IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: Freepik

Durante años, lo underground funcionaba casi como un código secreto. No era solo lo que consumías, sino cómo llegabas hasta ello. Un grupo que descubrías por un amigo, una marca que solo se movía en ciertos barrios, una fiesta de la que te enterabas casi por casualidad. Había algo de búsqueda, de pertenencia… y también de límite.

Ese escenario ha cambiado. Hoy, gran parte del consumo cultural pasa por plataformas digitales, y eso ha alterado por completo las reglas del juego. Según el informe anual de la International Federation of the Phonographic Industry, más del 70% de la música se escucha ya en streaming. Puede parecer un dato más, pero tiene implicaciones claras: lo que escuchamos, vemos o descubrimos está cada vez más mediado por algoritmos.

Ahí entran en juego plataformas como Spotify o TikTok. Sobre el papel, han democratizado el acceso. Hoy cualquier creador puede subir su trabajo y llegar a millones de personas. Y, en parte, es cierto. Pero hay una cara menos visible: la atención se concentra en unos pocos contenidos. Un informe del European Parliament advierte precisamente de eso, de cómo el consumo tiende a agruparse en torno a lo que ya funciona, lo que deja menos espacio del que parece a propuestas más difíciles o menos «encajables».

Desde dentro de la industria, esta tensión se percibe claramente. El músico Brian Eno lo resumía de forma bastante directa en una entrevista: «cuando todo está disponible, lo complicado ya no es acceder, sino encontrar algo con sentido». En esa misma línea, la artista Billie Eilish ha reconocido que internet abrió puertas a propuestas distintas, pero también ha impuesto una especie de presión constante por adaptarse a lo que funciona rápido, a lo que puede viralizarse.

Y no es algo que afecte solo a la música. En la moda, por ejemplo, el diseñador Virgil Abloh dejó una idea que se repite bastante en el sector: lo underground ya no es un lugar, es un momento. Algo que hoy es alternativo, mañana puede estar en todas partes. Basta con que conecte.

Los datos globales van en esa dirección. La UNESCO señala que el acceso a contenidos culturales es hoy más amplio que nunca, pero al mismo tiempo advierte de una cierta homogeneización en lo más visible. Es decir, hay más oferta, pero no necesariamente más diversidad en lo que realmente llega a la mayoría.

Aun así, decir que lo underground ha desaparecido sería simplificar demasiado. Más bien ha cambiado de sitio. Aún existe, pero en espacios más pequeños, más efímeros, más difíciles de rastrear. Según varios estudios en sociología cultural publicados en revistas como Cultural Sociology, las escenas alternativas actuales combinan lo digital con comunidades físicas muy concretas, aunque duran menos tiempo fuera del radar general.

En el fondo, lo que ocurre no es tanto una desaparición como una especie de aceleración. Lo que antes podía mantenerse años en los márgenes ahora tiene un recorrido mucho más corto antes de ser absorbido por el circuito dominante. Y eso obliga a lo underground a reinventarse constantemente, a moverse, a escapar. Por eso hoy resulta más difícil identificarlo. Ya no es un espacio fijo, ni una etiqueta clara. Es algo más inestable. Más rápido. Y, en cierto modo, más frágil. Porque en un entorno donde todo puede hacerse visible en cuestión de horas, mantenerse fuera del foco se ha convertido en el verdadero desafío.