IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: Pixabay

Cuesta no haberla escuchado alguna vez. “Trabaja de lo que te gusta y no trabajarás nunca”. Suena bien, casi poético. El problema es que, cuando la rascas un poco, empieza a hacer aguas. Durante años nos han vendido que la clave del éxito está en encontrar esa pasión y convertirla en profesión. Que si te gusta escribir, escribe. Que si te gusta dibujar, dibuja. Que si te gusta crear contenido, lánzate. Y claro, miles de personas han seguido ese consejo al pie de la letra. El resultado no siempre es tan bonito como prometían.

Porque lo que no se dice tanto es que, cuando conviertes tu pasión en trabajo, deja de ser solo pasión. Aparecen los plazos, la presión, la necesidad de monetizar algo que antes hacías por puro gusto. Y ahí es donde empieza el conflicto. Lo que antes era un refugio, ahora es una obligación.

Además, este discurso tiene otra cara menos amable. Desplaza la responsabilidad. Si no consigues vivir de lo que te gusta, parece que el problema eres tú. No te has esforzado lo suficiente. No has sabido reinventarte. No has sido constante. Pero, ¿y si el problema no es individual, sino estructural? No todo el mundo puede vivir de su vocación. El mercado no funciona así. Hay trabajos necesarios que nadie soñó de pequeño. Y, sin embargo, siguen siendo esenciales. Insistir en que todos debemos encontrar ese “trabajo ideal” no solo es irreal, también invisibiliza a quienes sostienen el sistema en empleos precarios o poco valorados.

Luego la gente se encuentra con la trampa emocional. Cuando tu trabajo es tu pasión, desconectar se vuelve complicado. Siempre puedes hacer más, mejorar más, producir más. La línea entre vida personal y laboral se difumina. Lo que parecía libertad acaba pareciéndose mucho a autoexigencia constante.

Puede ser que el problema no sea trabajar en algo que te gusta. Eso, en sí mismo, es positivo. El problema es convertirlo en una especie de mandato vital, casi moral. Como si no hacerlo fuera conformarse o fracasar. A lo mejor habría que replantear la pregunta. No tanto “¿te apasiona tu trabajo?”, sino si te permite vivir con dignidad. Porque entre la vocación idealizada y la realidad del mercado hay una distancia que no se soluciona con frases motivacionales. Trabajar de lo que te gusta está bien. Pero no debería ser la única forma válida de entender el éxito.