Cine y periodismo, de la mano hacia la evolución de las sociedades

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El cine y el periodismo han sido en la historia contemporánea dos elementos que han ido estrechamente ligados: la llegada del cine permitió el desarrollo de la comunicación audiovisual, y por ende, de la comunicación masiva
DANIEL CABALLERO DE PAZ  | Foto: Pixaby

 

No cabe ninguna duda de que la evolución social está influida por lo que se ve, se lee o se escucha. Ya desde la Edad Media observamos cómo la forma de difundir conocimientos es en gran medida una forma de comprender y estudiar cómo las sociedades se organizan y evolucionan.

Es vital fijarse en la manera en que dos sectores inseparables han sido determinantes para construir la sociedad global. En concreto, es necesario centrarse en el caso de la Europa de finales del siglo XIX. ¿Por qué? Porque es entonces cuando nace el cine, y porque es entonces cuando fructifica un pensamiento contemporáneo embrionario. Y qué decir tiene que el nacimiento del cine también ha sido vital para el surgimiento de los medios audiovisuales. Y esto incumbe a nuestra área de estudio: el periodismo. Veámoslo pieza por pieza.

 

El periodismo como una herramienta de divulgación social

Le Petit Journal, periódico francés que nace a finales del siglo XVIII

El periodismo contemporáneo nace en el siglo XVIII, cuando nacen los primeros diarios y panfletos. Los panfletos, además, van entrelazados con la evolución de la literatura, pues era la única forma de publicar las famosas novelas por entregas (folletines). Dickens, Zola, Flaubert, «Clarín», Benito Pérez Galdós, Emilia Pardo Bazán, etc. son grandes ejemplos de la corriente «folletinesca» del Realismo. Una forma bastante artística de hacer periodismo. Y por supuesto, la mejor forma de hacer ver las injusticias sociales que se cometían en los diferentes países europeos durante la era posindustrial.

Pero, literatura aparte, el periodismo nació fruto del interés de conocer lo que estaba pasando, siempre que fuese «relevante». Más aún: se descubrió que limitando el acceso y la forma en que se contaban las cosas se podía moldear una suerte de visión colectiva. Así, la prensa en sus inicios estuvo limitada por tres aspectos: técnicos (los tipos móviles hacían de la impresión de periódicos una tediosa labor), la ausencia de sistemas de documentación (sólo se contaba con la palabra del autor y los testimonios que decía incluir) y, por supuesto, la incapacidad de llegar a todos los estratos sociales.

La prensa nace como un medio burgués: la gente con dinero podía acceder a la información. También tiene mucho que ver con que la mayor parte de la población seguía siendo campesina y analfabeta. De hecho, el analfabetismo no se supera (y solo en parte de Europa y hacia los hombres) hasta finales del siglo XIX. Por tanto, se puede decir que el periodismo no era entonces masivo. Propio de una sociedad aún estamental y basada en el fantasma del feudalismo pre-Revolución Francesa.

La prensa por sí sola no logró llegar a toda la sociedad, y entre la población analfabeta, la única forma de conocer los sucesos más recientes era a través del rumor. Ello, por otra parte, convertía a la gente en mucho más crédula, lo que, al contrario de la visión contemporánea se traducía en una suerte de «controlamos a las clases más pobres quitándoles la información y no dándosela». Es decir, no se creía con tanta fuerza en que maquillar la verdad y mentir fuese una forma tan efectiva de mantener a raya a la población como simplemente no diciendo nada.

La radio no llegó hasta principios del siglo XX, de la mano de Marconi, Fessenden y De Forest, sucesivamente. La primera emisión se llevó a cabo en 1920. Por ello, el primer medio auténtico que permitió la construcción de la comunicación de masas es a su vez el más determinante en penetrar en todos los estratos sociales: el cine. Y el cine, es, como señala Romo (Universidad de Salamanca), un medio de comunicación social. Por tanto, no andaríamos desencaminados al realizar esta afirmación: el cine y el periodismo van de la mano. Como ambas labores tienen la función de «comunicar» (transmitir ideas y, en muchos más casos de los deseables, generar emociones), el periodismo se hizo fuerte con el cine y viceversa. Y aquí entra en juego la evolución de las sociedades.

