Natalia Castaño Santos  |  Fotografía: Pixabay 

Este Halloween no ha sido un nuevo monstruo el que ha acaparado las conversaciones, sino uno con más de doscientos años: Frankenstein. La versión dirigida por Guillermo del Toro ha conseguido que el clásico de Mary Shelley vuelva a estar en boca de todos, y no solo entre los cinéfilos, sino también en las redes sociales.

De repente, los viejos textos que considerábamos obsoletos parecen tener una segunda vida. Y el principal responsable es el cine.

Esto no ha ocurrido por casualidad, ya que nuestra generación ha crecido entre pantallas: aprendiendo historia a través de YouTube o literatura gracias a adaptaciones. Pero lo curioso es que, lejos de distanciarnos de los libros, estas versiones audiovisuales consiguen despertar el interés por los clásicos cada vez más. Muchos llegan a Mary Shelley después de ver un tráiler o descubren a Edgar Allan Poe gracias a La Caída de la Casa Usher, la serie de Netflix dirigida por Mike Flanagan. De repente, esos autores que permanecían al fondo de las estanterías, llenos de palabras raras y contextos del siglo XIX, se sienten más actuales que nunca.

Del Toro lo ha entendido a la perfección. Sus monstruos no son simples criaturas; son espejos de lo humano. Al adaptar Frankenstein, rescata lo que Shelley escribió a sus 18 años: una reflexión sobre la soledad, la creación y la necesidad de ser comprendido. Y aunque cambie la pluma por la cámara, el corazón del relato aún late con el mismo sentimiento. Lo mismo ocurre con la reinterpretación de Poe: Flanagan mezcla el terror gótico con una critica al capitalismo y a la obsesión por el poder a través de la historia de una familia que cae en la desgracia. Es decir, el mismo miedo, pero con traje moderno.

Lo más interesante de estas adaptaciones es que no solo de presentan en las plataformas de streaming, si no que se comentan y recomiendan a través de las redes sociales. En TikTok abundan los vídeos que comparan finales o recomiendan las ediciones ilustradas de estas joyas olvidadas. Leer a Shelley o a Poe ya no es tarea de la literatura: es una experiencia compartida.

Algunos asegurarán que este tipo de versiones diluyen la esencia de los clásicos, que los jovenes se quedan en la superficie en lugar de indagar. Pero, ¿no es mejor una adaptación que un libro olvidado? Si una serie o película es capaz de hacer que alguien compre un libro del siglo XIX en pleno 2025, es por que algo funciona. A lo mejor no se leen los clásicos de la misma forma, pero sí se continúan las conversaciones  en torno a ellos.

Al final, estas grandes obras de la literatura universal nunca mueren; únicamente cambian de formato. Hoy, en lugar de leer los relatos de Poe a la luz de las velas y con el sonido de la lluvia de fondo, lo hacemos con un maratón de Netflix, y eso también cuenta. Porque lo importante no es cómo llegamos a ellos, sino que encontremos en sus páginas (y ahora también en nuestras pantallas) los mismos monstruos, miedos y pasiones que aún nos persiguen después de más de dos siglos.