De los zares a los bolcheviques: 1917, el año que transformó Rusia

RAÚL MILÁN VILLALÓN | FOTOGRAFÍA:WIKICOMMONS

En 1917, el hambre, la guerra y el descrédito de la monarquía acabaron con tres siglos de dinastía Romanov y abrieron una nueva etapa en la historia mundial. Las colas del hambre, los soldados que dejaron de obedecer a sus oficiales y una prensa convertida en instrumento de lucha política marcaron el derrumbe del zarismo, mientras Lenin regresaba del exilio para encabezar la conquista bolchevique del poder. La revolución prometió paz, tierra y justicia social, pero pronto abrió una nueva disputa por decidir quién gobernaría en nombre del pueblo

En las calles de Petrogrado, las colas para conseguir pan crecían mientras las noticias del frente recordaban que la guerra estaba lejos de terminar. Los obreros soportaban el encarecimiento de los alimentos, los soldados acumulaban bajas y las familias sufrían las consecuencias de un conflicto que parecía no tener salida. Nicolás II continuaba al frente de un imperio cuya autoridad se debilitaba a medida que aumentaba el descontento. No fue una sola protesta la que acabó con la monarquía: en 1917 confluyeron una crisis económica, la oposición política, las reivindicaciones sociales y la pérdida de confianza en el poder imperial.

El Imperio ruso era una autocracia de enormes dimensiones, gobernada por una dinastía que había ocupado el trono desde 1613. La abolición de la servidumbre en 1861 no había resuelto la desigualdad en el campo, donde numerosos campesinos reclamaban más tierras, mientras la industrialización había creado una clase obrera sometida a unas condiciones laborales muy duras. La revolución de 1905, desencadenada por una combinación de protestas, huelgas y descontento político, ya había obligado a Nicolás II a aceptar reformas y la creación de una Duma. Sin embargo, el poder del zar seguía siendo considerable y las tensiones sociales no desaparecieron. La participación rusa en la Primera Guerra Mundial, iniciada en 1914, agravó las dificultades de abastecimiento y las derrotas militares, mientras en la corte los rumores sobre la influencia de Grigori Rasputín y la zarina Alejandra alimentaban la desconfianza hacia una monarquía cada vez más aislada.

La primera de las dos revoluciones de 1917 comenzó en febrero, según el calendario juliano que todavía utilizaba Rusia. El día 23, correspondiente al 8 de marzo del calendario gregoriano, miles de trabajadoras salieron a las calles de Petrogrado coincidiendo con el Día Internacional de la Mujer. Las protestas reclamaban pan y denunciaban las privaciones de la guerra, a ellas se sumaron trabajadores de otras fábricas y las huelgas se extendieron por la ciudad. Las demandas económicas dieron paso a consignas contra el conflicto y la autocracia. El movimiento no había comenzado como una insurrección dirigida por Lenin ni como una operación organizada por los bolcheviques: fue una movilización popular que creció con rapidez y desbordó a las autoridades.

La respuesta del zar no consiguió recuperar el control. Parte de las tropas recibió órdenes de reprimir las manifestaciones, pero la disciplina militar comenzó a quebrarse. Algunos soldados dispararon contra los manifestantes, otros se amotinaron y se sumaron a la rebelión. La defección de unidades de la guarnición resultó decisiva: el régimen dependía del ejército y ya no podía confiar plenamente en él para mantenerse. Las instituciones imperiales quedaron desbordadas y los representantes de la Duma formaron un comité para gestionar la crisis, mientras surgía de nuevo el Sóviet de Petrogrado, un consejo de representantes de trabajadores y soldados. Nicolás II abdicó el 2 de marzo, equivalente al 15 de marzo en el calendario gregoriano Al día siguiente, su hermano Miguel rechazó asumir la corona, poniendo fin de manera definitiva a más de tres siglos de reinado de la dinastía Romanov en Rusia.

Reunión de soldados revolucionarios en el Gran Ducado de Finlandia en marzo de 1917.

La caída de la monarquía no resolvió la cuestión fundamental: quién debía gobernar. Se formó un Gobierno provisional, inicialmente encabezado por el príncipe Gueorgui Lvov, mientras el Sóviet de Petrogrado ejercía una influencia decisiva sobre los trabajadores y buena parte de los soldados. Surgió así una situación de doble poder. El Gobierno poseía la autoridad institucional, pero los sóviets contaban con una capacidad de movilización que podía condicionar sus decisiones. La nueva etapa abrió un espacio de pluralismo político, con liberales, socialistas y otras corrientes disputándose el futuro del país. Sin embargo, el Gobierno provisional mantuvo a Rusia en la guerra y aplazó la solución de problemas urgentes, como la redistribución de la tierra.

La paciencia de la población volvió a agotarse. Los soldados querían abandonar el frente, los campesinos reclamaban tierras y los obreros exigían mejoras materiales. La ofensiva militar lanzada en junio de 1917, impulsada por el entonces ministro de Guerra Aleksandr Kerenski, terminó en fracaso y agravó la crisis. En las Jornadas de Julio, soldados, marineros y trabajadores salieron a las calles de Petrogrado reclamando que los sóviets asumieran el poder. El Gobierno reprimió al movimiento bolchevique y Lenin huyó a Finlandia. Poco después, el enfrentamiento entre Kerenski y el general Lavr Kornílov, que movilizó tropas hacia Petrogrado en medio de una ruptura política y militar, volvió a debilitar al Ejecutivo. La interpretación de aquel episodio como un golpe preparado de antemano es discutida por los historiadores, pero sus consecuencias fueron claras: el Gobierno perdió autoridad y los bolcheviques encontraron nuevas oportunidades para ganar apoyos entre soldados y trabajadores.

