con un artículo de llamadas violentas. Los restos de una mujer, de nombre Francisca Cadenas, habían sido hallados a pocos metros de donde vivía. Demoré mi sorpresa, tal vez acostumbrada a este tipo de hallazgos. Después, tras un instante de silencio, me rendí al afán curioso de cualquier ser humano.
Gabriel Cruz, Vanessa Ferrer, Sylvia Likens, la familia Clutter, Elizabeth Short… La lista se prolongó demasiado. Mi inquietud, también. Supuse que encontrar un historial completo de los crímenes más perturbadores de la historia merecía reacciones similares. Lo que no entiende de excusas, en cambio, ha sido convertir un asesinato en evento digno de modas.
La tendencia del true crime se ha manifestado en todas sus formas posibles. Literatura, cine e incluso música. De este modo, lo que comenzó como una ciencia inexacta, tal vez tachada de amarillista, se ha consolidado como fuente de interés y conformado como cultura por sí sola.
Dos de mis primeros descubrimientos fueron Territorio Negro: crímenes reales del siglo XXI y Anatomía del mal. Ambos analizan casos de alto impacto mediático, pero, a diferencia de otros volúmenes con los que tropecé tiempo después, no descubrí ningún tipo de burla entre aquel puñado de palabras.
Talking with Psychopaths and Savages fue la excepción. Aquel tal Christopher Berry-Dee se las dio de sabelotodo e investigador, pero debajo de aquella prístina sátira tan solo había una cuenta bancaria en números rojos y necesidad de algo que llevarse a la boca. Y aunque su serie continuó, hoy en día es una de las más odiadas.
Las historias de Sylvia Likens y Gabriel Cruz, anteriormente mencionados, también cuentan con sus propias versiones. La casa del infierno detalló los abusos a la joven Likens. Algunos sugieren que el testimonio de Gertrude Baniszewski, tía de la víctima, fundamenta el relato. En cuanto al pequeño Gabriel, la sociedad española sabe que Ana Julia Quezada —tal vez tan expectante como ese tal Berry-Dee— trató de filmar un documental en el que detallar la forma en la que asesinó al hijo del que entonces era su pareja.
Distintas versiones y tan poco uso de razón, me dije tras leer la resolución del caso Francisca Cadenas. Y es que, tal vez, el true crime, en su afán por fundamentar un aprendizaje, se ha convertido en un pasatiempo más. Un pasatiempo del que el periodismo apenas sí se ha apiadado y del que ahora nadie, ni siquiera el que me acusó de «morbosa», deja de hablar.









