AITOR ENGUITA | Fotografía: Wikicommons
Si pensamos en países como Inglaterra o Japón, el servicio ferroviario es un sistema clave en la vida del ciudadano común. Desde las grandes estaciones de interraíl en Europa hasta el famoso Shinkansen (tren bala) entre Tokio y Osaka, el tren es uno de los grandes transportes públicos del mundo.
No obstante, ¿por qué sabemos tanto del tren a lo largo del planeta y tan poco del tren en nuestro país? Para solventar esta duda, expondremos la historia de cómo llegó este servicio a nuestra península y cómo este pasó de una máquina de vapor a la Alta Velocidad Española.
El contexto: una revolución que lo cambió todo
Escocia, año 1765, un instrumentista de la universidad de Glasgow llamado James Watt arregla una máquina que funciona con vapor creada por Thomas Newcomen. De repente, se le ocurre una idea que pondrá de cabeza el concepto de industria tal y como se conoce. Patenta su invento en 1769, un método para que las máquinas de fuego ahorren energía y combustible. A partir de 1776, junto a Matthew Bulton empieza a comercializar su máquina de vapor: acaba de nacer la Primera Revolución Industrial.
Más de 30 años después de que la máquina de vapor de Watt diera la vuelta al mundo, había un grave problema: la máquina no habría sufrido prácticamente cambios. Se había usado en minería y textil pero no se había probado nada significativo con esta tecnología: las máquinas de Watt eran inmóviles.
La revolución no puede quedar estática y diluirse con el paso del tiempo: necesita moverse. Y las personas, también debemos movernos, o eso piensa en 1804 Richard Trevithick. Este minero, se apuesta 500 guineas a que puede hacer una máquina que transporte mercancía y personas a lo largo de 15 kilómetros. Lleva a cabo la hazaña pero debido al peso, las vías se parten. Su idea fracasa y caído en desgracia se va de Inglaterra.
Otro minero, retoma la idea: George Stephenson. Él perfecciona la máquina y la transforma en un transporte viable ¿Su prueba de fuego? El concurso público de Rainhill. En esta prueba, George y su hijo Robert prueban su máquina Rocket en el trayecto Mánchester-Liverpool consolidando la revolución de los transportes.
Un tren... ¿En España?
Entonces, si el tren se originó en Inglaterra ¿Cómo llegó a España? Como suele pasar en la historia de España con los inventos internacionales, la locomotora llegó tarde. Hablamos de unos 40 años después de su invención a manos de Trevithick. Curiosamente, el primer ferrocarril de España no fue instalado en la península, sino en la entonces provincia de Cuba. Durante la regencia de la reina María Cristina de Borbón se inauguró la línea La Habana-Bejucal-Güines en noviembre de 1837.
Esta obra fue admirada por el empresario catalán Miguel Biada, oriundo de Mataró. Biada consiguió una gran junta de accionistas entre amigos, inversores de Puerto Rico y Cuba y accionistas anónimos. La empresa se constituyó con cinco millones de pesetas en julio de 1844, con Biada como presidente. Para el proyecto del ferrocarril, la empresa, llamada Gran Compañía Española del Camino de Hierro de Barcelona a Mataró y Viceversa, contrata en París al ingeniero civil Joseph Locke para que diseñe la obra. Tras varios contratiempos de financiación y la muerte de Miguel Biada, el 28 de octubre de 1848 se inauguró la primera línea ferroviaria de España en su trayecto Barcelona-Mataró.
El tren en España hasta la Guerra Civil
Tras la creación de este primer tren, y posteriormente el tramo Madrid-Aranjuez, España vivió un momento de expansión ferroviaria. Bajo el gobierno del general O\'Donell se promulgó la Ley General de Ferrocarriles de 1855, anunciada por La Gaceta de Madrid. Esta ley atrajo capital extranjero y mejoró la industria en gran medida.
Con esta inversión de capital, que se suele recordar como una inversión puramente extranjera, a pesar de que hubo una gran cantidad de socios capitalistas españoles, surgieron dos grandes compañías privadas.. Ambas tenían como centro la ciudad de Madrid, aunque sus tramos y ámbitos geográficos variaban en gran medida.
La primera de estas empresas fue la compañía MZA (Compañía de los ferrocarriles de Madrid a Zaragoza y Alicante) que dirigía el tren desde Madrid hacia la provincia de Zaragoza, el Mediterráneo y Andalucía. Sus principales inversores fueron la familia francesa Rothschild y la Sociedad Española Mercantil e Industrial. La segunda fue la conocida como compañía Norte (Compañía de los Caminos de Hierro del Norte de España) que operaba hacia el norte de la península llegando hasta Hendaya e Irún. Sus inversores más destacados fueron los hermanos Pereire y el Crédito Mobiliario Español.
Existieron otras compañías relevantes como AVT pero no tan relevantes como las anteriores. De hecho, esta expansión ferroviaria fue tan grande que causó la primera crisis financiera en la historia del capitalismo español en el año 1866. Debido a la financiación de las compañías mediante entidades bancarias nacionales como vimos anteriormente, las acciones de estas empresas se dispararon provocando una crisis especulativa que explotó cuando, debido a la aún precaria economía y malas condiciones geográficas, los inversores no obtuvieron los beneficios esperados.
Con la llegada de la restauración borbónica y el siglo XX, la estabilidad de gobierno provocó una nueva expansión del ferrocarril. Si antes del Sexenio se experimentó la expansión de las grandes compañías, ahora se experimentaba la expansión de las grandes estaciones. Durante los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII se inauguraron las estaciones del Norte en Valencia, la de Valladolid-Campo Grande y la de Canfranc. Esta segunda expansión estuvo frenada por una breve crisis derivada de la Primera Guerra Mundial y un intento estabilizador durante la dictadura del general Miguel Primo de Rivera. Sin embargo sería la Guerra Civil la que causaría una crisis de los transportes.
La llegada del AVE
Debido a la destrucción de la infraestructura causada por la Guerra Civil y el fracaso de las compañías privadas, el gobierno de la Dictadura acordó la nacionalización de las empresas privadas que formaron el ancho ibérico bajo la Red Nacional de los Ferrocarriles Españoles o por sus conocidas siglas RENFE.
El franquismo, promovió una serie de planes estatales con el objetivo de recuperar y mejorar los transportes en la posguerra. Aunque no sin contratiempos como el paso de las tropas del eje por la estación de Canfranc. Entre los hitos alcanzados durante este periodo podríamos situar la creación de los trenes articulados Talgo que permitían un transporte más cómodo en vías en mal estado, la primera conexión con Francia sin necesidad de transbordos en la frontera y ya al final de la Dictadura la retirada del último tren de vapor que se había sustituido progresivamente por el diesel y la electricidad.
Con la llegada de la democracia, el Gobierno aprobó un nuevo Plan de Transporte Ferroviario y el histórico NAFA (Nuevo Acceso Ferroviario a Andalucía). En este marco se tomó una decisión que cambió para siempre los transportes en este país: la adopción del ancho internacional para poder integrarse completamente con el resto de Europa ¿Y en qué influyó esto? En que cambió por completo como nos movemos, a raíz de esta decisión se pudo completar en 1992 con motivo de la Exposición Universal de Sevilla el primer tramo de la Alta Velocidad Española (AVE) que conectaba la ciudad de Madrid y la ciudad de Sevilla que fue inaugurado oficialmente el 21 de abril, marcando más de 30 años de alta velocidad en nuestro país.














