HELENA MASEDO GARZÓN | Fotografía: Flickr
Admirar el arte es una ciencia compleja. Yo no nací con ese talento; tal vez ni siquiera desarrollé un tanto de curiosidad. Los aposentos de los Reyes Católicos en el Alcázar, por ejemplo, siempre me resultaron una estancia similar a la mía, si bien tan pasada de moda. El Guernica, por otro lado, solo el terror latente de un pasado que aún respira.
Solo la música, que desde hace años conversa conmigo en voz baja, y la literatura, confundida entre la sangre en mis venas, se han ganado mi favor. Con la primera aprendí a sangrar. Con la segunda, a herir.
Beatriz Aguilar, ese personaje zafoniano de La sombra del viento, pronunció en una ocasión que «Un libro es un espejo y que sólo podemos encontrar en él lo que ya llevamos dentro». Nadie me refirió en ese entonces que lo que yo acostumbraba a escribir —una ambición tan común entre los que nos denominamos periodistas— no eran sino dosis elevadas de dolor, ruina y rabia. O, al menos, y si seguimos ese planteamiento, es de lo que se supone que yo estaría hecha.
Tal vez por eso obvié las razones de Wilde en cuanto leí El retrato de Dorian Gray: «Revelar el arte y ocultar al artista es el objetivo del arte». Años más tarde, Roland Barthes se rendía a aquella razón: «La obra pertenece exclusivamente al lector y a su interpretación». Así se sugieren las pinturas de Inmersión azul de Joan Miró, Círculo Negro de Kazimir Malévich o la escultura invisible de Salvatore Garau.

Según creo, la excelencia del arte escrito llegó con la locura. Un tal Allan Poe, un hombre de amores saciados y heridas abiertas, me lo mostró por vez primera en dos de sus relatos. El gato negro exponía los efectos secundarios de la rabia y la agonía. El corazón delator, el naufragio del pensamiento.
Y aunque hay quien cree que el escritor hacía años que había perdido la cordura, yo siempre lo consideré arquitecto de su propio juicio. De otro modo, nadie explicaría sino la razón por la que todos sus personajes bebieron de su delirio y él, en su silencio, relatarse tan bien los excesos.
En cuanto al Guernica, ya que lo mencioné, que sepas que Picasso se pronunció al respecto. El pintor defendió que «El propósito del arte es limpiar el polvo de la vida cotidiana de nuestras almas», tal vez sugiriendo que la obra tiene una función trascendente que va más allá de las miserias de nuestro día a día.
Que lo dijera él, que en miserias fue experto, tal vez vació su corazón para que el arte volviera a llenarlo.










