Texto y fotografía de Isabel Cristóbal
Lo primero que hice al cruzar la pasarela que me llevaba del avión al control de pasaportes fue arrepentirme de no haber practicado alguna hora más con Duolingo. Mi entorno me preguntaba si sabía algo de portugués o si había hecho alguna clase y yo, confiada por venir de la frontera con Portugal, me decía a mí misma que no podía ser tan difícil. Y lo fue.
Las primeras semanas me lo tomaba a risa, pero cuando es la sexta vez que pides el café mal y todas las botellas de agua son con gas, el arrepentimiento llega pronto. Pasa un mes y sientes que no avanzas con el idioma. Los “bom dia” y “obrigada”, que por educación me salen para todo, nunca fallan y, si les pones un poco de entonación, hasta los del Uber se pueden creer que alguna vez fuiste de vacaciones a Río. Un mes y medio y ya te sabes los números y los días de la semana. Fácil, pero el seis se dice “meia” y ahí me delataba siempre. Con dos meses, el oído lo tienes casi hecho: de una frase crees entender la idea principal; ahora te toca echarle imaginación al resto. Y con tres, la idea la tienes… y una capacidad para imaginarte cosas que antes no sabías que tenías.
Los avances llegan sobre todo en los supermercados, restaurantes y fiestas. Cuando bajas al barro y hablas, pides que te corrijan y pierdes la vergüenza. Sin darte cuenta, pasas de no entender nada a no entender mucho… porque sigues sin hablar bien, pero has ganado algo muy importante: seguridad al hablar y la confianza de que, de una forma u otra, te pueden llegar a entender.
El portugués se parece al español, sí. Lo suficiente como para que durante los primeros días vivas en una cómoda ilusión de control. Crees que entiendes, asientes con seguridad e incluso te permites opinar. Hasta que aparecen los falsos amigos y todo se desmorona con bastante elegancia. De repente, descubres que algo “esquisito” no es exquisito sino raro, y que “pasta” no siempre es lo que esperas encontrar en el plato. A partir de ahí, cada conversación se convierte en un ejercicio de interpretación bastante optimista, en el que hablas con cierta confianza y esperas, sinceramente, no estar diciendo nada comprometido. Las clases se pueden hacer muy, muy pesadas. Intentar seguir el ritmo tiene su precio. Y el verdadero reto deja de ser entenderlo y pasa a ser mantener la atención y no desconectar… o, al menos, que no se note. Tu cerebro, por su parte, hace lo que puede: capta palabras sueltas, construye una historia paralela y confía en que coincida, más o menos, con la realidad. En España, atender en clase es opcional. Aquí es más bien una cuestión de supervivencia, donde a veces se llega a una conclusión (si se llega) con un carácter bastante interpretativo.
Con más meses y, por tanto, más calle, entender deja de ser un problema y empieza a serlo perfeccionar lo que dices. Son complicados los artículos, pronombres y la gramática propia del idioma. Y es ahí cuando descubres que hablar “más o menos” era, en realidad, una etapa bastante cómoda.
Después de medio año, puedo decir que entiendo portugués. O, al menos, que entiendo lo suficiente como para no darme cuenta de todo lo que sigo sin entender. A estas alturas, una ya ha aprendido a asentir con seguridad, a responder con cierta coherencia y a confiar en que, en la mayoría de los casos, la conversación va por donde parece. Y cuando no, tampoco pasa nada: siempre queda la opción de sonreír, decir que sí y seguir adelante. Eso no significa que deje de intentar mejorar. Más bien al contrario: se trata de seguir aprendiendo, aunque sea a base de errores. Porque si algo te enseña vivir fuera es que saber idiomas no es tanto hablar perfecto, sino atreverse a hablar… incluso cuando no estás del todo segura.










