IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: Unsplash

En Cuba la sensación no es la de una crisis puntual. Es algo más profundo. Más largo. Más desgastante.

En las últimas semanas los apagones han vuelto a marcar la rutina de millones de personas. Cortes de luz de horas, incluso de días en algunas zonas. Calles a oscuras. Neveras apagadas. Hospitales funcionando con generadores. No es la primera vez que ocurre, pero cada vez pesa más. Porque llega en un contexto en el que casi todo escasea.

La falta de combustible ha dejado al sistema eléctrico al borde del colapso. Cuando una central térmica falla o no llega el petróleo previsto, el país entero se resiente. El transporte se paraliza, la producción se detiene y la vida cotidiana se complica todavía más. Cuba depende en gran medida de energía importada y no tiene margen financiero para amortiguar el golpe.

Pero reducir lo que ocurre a una crisis energética sería simplificar demasiado.

El problema de fondo es económico. El modelo estatal centralizado, que durante décadas sostuvo la estructura del país, lleva años mostrando signos de agotamiento. La producción nacional es baja, la agricultura no cubre la demanda interna y el país necesita importar buena parte de lo que consume. Sin divisas suficientes, importar se convierte en un desafío constante.

El turismo, una de las principales fuentes de ingresos, no ha terminado de recuperarse del todo. Y sin entrada estable de moneda extranjera, el margen de maniobra es mínimo. El resultado es inflación, desabastecimiento y una creciente frustración social.

Calles de Cuba / Fotografía: Unsplash

El Gobierno de Miguel Díaz-Canel ha impulsado algunas reformas económicas, como la ampliación del trabajo privado y fórmulas mixtas de gestión. Sin embargo, son cambios graduales, muy controlados y todavía insuficientes para transformar la estructura productiva del país. Muchos economistas coinciden en que el problema no es solo de gestión coyuntural, sino de diseño del sistema.

A esto se suma la presión externa. El embargo de Estados Unidos continúa limitando el acceso a financiación y encareciendo operaciones internacionales. El Gobierno cubano señala esta política como una de las causas principales de la crisis. Otros analistas reconocen su impacto, pero subrayan que las debilidades internas ya existían antes.

Mientras tanto, la población vive en una especie de resistencia cotidiana. Hacer cola forma parte del día a día. Adaptarse a los horarios de electricidad también. Muchos jóvenes optan por emigrar, buscando estabilidad y oportunidades fuera.

Entonces, ¿qué está pasando en Cuba?

Está ocurriendo una combinación de factores: crisis energética, falta de divisas, modelo económico tensionado y presión internacional. No es un estallido repentino, sino el desgaste acumulado de años. Los apagones son la imagen más visible. La raíz es más profunda.

La pregunta ahora no es solo cómo salir del bache inmediato, sino si el país emprenderá reformas capaces de cambiar el rumbo o seguirá gestionando la emergencia día a día. Porque lo que está en juego no es únicamente la electricidad. Es el futuro económico y social de toda una nación.