IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ | Fotografía: Freepik
Hay algo curioso en lo que pasa con el humor en redes sociales. Nunca antes había sido tan fácil hacer un chiste delante de tanta gente, y sin embargo nunca había sido tan fácil que ese mismo chiste se convierta en un escándalo.
En plataformas como X o TikTok una broma puede recorrer el mundo en cuestión de minutos. El problema es que el humor siempre ha sido algo muy personal. Lo que para unos es ironía, para otros puede ser una falta de respeto. Y ahí empieza el conflicto.
Una gran parte del humor puede resultar ofensiva. De hecho, el humor muchas veces nace precisamente de incomodar un poco, de exagerar la realidad o de reírse de las propias debilidades. La clave, probablemente, está en cómo cada persona decide tomarse ese humor. Al final, nadie puede controlar cómo va a reaccionar todo el mundo ante un chiste. Cada uno decide si le hace gracia, si lo ignora o si le molesta.
Ahora bien, eso no significa que todo valga. Hay temas que difícilmente deberían convertirse en material humorístico. Tragedias, enfermedades, abusos o muertes no suelen ser terreno para la broma. Cuando el humor se utiliza como excusa para atacar o humillar directamente a alguien, deja de ser humor y se convierte en otra cosa.
El problema es que en internet el debate rara vez se queda ahí. Con frecuencia se pasa de la crítica a algo mucho más extremo: la llamada cultura de la cancelación. Cuando un chiste genera indignación, miles de usuarios pueden organizarse para señalar públicamente al autor, pedir que pierda su trabajo o incluso intentar destruir su reputación.
Un caso que ilustra bien este fenómeno fue el de la cuenta que parodiaba al periodista Fabrizio Romano. Bajo el nombre de Fabrizio Fauna, el perfil publicaba bromas cada vez más agresivas, algunas de ellas con un tono claramente racista. Tras unos mensajes dirigidos al futbolista Vinícius Júnior durante un partido entre Real Madrid CF y SL Benfica, el propio Romano decidió denunciar la cuenta.

Hasta ahí, la crítica y la denuncia podían formar parte de un debate legítimo. Lo que ocurrió después fue otra cosa. En cuestión de días comenzaron a circular en redes datos personales del responsable de la cuenta: su cara, su casa, su trabajo e incluso documentos como su pasaporte. La indignación colectiva se transformó en una especie de justicia improvisada en la que miles de usuarios actuaban como si fueran jueces.
Ese es el verdadero riesgo de las redes sociales. No solo amplifican el humor, también amplifican la reacción contra él. Y cuando la respuesta se convierte en una caza pública, el debate deja de ser sobre el chiste y pasa a ser sobre el castigo.
Por supuesto, el racismo o los ataques personales no deberían esconderse detrás de la palabra humor. Pero tampoco parece razonable que cualquier polémica termine en un linchamiento digital. En una sociedad democrática, la responsabilidad de juzgar conductas debería recaer en la ley y en las instituciones, no en una multitud enfadada detrás de una pantalla.
Quizá el verdadero problema del humor en redes sociales no sea el humor en sí, sino la enorme importancia que las propias redes han adquirido en nuestra vida pública. Cuando una broma publicada en internet tiene el poder de arruinar la vida de alguien en cuestión de horas, el debate deja de ser solo sobre el humor. Empieza a ser también sobre el poder que hemos decidido darle a las redes sociales.










