ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI RUIZ  |  Fotografía: Estíbaliz Domostegui Ruiz

La exposición de menores en redes sociales se ha convertido en una práctica cada vez más habitual, pero también cada vez más preocupante. Lo que empezó como algo inocente, compartir alguna foto familiar en Facebook o Instagram, ha evolucionado hacia un fenómeno mucho más complejo, donde algunos niños pasan a ser protagonistas constantes de contenidos que generan visitas, seguidores y de dinero.

No es lo mismo publicar de vez en cuando una imagen de tus hijos para familiares y amigos que construir un perfil, o incluso un negocio, en torno a ellos. En el primer caso, hablamos de una práctica que, aunque debatible, suele mantenerse en un ámbito relativamente privado y con una exposición limitada. En el segundo, los menores se convierten en el eje de una narrativa pública, repetida y monetizada, donde su imagen deja de ser algo íntimo para convertirse en contenido.

Aquí es donde surge el principal problema, y resulta que los niños no tienen la capacidad de decidir sobre su propia exposición. No comprenden qué significa aparecer en redes sociales, ni el alcance que pueden tener esas imágenes o vídeos. Sin embargo, su presencia genera beneficios económicos para adultos que, en muchos casos, justifican esta práctica como una extensión de su vida cotidiana. La línea entre compartir y explotar se vuelve entonces peligrosamente difusa.

Además, hay un riesgo evidente que a menudo se minimiza y es que no se puede controlar quién consume ese contenido ni con qué intención. Internet no es un espacio seguro por defecto, y las imágenes de menores pueden acabar circulando fuera de su contexto original. Pensar que todo el público tiene buenas intenciones es, como mínimo, ingenuo. La exposición constante no solo aumenta la visibilidad, sino también la vulnerabilidad.

Por otro lado, está el impacto que esto puede tener en los propios niños a medio y largo plazo. Crecer sabiendo que parte de tu vida ha sido documentada y compartida públicamente puede afectar a la construcción de la identidad, la privacidad y la autoestima. A esto se suma el hecho de que muchos menores empiezan a ser conscientes desde muy pequeños del funcionamiento de las redes sociales, de los “likes”, de las visitas, de la aprobación externa. Se les introduce, sin filtro, en una lógica de validación constante que ni siquiera los adultos gestionan bien.

No se trata de prohibir las redes sociales ni de exigir una desaparición total de los menores en ellas, es razonable que formen parte de la vida digital de sus familias, como lo hacen en la vida real. Pero hay una diferencia clara entre aparecer de forma puntual y ser expuestos de manera sistemática, especialmente cuando hay un interés económico de por medio.

La pregunta la pregunta clave sea esta: ¿a quién beneficia realmente esta exposición? Porque si la respuesta no incluye al menor o incluso le perjudica, entonces es necesario replantearse hasta qué punto estamos cruzando una línea ética. En un entorno donde todo se comparte, proteger la intimidad de los niños debería ser una prioridad, no una opción.