IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ | Fotografía: IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ
A las diez y diez de la mañana, con diez minutos de retraso por problemas técnicos, arrancó el taller sobre tratamiento de la violencia de género en los medios de comunicación y entornos digitales. La sesión, prevista hasta las doce, terminó siendo algo más que una exposición teórica. Fue una invitación constante a cuestionar inercias, titulares y miradas.
María Monjas Eleta abrió el acto presentando a Virginia Martín Jiménez, la encargada de conducir la charla. Desde el primer minuto, Virginia dejó claro el tono. No quería un público pasivo. Invitó a interrumpir, a preguntar, a discrepar si hacía falta. “Estamos aquí para aprender y reflexionar”, insistió. Ese marco fue importante, porque lo que vino después no buscaba comodidad.
El primer nombre que apareció en pantalla sorprendió a más de uno: Shaquille O’Neal. ¿Qué hacía una estrella del baloncesto en un taller sobre violencia de género? Virginia lanzó la pregunta al público. Las respuestas fueron tanteando posibles vínculos hasta que reveló el motivo real: O’Neal ha defendido públicamente que la Tierra es plana. A partir de ahí, pidió a los asistentes que explicaran por qué, científicamente, sabemos que la Tierra es redonda. Se habló de la gravedad, de las imágenes tomadas desde el espacio, de la circunnavegación. Argumentos sólidos, datos verificables.
El paralelismo llegó enseguida. A pesar de las evidencias, hay personas que siguen negando hechos demostrados. Con la violencia de género ocurre algo similar. Existen datos, estadísticas, casos documentados que aparecen prácticamente a diario en los informativos. Aun así, persiste un discurso que minimiza, relativiza o directamente niega el problema. Se proyectó un vídeo sobre terraplanismo y la sensación en la sala era clara: no todo cuestionamiento es pensamiento crítico, a veces es resistencia a aceptar lo que incomoda.
El siguiente ejercicio fue práctico. Dos voluntarios recibieron un folio con nueve puntos negros dispuestos en tres filas. El reto consistía en unirlos con cuatro líneas rectas sin levantar el bolígrafo del papel. La mayoría observaba convencida de que la solución estaba dentro del cuadrado imaginario que formaban los puntos. Cuando Virginia mostró la respuesta, que obligaba a salir de ese marco mental, explicó el bloqueo. Nuestro cerebro dibuja límites que no existen. Para entender la violencia de género, dijo, también hay que salir de esa cuadrícula cultural que nos condiciona.
La imagen del iceberg apareció en pantalla. En la parte visible, los asesinatos y las agresiones físicas. Bajo la superficie, los micromachismos, los comentarios aparentemente inofensivos, los roles asumidos sin cuestionar. Lo que no se ve sostiene lo que sí se ve. Virginia subrayó que no hay nada genético en esta violencia. Es una construcción cultural. El género como categoría social ha cambiado a lo largo de los siglos. Ser hombre o mujer hoy no implica la misma construcción que hace doscientos años. Si ha cambiado antes, puede volver a cambiar.

Un experimento con bebés reforzó la idea. En el vídeo, se intercambiaban las ropas consideradas tradicionalmente de niño y de niña. Los adultos modificaban su forma de interactuar con el menor en función de la etiqueta de género que creían percibir. No cambiaba el bebé, cambiaba la mirada. Más adelante, se proyecta un video en pantalla del astrofísico Neil deGrasse Tyson, quien responde a la pregunta sobre la relación entre ciencia y chicas, Tyson respondió desde su experiencia como hombre negro en una sociedad históricamente dominada por hombres blancos. Explicó que cuando perteneces a un grupo que no encaja en el perfil tradicional de poder, no solo compites por talento, también contra prejuicios. La falta de representación no es una cuestión de capacidad, sino de estructuras.
Virginia trasladó el análisis a los medios de comunicación. Habló de sexismo en retransmisiones de Nochevieja, en informativos, en pequeños detalles de guion. Se proyectó el vídeo No te ha pasado que, que invertía los géneros en situaciones habituales para evidenciar su carga machista. También se mencionaron ejemplos cotidianos: un cambiador de bebés situado solo en el baño de mujeres, un pediatra que se dirige exclusivamente a la madre mientras el padre permanece al lado. Son gestos mínimos que, acumulados, configuran una cultura.
