13.3 C
Valladolid
viernes, 01 mayo, 2026
Inicio DERECHOS HUMANOS La otra Navidad

La otra Navidad

0
56
JAVIER PÉREZ FRAILE | Fotografía: Javier Pérez Fraile

Hay una Navidad que todos reconocemos: la de los escaparates iluminados, los villancicos repetidos hasta la saciedad y las mesas llenas de comida y de gente. Es la Navidad que vemos en los anuncios, la que perfuma las calles con un optimismo generalizado y muy especial. Nos invita a creer que, durante unos días, todo es más cálido, más amable y más sencillo. Pero existe otro tipo de Navidad, una mucho más fría y complicada.

Cuando la Navidad no es un hogar

Existe la otra Navidad: mucho más silenciosa, mucho más fría, más difícil y que rara vez ocupa portadas o incluso espacio visible en nuestra sociedad. Es la Navidad de quienes no tienen un hogar al que regresar, de quienes buscan cobijo en portales, estaciones o albergues que no siempre tienen sitio. Para estas personas, la Navidad no es un momento de reencuentros, sino una continuación de la constante carrera de resistencia: vencer a la noche, al frío y a la indiferencia ajena.

Mientras la mayoría prepara cenas y compras, hay quienes solo esperan soportar una madrugada más. Una manta húmeda hace de abrigo, un banco se convierte en cama y una acera es el sofá del salón en el que ver pasar el mundo sin ser apenas percibido. La idea de “volver a casa” (tan repetida en estas fechas) se convierte en un recordatorio muy doloroso para quienes no tienen ese lugar por diversas razones.

Las luces iluminan, mientras que las sombras se alargan

La ciudad, iluminada y festiva, muestra una dualidad muy cruel: cuanto más brillan las luces, más se acentúan las sombras. No hace falta que nos vayamos muy lejos para encontrar estas situaciones: cerca de la Plaza Mayor de Valladolid puede haber personas que intentan dormir bajo cartones. Una calle decorada y adornada puede enmarcar la soledad de alguien que no tiene a quién llamar en estas fechas. En Navidad, la desigualdad se vuelve mucho más notoria, aunque muchos se nieguen a mirarla.

También existe la indiferencia aprendida. Caminamos más deprisa, evitamos el contacto visual, murmuramos por lo bajo un “lo siento, no llevo suelto”. No porque seamos malas personas, sino porque mirar de frente esa injusticia nos incomoda y nos enfrenta a una realidad que sabemos que está mal, pero que no sabemos cómo resolver. Y, sin embargo, cada persona de la calle tiene un nombre, unos gustos, una historia, una herida… Nadie llega ahí por una sola razón; casi siempre es una cadena de golpes, de pérdidas, de silencios que se acumulan.

Los gestos que resisten al frío

Aun así, la otra Navidad también está hecha de gestos. Voluntarios que reparten comida sin esperar nada a cambio, vecinos que dejan mantas, abrigos o un café pagado, asociaciones que acogen a estas personas durante estas fechas, personas que se detienen a preguntar un nombre o a compartir una conversación breve… No soluciona la estructura del problema, enormemente político y social, pero alivian un poco la noche.

Quizá es ahí donde se encuentra el sentido auténtico de la Navidad: en recordar que nadie debería pasar estas fechas, ni ninguna otra, temblando en la calle. En entender que la solidaridad no es una obligación moral anual, sino una forma de reconocer humanidad en aquellos a los que la sociedad ha convertido en invisibles.

La otra Navidad existe, y no está lejos. Se encuentra a unas pocas calles de distancia, y aunque a veces nos esforcemos por no verla, eso no la hace desaparecer. Tal vez celebrar estas fechas con honestidad implique mirar más allá de nuestras propias luces y preguntarnos qué podemos hacer para llegar al día en el que nadie tenga que vivir así.

font-family: arimo, sans-serif; font-style: normal; font-weight: 400;