 

El cine: nace el primer medio de comunicación para todos

Hermanos Lumiere, los inventores del cinematógrafo Fuente: Imagen de archivo

El cine (invento que se atribuye a los hermanos Lumiere) apareció en 1895. La impresión que causó la primera filmación (un tren que parece avanzar hacia los espectadores) es ya un vaticinio de lo que está por venir. A partir de este momento, el periodismo y el cine estrecharán lazos. Y comenzará la comunicación de masas.

Aunque inicialmente mudo (no se tiene constancia del cine sonoro hasta finales de los años 20), el cine ya tenía un claro exponente expresivo. Merece mención el estudio realizado por el cineasta Lev Kuleshov, que observó que, cuando se aplicaban diferentes condicionamientos de imagen y a través del montaje, se podía transmitir una u otra idea. Es decir, se comienza a hablar de una forma de construir un relato que provocase emociones deseadas en el público. Ya no se trata de comunicar, sino también de mostrar las cosas de una forma que establezca un resultado preestablecido.

Después de la Primera Guerra Mundial, junto con la radio, comenzaron a emitirse las primeras películas «doctrinarias». Durante la Revolución Rusa, se comenzó a aplicar el montaje ideológico. Destacan «El acorazado Potemkin» (1925), «Octubre» (1928) y «El hombre con una cámara» (1929), filmaciones todas ellas destinadas a alienar y cohesionar la opinión de todo el público mediante la edición. 

Las sociedades avanzaban: se pasa de la Europa preindustrial, caracterizada por las altas tasas de analfabetismo y la cerrazón de la profesión periodística a una sociedad más instruida, pero también más acomodada. Las clases bajas adoptan maneras de las clases burguesa, y el entretenimiento se convirtió en la medicina de la sociedad. En términos prácticos, los felices años 20 fueron una catapulta de toda la profesión periodística, pues fue cuando empezó a exponerse la población a los estímulos audiovisuales. Por ello, podemos también señalar que el periodismo y el cine no solo condicionaron la sociedad, sino que la sociedad condicionó el cine y el periodismo. 

 

Llegó la comunicación de masas: cuando el cine y la prensa dijeron cómo teníamos que pensar (1920-1945)

Lenni Riefensthal junto a Adolf Hitler. Riefensthal es y sigue siendo la más conocida productora de cine doctrinario del ministerio de propaganda de Goebbels durante el III Reich

El entretenimiento fue una función secundaria del cine. Aunque primaban las proyecciones humorísticas y cómicas, lo que se trasluce en el siglo XX (felices años 20) es el anhelo de transmitir mensajes. Y, por qué no, «inyectar» ideas (véase Harold Lasswell). Es decir, el descubrimiento del montaje cinematográfico permitió a los cineastas experimentar y jugar con los condicionamientos afectivos y emotivos del mensaje. Ya no se trataba solo de mostrar imágenes que mostrasen la realidad. Se trataba de mostrar imágenes que estableciesen una visión de la realidad. Es decir, la gente buscaba dispersión en las películas (nadie quería oír hablar del fantasma de la reciente guerra) y encontraba adoctrinamiento. Aunque Francia, Reino Unido y el resto de «padres» de la democracia fueron abandonando esta tendencia, el hilo del que pendía la sociedad europea hacia finales de los 20 provocó que no fuese así en el resto del continente.

En los años 30 fue cuando la prensa también cambió sus objetivos. La información se suministraba a cuentagotas. Pero con la emergencia de los totalitarismos en Alemania, Italia y la Rusia de Stalin, se pasó de una manipulación sutil a un abierto control de los medios. Y el cine fue su principal caballo de batalla para influir sobre los ciudadanos. La población, entonces, conocía sólo una versión sesgada de la realidad vigilada de cerca por férreos ministerios de propaganda. Estos ministerios contrataban sus propios periodistas que plasmaban la verdad que el régimen quería mostrar a los ciudadanos. Destaca, especialmente, la documentalista Leni Riefenstahl, que fue vital para la difusión de mensajes patrióticos durante el III Reich.

