JAVIER PÉREZ FRAILE | Fotografía: Pixabay

En el mes de enero, un estudiante lanza una monera al aire, la atrapa y murmura “cara, apruebo; cruz, suspendo”. Aunque según la lógica es una cuestión de puro azar, este gesto está cargado de sentido para algunas personas. Las supersticiones (esas creencias que heredamos sin saber muy bien de quién) siguen vivas entre nosotros, incluso en un momento en el que lo racional domina la sociedad.

Tocar madera, cruzar los dedos, no pasar por debajo de una escalera o evitar el uso del número 13 son solo algunos de los muchos ejemplos existentes. Son actos automáticos que, en muchas ocasiones, realizamos sin pensar y forman parte de nuestra cultura cotidiana. Creemos que son simples manías, aunque en realidad tienen un pasado que es desconocido para muchas personas.

De rituales antiguos a costumbres modernas: monedas, tocar madera y cruzar los dedos

La mayoría de las supersticiones nacieron a partir de la necesidad del ser humano de buscar explicación y respuesta a lo que no se entendía. Tirar una moneda a una fuente tiene su origen en una costumbre celta, en la que se tiraban piedras a un pozo con la creencia de que el agua estancada curaba enfermedades y otorgaba fortuna. Con el tiempo, se cambiaron las piedras por monedas ya que se asocian a la buena suerte.

Tocar madera tiene varias versiones sobre cuál es su origen real. Una de ellas tiene que ver con la crucifixión de Jesús. Se decía que, al tocar su cruz, se obtenía protección y buena suerte. Otra sugerencia está relacionada con los celtas. Para ellos, el gesto de tocar árboles significaba conexión con la naturaleza, y la naturaleza significaba vida. La última teoría defiende que se trata del gesto de golpear un par de veces la madera realizado en algunos países.

El acto de cruzar los dedos tiene sus raíces en el cristianismo. En el momento en el que los cristianos eran perseguidos, ellos cruzaban los dedos para invocar el poder de la crucifixión de Cristo. También lo utilizaban como saludo secreto entre ellos, y para absolverse de las mentiras que debían decir, de forma obligada, cuando eran perseguidos.

Cada superstición tiene un pasado y una historia diferentes, pero todas comparten algo en común: la necesidad humana de sentir que podemos influir, aunque sea un poco, en nuestro destino.

“No creo, pero por si acaso…”

Para muchas personas, las supersticiones no son más que mitos y creencias infundadas sin ningún tipo de demostración científica, pero al final las llevan a cabo “por si acaso”. Pasar por debajo de una escalera o abrir un paraguas en el interior de un edificio son dos ejemplos de supersticiones que parecen tonterías, pero que mucha gente lleva a cabo. Mejor prevenir que curar.

Aunque no lo parezca, las supersticiones tienen un significado psicológico más amplio del que creemos. Según este artículo de Alba Psicólogos, el nacimiento psicológico de una superstición se explica por un proceso de condicionamiento operante. Y esto, a su vez, se razona con el experimento de la Caja de Skinner, en el que una paloma asoció una conducta con una consecuencia. Es el mismo concepto que el de las supersticiones.

Creer para sentirnos mejor

Puede que ya no encendamos velas a los dioses ni temamos posibles presagios acerca de nuestro futuro, pero seguimos en la búsqueda de pequeños gestos y tradiciones que nos reconforten. Una moneda lanzada al aire, unos toquecitos a la madera o un amuleto en el bolsillo son formas simbólicas de pedirle al mundo que las cosas salgan bien y de “manifestarlo”.

Y quizá por eso, aunque el tiempo avance y la razón se imponga, las supersticiones nunca dejarán de formar parte de nuestra sociedad y nuestra mentalidad. Porque, en el fondo, creer, aunque sea un poco, es una forma de mantener la esperanza en el buen futuro.