11.6 C
Valladolid
sábado, 18 abril, 2026
Inicio MISCELÁNEA +UVA Un taller en la UVa analiza la trata y la prostitución con...

Un taller en la UVa analiza la trata y la prostitución con fines de explotación sexual

0
335
ESTÍBALIZ DOMOSTEGUI RUIZ  |  Fotografía: Cristina San José

Ayer jueves 5 de marzo, entre las 16:00 y las 18:00, la Sala de Juntas Alicia Puleo de la Facultad de Filosofía y Letras acogió el taller “Abordaje del fenómeno de la prostitución y la trata con fines de explotación sexual”. La sesión estuvo impartida por Alejandra Fernández, representante de Médicos del Mundo en Castilla y León, y reunió principalmente a estudiantes de primero de Periodismo, aunque también asistieron personas de mayor edad interesadas en comprender mejor un fenómeno social que rara vez se analiza con profundidad.

El taller abordó una de las cuestiones clave cuando se habla de explotación sexual: distinguir entre prostitución y trata de seres humanos. Según explicó la ponente, para que exista trata deben darse medios como la amenaza, el rapto, el engaño, el uso de la fuerza, la coacción o el fraude, con una finalidad clara de explotación. Esta explotación puede adoptar distintas formas: explotación sexual, trabajos forzados, matrimonios forzados o incluso extracción de órganos. En el caso de menores o personas con discapacidad, el consentimiento se considera automáticamente viciado, lo que implica que cualquier situación de explotación se interpreta como trata.

Más allá de las definiciones jurídicas, el taller puso el foco en los contextos en los que se desarrolla actualmente la prostitución. Tradicionalmente se ha asociado a la calle, pero hoy en día hay que ser consciente de que ha evolucionado en múltiples formas: espacios cerrados como clubes o pisos, espacios abiertos como la vía pública y entornos digitales. En este último ámbito surge lo que algunos expertos denominan “prostitución 2.0”, vinculada a plataformas digitales y redes sociales. Según los datos presentados en la sesión, este modelo digital ya representa dos tercios de las actividades de explotación sexual en el mundo, desplazando progresivamente a la prostitución entendida como callejera.

La dimensión del fenómeno en España resulta especialmente significativa. Un reciente macroestudio presentado por la Ministra de Igualdad, Ana Redondo, estima que “al menos 114.576 mujeres se encuentran en situación de prostitución en España en 2024”. De ellas, 4.682 estarían en Castilla y León y 1.109 en Valladolid. Además, se calcula que el 90 % son mujeres inmigrantes, muchas de ellas atrapadas en redes de deuda o en situaciones administrativas irregulares que dificultan enormemente su salida.

Cristina San José y Alejandra Fernández / Fotografía: Cristina San José

Las cifras económicas revelan también por qué este fenómeno persiste. Según datos citados durante el taller y atribuidos a Interpol, un proxeneta puede obtener alrededor de 110.000 euros al año por cada mujer explotada. En el caso de los pisos de prostitución, las mujeres suelen pagar una media de 400 euros semanales por permanecer en ellos, lo que convierte estos espacios en negocios altamente rentables para quienes los gestionan. Al mismo tiempo, se mantienen fuertes medidas de control sobre estas mujeres, recibiendo instrucciones precisas acerca de cómo ocultar de la localización de estos pisos.

Uno de los momentos más impactantes del taller fue la proyección de un vídeo con testimonios de mujeres procedentes de distintos países, entre ellos República Dominicana y Nigeria. Sus relatos coincidían en un mismo punto: la prostitución no es una elección libre, sino que se presenta como una solución marcada por la necesidad, las deudas con quienes facilitaron su traslado a Europa o la responsabilidad de sostener económicamente a sus familias.

Las consecuencias de esta realidad son múltiples. Desde el punto de vista físico y sanitario, las mujeres prostituidas sufren graves problemas de salud y riesgos en su salud sexual y reproductiva. A nivel psicológico, diversos estudios señalan que las secuelas pueden ser comparables a las de los veteranos de guerra, debido a la exposición continuada a situaciones de violencia y control. A ello se suman consecuencias sociales, y resulta que las mujeres suelen ser trasladadas constantemente entre pisos y ciudades, lo que imposibilita que creen redes de apoyo, establezcan vínculos o que tengan fácil acceso a recursos sociales y organizaciones de ayuda.

Momento de participación de los asistentes / Fotografía: Estíbaliz Domostegui

El taller también abordó la dimensión de la demanda. Según los datos presentados, aproximadamente un 30 % de los hombres ha consumido prostitución en algún momento. En muchos casos, señaló la ponente, no se busca únicamente sexo, sino “una relación de poder”, una dinámica que encuentra apoyo en determinados modelos de sexualidad difundidos por la pornografía. El acceso cada vez más temprano a este tipo de contenidos, sin filtros ni educación crítica, contribuye a normalizar la violencia y ciertas prácticas sexuales.

Pero quizá el aspecto más incómodo, al tiempo que importante de la sesión para futuros periodistas fue la reflexión sobre cómo informan los medios de comunicación sobre prostitución y la trata. En el ámbito mediático, las mujeres suelen aparecer expuestas, cosificadas, hipersexualizadas o reducidas a un objeto disponible, mientras que los hombres que pagan por sexo, apenas aparecen representados y cuando lo hacen, suelen aparecer de forma anónima, bien vestidos o completamente ocultos, lo que contribuye a invisibilizar su papel en el fenómeno.

El lenguaje también juega un papel clave. En la cobertura mediática es habitual hablar de “clientes”, “consumo”, “servicios” o “citas”, términos que le restan importancia la realidad de la explotación. Desde una perspectiva crítica, el taller propuso revisar estas expresiones y emplear otras que reflejen mejor la realidad, como “hombres que pagan por sexo”, “puteros” o “proxenetas”. Ocurre lo mismo ocurre con las denominaciones de los espacios. Palabras como “puticlub”, “burdel” o “club de alterne” forman parte de un lenguaje normalizado que, según explicó la ponente, convendría sustituir por “espacios de prostitución” o “espacios de explotación”. Del mismo modo, se recomendó evitar términos como “prostituta” o “trabajadora sexual”, ya que invisibilizan la situación de vulnerabilidad, y optar por expresiones como “personas en situación de prostitución” o “mujeres prostituidas”, para no reducir la identidad de una persona a una única circunstancia temporal.

El taller planteó una reflexión incómoda pero necesaria para quienes se preparan para ejercer el periodismo y para aquellos que necesitan un golpe de una realidad más frecuente de lo que pensamos. Cómo se informa, qué palabras se utilizan y dónde se coloca el foco no son decisiones neutras, pueden contribuir a perpetuar estigmas o, por el contrario, ayudar a visibilizar una realidad compleja que afecta a miles de mujeres.

font-family: arimo, sans-serif; font-style: normal; font-weight: 400;