La población, llevada por el fervor de la crisis de los años 30, pero también por la necesidad de entretenimiento, acudía a las salas de cine. Se alimentaban así los sentimientos que el régimen esperaba desencadenar, favoreciendo un caldo de cultivo que legitimase la existencia del régimen. Además, la censura y las limitaciones impuestas a la prensa, controlada también por estos ministerios, limitaban la información que llegaba a la comprensión de la gente. Y, para más inri, se disfrazaba de libertad: la gente creía conocer toda la verdad, cuando en realidad sólo era consciente de una pequeñísima parte. Y además, esa pequeñísima parte venía siempre maquillada y coloreada a gusto de los verdaderos clientes de los medios: los Estados.

 

La Guerra Fría: el cine y el periodismo mutan a televisión (1950-1990)

Imagen de la película «Todos los hombres del presidente». Los medios de comunicación americanos jugaron un papel clave a la hora de destapar el escándalo de corrupción que señalaba directamente al entonces presidente, Richard Nixon

Cuando cayeron el III Reich y el gobierno de Mussolini, el mundo pareció quitarse de encima el fantasma de los fascismos. Alemania quedó convertida en una ensalada a repartir entre Francia, Reino Unido, Estados Unidos y la URSS (aunque solo esta última se comió su parte del pastel). Y con ello, cabía esperar, se pondría fin al eco de la manipulación mediática en Europa. Solo existirían casos aislados, como el franquismo en España, donde se hicieron célebres los noticiarios del NO-DO, un curioso cóctel de cine, información periodística, censura y control de la opinión pública al servicio de los intereses del Bloque Nacional. Considerando además, que en España el medio audiovisual por antonomasia no tendría un impacto considerable hasta los años 60.

La televisión se abría paso en los domicilios de los ciudadanos europeos desde los años 50. Convergieron así cine y televisión (que en un comienzo no era un medio periodístico como tal). Los clientes de los medios pasaron a ser los consumidores, y aunque aún sujetos a los intereses de los ofertantes, el contenido audiovisual paso a ser más superficial y menos invasivo de la opinión pública, salvo en contados casos. Se confiaba en un modelo de televisión pública, transparente, capaz de llegar a todos.

¿Fue una realidad? Al menos en Europa se intentó: destaca BBC (British Broadcasting Corporation) y RTF (Radiodiffusion-Télévision Française). Estas cadenas crearon contenido de variedades que abarcaba programas de entretenimiento, pero también informativos, y trataron de ser, en la medida de lo posible, neutrales. La ausencia de censura permitió además la integración de un modelo televisivo más democrático para las cadenas privadas. De la mano de la democratización de Europa, que se recuperaba de las dos dictaduras fascistas, claro.

En Estados Unidos, el modelo televisivo que primaba era el comercial. En los años 50 era punto clave la competición con la Unión Soviética. Era pertinente justificar determinados sucesos, además de ensalzar los Bloques en conflicto, no solo a través de la propaganda, sino a través de la publicidad, el deporte y las series y películas. No obstante, prueba de que los medios audiovisuales ya no los controlaban los gobiernos ni sus intereses se encuentra en la difusión de la guerra en Vietnam (años 60).

Aunque el gobierno estadounidense de Kennedy, y posteriormente Johnson y Nixon ensalzaron en repetidas ocasiones la necesidad de emprender la campaña contra la ocupación soviética, en la práctica, los medios reflejaron sin tapujos los abusos que allí se estaban sufriendo. Así, en 1963 comenzó el movimiento contra la ocupación estadounidense de Vietnam. También fue vital la participación de los medios en el descubrimiento del escándalo Watergate (años 70), que echó por tierra el gobierno de Nixon. Aunque sería simplista atribuirlo todo a los medios televisivos, sí que jugaron un importante papel, mayor si tenemos en cuenta el índice de penetración claramente vencedor del medio audiovisual. más allá de la prensa y la radio. Para entonces, más del 80% de la población consumía TV por encima de otros medios.

