IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ | Fotografía: Memoria Revelada
El Salón Lope de Rueda de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid se quedó en silencio a las 16:15 del pasado 24 de febrero. No era un silencio incómodo. Era más bien de esos que anticipan algo importante. Se presentaba Memoria revelada, el documental del periodista Pedro Lechuga sobre cómo se vivió el terrorismo desde detrás de una cámara.
Abrió la sesión la decana de la Facultad, Dunia Etura, con una bienvenida serena y firme. Habló de memoria, de universidad y de responsabilidad. Recordó que el periodismo no solo informa, también construye relato y, con él, parte de la memoria colectiva. En un acto como este, la Facultad no solo acoge una proyección, sino un ejercicio de reflexión compartida.
Después tomó la palabra el presidente de la AVTCyL, Sebastián Nogales. Su intervención puso el acento en las víctimas y en la necesidad de seguir contando lo ocurrido con rigor, sin ruido y sin distorsiones. Recordar, insistió, es también una forma de justicia.
Entre el público se encontraban diversas autoridades: el delegado del Gobierno en Castilla y León, Nicanor Sen; la comisionada para las Víctimas del Terrorismo de la Junta, Sonsoles Sánchez-Reyes; el subdelegado del Gobierno en Valladolid, Jacinto Canales; la diputada provincial Sonia Alonso Valencia; además de mandos de la Guardia Civil, Policía Nacional, Ejército y Policía Municipal. Su presencia aportó solemnidad a la cita, aunque el ambiente mantuvo en todo momento un tono cercano, muy universitario.

A las 16:25 se apagaron las luces y comenzó la proyección. Durante algo más de una hora, Memoria revelada llevó a los asistentes a los años más duros del terrorismo, pero no desde los grandes titulares ni desde la política, sino desde la trinchera del fotoperiodismo. El documental se centra especialmente en la figura de Fidel Raso, uno de los reporteros gráficos que cubrió atentados y escenas de violencia en primera línea.
Las imágenes, algunas conocidas y otras menos vistas, devolvieron al presente momentos que marcaron a varias generaciones. Sirenas, calles acordonadas, miradas rotas. Pero también el silencio posterior. El documental no busca el impacto fácil; invita a mirar despacio y a entender qué supone estar ahí, cámara en mano, cuando todo alrededor es caos.
Al finalizar la proyección, en torno a las 17:30, Pedro Lechuga explicó el origen del proyecto. Contó que la idea surgió de una conversación y de la necesidad de escuchar a quienes durante años documentaron la violencia sin convertirse en protagonistas. Ellos estaban allí, señaló, pero casi nunca se hablaba de ellos. El documental pretende precisamente eso: dar voz a quienes miraron de frente cuando muchos apartaban la vista.
Después intervino Fidel Raso. Su testimonio fue uno de los momentos más esperados. Habló sin dramatismos, pero con honestidad. Recordó el miedo, porque lo había, y la tensión de llegar a una escena sin saber qué se iba a encontrar. Reflexionó sobre la responsabilidad ética del fotoperiodista, hasta dónde acercarse, qué publicar y cómo no invadir el dolor de las víctimas. La cámara, vino a decir, no es un escudo. Tampoco es completamente neutra. Detrás siempre hay una persona que decide.
El turno de preguntas confirmó que el documental había removido conciencias. Varios estudiantes de Periodismo, algunos de ellos presentes en la conversación que se grabó en la propia Facultad con Raso, plantearon cuestiones sobre la objetividad, el desgaste emocional y los límites entre informar y respetar. Las respuestas no fueron cerradas; fueron reflexivas, abiertas, como corresponde a un debate que sigue vigente.

A las 17:50, Sebastián Nogales cerró el acto con unas palabras de agradecimiento y una última apelación a la memoria. Poco a poco, la sala volvió al murmullo habitual. Los asistentes se levantaron despacio, comentando en pequeños grupos lo que acababan de ver y escuchar.
Afuera ya caía la tarde en el campus. Dentro quedaba algo más que una proyección. La sensación de haber asistido a un recordatorio necesario. Porque la memoria no solo se conserva en archivos o hemerotecas. También vive en las imágenes. Y en quienes se atrevieron a tomarlas.