El vídeo Niños vs moda enfrentaba a menores con anuncios reales y dejaba al descubierto la violencia simbólica con la que se representa a las mujeres en campañas publicitarias. La reacción espontánea de los niños resultaba reveladora. La sociedad, insistió Virginia, no es un ente abstracto. Somos nosotros. Y si forma parte del problema, también puede ser parte de la solución.
Las cifras aportaron dimensión. Desde 2003, 1.353 mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas en España. Desde 2013, 67 menores han sido asesinados en contextos de violencia de género. Todos estos datos están disponibles en el Instituto Nacional de Estadística, recordó, invitando a consultar las fuentes oficiales. A nivel global, cada diez segundos una mujer es asesinada por su pareja o expareja.
Un vídeo planteaba un ejercicio incómodo. ¿Qué pasaría si en lugar de decenas o centenares de víctimas al año fueran solo tres? La respuesta general era que sería una cifra extraordinaria. Después aparecían imágenes de familiares y amigos de los participantes. Entonces la conclusión cambiaba: debería ser cero. No hablamos de números, hablamos de personas concretas, con historias truncadas. Otro montaje asignaba un número a una víctima de feminicidio y después contaba su vida, rompiendo la frialdad estadística.
Virginia también señaló que los datos de identificación con el feminismo entre jóvenes son los más bajos desde 2021. En ese contexto, proyectó un vídeo de Marina Marroquí en el que se afirmaba que la sociedad aún no comprende plenamente qué es la violencia de género.

La recta final se centró en el relato mediático. Se compararon dos titulares sobre asesinatos machistas. Uno los presentaba como sucesos aislados. El otro los contextualizaba como un problema estructural. Un suceso, explicó Virginia, es algo imprevisible e inexplicable. La violencia de género no lo es. Responde a patrones culturales y sociales. Por eso, el tratamiento periodístico no puede limitarse al hecho concreto, sino que debe abordar el porqué.
Apareció entonces el ejemplo de Dani Alves cuando, en un estadio, le lanzaron un plátano en un acto racista. La reacción fue inmediata y global. Nadie buscó matices para justificar al agresor. Se condenó el racismo sin titubeos. Virginia planteó por qué no siempre ocurre lo mismo con la violencia machista. Recordó que años después el propio Alves se vería implicado en un caso de violencia sexual y que el tratamiento mediático abrió debates sobre coherencia y contundencia.
Se repasó la evolución del lenguaje. Antes se hablaba de crimen pasional. Hoy se insiste en que no mueren, las asesinan. El enfoque importa. No se debe justificar al agresor ni amplificar testimonios de su entorno que lo describan como “buen tipo”. Tampoco se debe culpabilizar a la víctima. Las fuentes deben ser expertas y contextualizar el problema. El relato construye realidad.
Un anuncio institucional mostraba escenas de micromachismos en las que los testigos no intervenían. La responsabilidad, subrayó Virginia, no recae solo en víctima y agresor. Es colectiva. También abordó la influencia de la pornografía y los algoritmos digitales, señalando el aumento de 9.000 delitos sexuales en seis años en España y planteando la relación entre consumo de determinados contenidos y normalización de conductas.
Para cerrar, recuperó la metáfora de la rana en el agua que se calienta gradualmente hasta que es demasiado tarde para reaccionar. La construcción social funciona de manera similar. Si no se detectan y cuestionan a tiempo los pequeños indicios, el resultado es estructural.
A las doce en punto se abrió el turno de preguntas. Virginia habló del rechazo creciente que percibe en algunos sectores ante este tipo de talleres. María Monjas tomó la palabra para concluir con una afirmación rotunda: la igualdad no es una ideología, es un derecho universal recogido.
El reloj marcaba el final, pero la sensación en la sala era que la conversación apenas empezaba.