En la Unión Soviética, un Estado totalitario, las emisiones venían controladas por el Partido. Todos los países de la Europa del Este enfrentaban la censura y el control, las presiones del gobierno -como se demuestra en la serie «Historias de una época de oro» (2009)– y los intereses de los líderes comunistas. Es vital darse cuenta de que, incluso derribada la Unión Soviética en 1991, Rusia ha continuado con un modelo de producción audiovisual interesado y manipulador. No hay que irse muy lejos para demostrarlo: Rusia TV ha fomentado entre otras cosas la actual Guerra de Ucrania y continúa siendo el caldo de cultivo para atraer apoyos sociales a la causa de Vladimir Putin.

 

Dos modelos mediáticos (actualidad)

 

En los años 90, el mundo occidental ya abría sus puertas en casi toda su totalidad a una difusión libre. El cine podía servir de espejo social, de protesta y reivindicación, algo que hace menos de medio siglo hubiese sido impensable en todo el mundo. La televisión libre, los medios privados y las cadenas abiertas son un reflejo de cómo los medios pueden decir lo que quieran, siempre que sean fieles a los hechos. El cine, dentro de su exponente de ficción y divulgación, también juega su protagonismo en la denuncia de injusticias.

A lo largo del artículo hemos señalado que las sociedades han evolucionado de la mano de los medios de difusión mediáticos (entre ellos, el cine). No obstante, esta evolución no es igual en todo el planeta. Por desgracia, existen sociedades en las que decir la verdad se sigue castigando. Así, nos encontramos con una visión del mundo más democrática, que permite un amplio espectro de opiniones. Es lo que se conoce como el modelo democrático de difusión.

En el lado contrario, impera el modelo autoritario, basado en la posverdad, la manipulación de los hechos y la censura. Y este es el modelo televisivo y cinematográfico propio de las sociedades islámicas más radicales (como Irán), de las sociedades poscomunistas, como la de Rusia o la de China (controlada por los intereses del Partido Comunista Chino), o Corea del Norte, el último país del mundo en la lista de derechos humanos y libertad de expresión.

Por tanto, observamos la relevancia de la figura del cine y de la objetividad a lo largo de la historia. Las sociedades más democráticas y vinculadas con los valores y el respeto a los derechos humanos cuentan con medios de comunicación más libres y plenos. La censura, además, se ve como una ruptura muy grave con los principios de la democracia, y sería socialmente penalizada, salvo en casos muy extremos.

Pero la existencia y poco a poco también, la apertura de los medios desde aparatos de control social hasta herramientas por y para la sociedad, junto a la evolución de la producción audiovisual y sus mensajes, han roto con los abusos. Decir lo que se piensa, a través de cualquier plataforma, es posible. Por ello, es desalentador observar cómo aún existen países del mundo en los que siempre hay que atenerse a lo que los mandatarios exijan, y donde el que se sale de la norma es tachado de disidente. Obsérvese el caso de Zhang Zan, periodista china que fue castigada por difundir las detenciones que se realizaban a comunicadores y periodistas durante la crisis del COVID-19 en su país.

Aunque hemos alcanzado un alto nivel de difusión e ilimitada capacidad para difundir contenidos audiovisuales, aún queda un largo camino por recorrer. Donde antes imperaba el ministerio de propaganda ahora impera el famoso y radical algoritmo que rige nuestras decisiones por Internet (léase «El Enemigo Conoce el Sistema» de Marta Peirano). Y donde antes reinaba un claro interés patriótico y partidista, ahora impera ese mismo partidismo bajo la forma de posverdades o verdades a medias. Una realidad que está muy presente en nuestro país, y donde cada medio juega con cartas marcadas. Véase el caso de TV3, que incluso hoy sigue alineando una importante parte de la sociedad catalana tras los intereses de los líderes independentistas de la Generalitat).

Puede que nuestra sociedad tenga que apuntar en el sentido adecuado para que los medios audiovisuales, y por ende el periodismo, puedan abrirse todavía más. Medios donde la neutralidad y la búsqueda de la verdad sean los principales objetivos a perseguir. Mientras tanto, disfrutemos de la libertad para hablar y explicarnos, y ejerzamos nuestra opinión sin temor a ser perseguidos. Eso sí, siempre siendo fieles a la realidad. No hay nada peor que dejarse comprar por los intereses vengan de donde vengan. Poder decir esto es resultado de la evolución que los medios de masas han tenido (y siguen teniendo) a lo largo de la historia.