ANA ESPINA MIELGO | Fotografía: Wikimedia Commons
Hay un silencio particular que se instala en hogares y residencias cuando la rutina se apaga y el calendario se ralentiza. Es el silencio de la soledad no deseada, una epidemia silenciosa que en las sociedades urbanas actuales afecta a millones de personas. Sin embargo, en un centro gerontológico, esa pesadez desaparece en cuestión de segundos cuando una pareja de perros de terapia cruza la puerta. Lo hacen moviendo la cola con entusiasmo y buscando el contacto de unas manos que llevaban días sin acariciar a nadie.
La Terapia Asistida con Animales se ha consolidado en estos últimos años como un recurso sociosanitario eficiente e innovador para romper el aislamiento emocional. Además, de recuperar recuerdos adormecidos y devolver la vitalidad a quienes sienten que el mundo ha empezado a olvidarles.
La pandemia invisible del siglo XXI
La soledad no deseada en la tercera edad no se trata es un mero estado anímico. Es un factor de riesgo para la salud pública comparable al tabaquismo o al sedentarismo. La falta de vínculos afectivos constantes acelera el deterioro cognitivo, incrementa los episodios de depresión y ansiedad, y correlaciona de forma directa con un mayor riesgo de patologías cardiovasculares.
Frente a la prescripción farmacológica tradicional, la presencia animal ofrece una respuesta basada en lo más primario del ser humano: el afecto incondicional sin juzgar ni exigir.
«Un perro no mira la edad, la lentitud al caminar ni los olvidos de la memoria. Mira a los ojos y busca el contacto», explican los especialistas en intervención asistida con animales.
Mecanismos de la intervención: ¿por qué funciona?
Las sesiones de Terapia Asistida con Animales no son una simple visita de una mascota, son intervenciones estructuradas y dirigidas por profesionales de la salud o la educación social junto a técnicos en adiestramiento. Los beneficios se despliegan en múltiples niveles interconectados:
- Reducción de la presión arterial y del cortisol. El contacto físico y la caricia continuada liberan oxitocina y endorfinas.
- Reducción de la presión arterial y del cortisol. El recuerdo de mascotas pasadas activa conversaciones y recuerdos bloqueados.
- Estimulación de la memoria. La persona mayor es alguien que cuida y alimenta al animal.
- Creación de dinámicas grupales y diálogo entre iguales. El animal actúa como unión social y tema de conversación común.
Más allá del perro: la diversidad de intervenciones
Los perros, debido a su alta sociabilidad y capacidad de entrenamiento, representan la mayoría de los programas. Pero la terapia asistida abarca también intervenciones con gatos en entornos residenciales tranquilos. Además de existir también programas de equinoterapia adaptada para personas con movilidad reducida o etapas iniciales de demencia.
El elemento común en todas estas modalidades es la reconstrucción de la rutina. La anticipación de la visita semanal genera una expectativa positiva en la agenda de una persona mayor, sustituyendo la monotonía por un evento significativo cargado de significado emocional.

Los retos: rigor profesional y bienestar animal
El auge de estas terapias también plantea desafíos clave para su implantación definitiva en el sistema público de servicios sociales. Los perros de terapia requieren tiempos de descanso adecuados, evaluaciones veterinarias periódicas y una selección basada en el disfrute real del animal durante la interacción. También, la presencia de equipos mixtos, un terapeuta ocupacional o psicólogo junto al guía canino, es imprescindible para medir el impacto real y ajustar los objetivos a cada usuario. Y, por último, la transición de «actividad puntual de voluntariado» a «terapia pautada» dentro de los planes individuales de atención gerontológica.
Reconectar con el presente
Combatir la soledad de las personas mayores exige respuestas que vayan más allá del asistencialismo. La terapia asistida con animales demuestra que la afectividad es una necesidad básica a cualquier edad. En el cruce de miradas entre un anciano y un perro no hay prisas ni exigencias; solo existe la certeza compartida de que, durante ese instante, ninguno de los dos está solo.