Vladímir Lenin supo aprovechar aquella descomposición. Regresó del exilio el 3 de abril, 16 de abril en el calendario gregoriano, y defendió una estrategia que rompía con la idea de apoyar al Gobierno provisional mientras se esperaba una futura transformación socialista. Sus Tesis de abril reclamaban que el poder pasara a los sóviets, el fin de la guerra y la redistribución de la tierra. Las consignas “Paz, tierra y pan” y “Todo el poder para los sóviets” resumían las aspiraciones de sectores de una sociedad agotada. Por su parte, León Trotski, incorporado al partido bolchevique en 1917, también desempeñó un papel central como presidente del Sóviet de Petrogrado y responsable de impulsar la preparación de la insurrección desde el Comité Militar Revolucionario. Frente a ellos, Kerenski intentaba sostener un Gobierno cada vez más debilitado por la guerra, la crisis económica y la pérdida de apoyos.

Lenin presentando sus Tesis de abril ante el Sóviet de Petrogrado en abril de 1917.

La segunda revolución llegó en octubre, también según el calendario ruso. Entre el 24 y el 26 de octubre, del 6 al 8 de noviembre en el calendario gregoriano, las fuerzas bolcheviques ocuparon puentes, estaciones, centros de comunicación y otros puntos estratégicos de Petrogrado. La toma del Palacio de Invierno, sede del Gobierno provisional, se produjo durante la noche del 25 al 26 de octubre. Kerenski huyó y el Ejecutivo quedó desarticulado. El Segundo Congreso de los Sóviets se reunió en plena insurrección y el nuevo poder bolchevique buscó legitimarse a través de él. La escena histórica no fue, sin embargo, una batalla multitudinaria en la que toda Rusia se alzara simultáneamente: el control de la capital se logró mediante una operación concentrada sobre instalaciones estratégicas y una resistencia limitada en el Palacio. Además, las elecciones posteriores a la Asamblea Constituyente mostraron que los socialrevolucionarios habían obtenido más votos que los bolcheviques, lo que evidencia que la conquista del poder en Petrogrado no equivalía a contar con una mayoría electoral nacional.

La prensa había sido protagonista de aquella transformación desde el principio. Bajo el zarismo, los periódicos sufrían censura, multas, cierres y vigilancia policial, aunque existía una prensa política capaz de difundir críticas al régimen. Pravda, publicada desde 1912 y vinculada a los bolcheviques, había servido para divulgar sus ideas y conectar a los militantes con sectores obreros. La caída de la monarquía abrió un periodo de mayor libertad de publicación, en el que proliferaron periódicos, panfletos y manifiestos de tendencias enfrentadas. La prensa no se limitaba a narrar los acontecimientos: también difundía consignas, articulaba organizaciones y contribuía a movilizar a los ciudadanos.

Ese pluralismo comenzó a desaparecer tras la llegada de los bolcheviques al poder. El nuevo Gobierno aprobó el Decreto sobre la Prensa el 27 de octubre, 9 de noviembre en el calendario gregoriano, de 1917, después de que ya se hubieran ordenado cierres de periódicos contrarios a la insurrección. La norma permitía clausurar publicaciones acusadas de llamar a la resistencia o desobediencia al nuevo Gobierno, difundir información considerada calumniosa o promover actos delictivos. Aunque se presentó como una medida temporal, la restricción de la prensa opositora se convirtió en uno de los primeros pasos hacia el control político de la información. La revolución que había abierto un espacio inédito para el debate terminaba así enfrentándose a una contradicción decisiva: la libertad de prensa quedaba subordinada a las necesidades del nuevo poder.

La repercusión llegó también a otros países. En España, la prensa recibió gran parte de las noticias sobre la revolución de octubre a través de agencias internacionales. Un estudio de María José Pérez del Pozo publicado en Estudios sobre el Mensaje Periodístico en 2019 concluyó que los principales diarios españoles ofrecieron durante los primeros días una cobertura fundamentalmente descriptiva, con una valoración limitada del alcance de los acontecimientos. Rusia se convirtió así en una noticia internacional cuya dimensión histórica no siempre resultó evidente de inmediato para sus lectores.

Las consecuencias políticas fueron profundas. El Tratado de Brest-Litovsk, firmado el 3 de marzo de 1918, sacó a Rusia de la Primera Guerra Mundial a un coste territorial muy elevado. La guerra civil, que se prolongó fundamentalmente entre 1918 y 1921, enfrentó a los bolcheviques con una pluralidad de fuerzas antibolcheviques y prolongó la violencia en el antiguo imperio. En 1919 se fundó la Internacional Comunista, destinada a coordinar movimientos comunistas de distintos países, y en 1922 se constituyó la Unión Soviética. La revolución se convirtió en una referencia para partidos obreros y movimientos revolucionarios y anticoloniales, al tiempo que provocó temor entre gobiernos que veían amenazados el orden social y el sistema económico existentes. Durante décadas, su legado condicionaría la política internacional y contribuiría a definir los conflictos ideológicos del s. XX.

En 1917 cayó un zar, pero la revolución no terminó con la desaparición de la monarquía. La promesa de entregar el poder al pueblo abrió una nueva lucha para decidir quién podía representarlo. Los bolcheviques ganaron el control del Estado, pero la disolución de la Asamblea Constituyente en enero de 1918 y las restricciones progresivas al pluralismo mostraron los límites de aquella promesa. Entre las colas del pan de febrero y los edificios ocupados de octubre, Rusia pasó de la autocracia a un régimen revolucionario que transformaría el mundo. Su historia sigue encerrando una paradoja fundamental: la revolución que prometió emancipar a los desposeídos acabó concentrando el poder en nombre de ellos.

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