IKER SANSEGUNDO HERNÁNDEZ  |  Fotografía: Freepik

En una facultad donde durante cuatro años se nos ha repetido, casi como un mantra, la importancia de la libertad de expresión, del pensamiento crítico y del papel incómodo pero necesario del periodismo, cuesta no detenerse a reflexionar ante lo que está ocurriendo con el discurso de graduación. La reciente reunión con la decana, Dunia, ha dejado varias decisiones claras: el discurso deberá ser pronunciado exclusivamente por los delegados, unificado en una sola intervención y, además, ajustado a un tono estrictamente institucional. Esto último implica, entre otras cosas, dejar fuera algo tan esencial como la experiencia vivida durante estos cuatro años.

Aquí es donde surge la incomodidad. No tanto por el cambio en sí, que puede ser debatible, sino por lo que representa. Resulta difícil encajar que, después de una formación centrada en defender la libertad de prensa y la expresión de ideas, se limite precisamente el espacio más simbólico que tenemos como promoción para expresarnos con voz propia.

No se trata de convertir la graduación en un acto reivindicativo ni de romper con su carácter institucional. Nadie cuestiona que sea un evento formal, ni que deba guardar cierta coherencia. Pero reducir el discurso a una intervención neutra, centrada únicamente en el futuro profesional, deja fuera una parte fundamental: el recorrido, lo vivido, lo que nos ha traído hasta aquí. Porque una graduación no es solo un trámite académico. Es, en cierto modo, el cierre de una etapa compartida. Y en una carrera como Periodismo, donde se nos ha animado constantemente a observar, analizar y contar la realidad, parece lógico que ese cierre también tenga algo de relato propio.

También se han abordado otras cuestiones, como la elección de un único padrino para toda la promoción, decisiones que, aunque puedan tener una justificación organizativa o institucional, han generado cierta distancia con el sentir de los estudiantes. En conjunto, lo que queda es una sensación de desconexión. No tanto por las decisiones concretas, sino por la falta de sintonía entre el mensaje que se nos ha transmitido durante la carrera y la forma en que ahora se gestiona un momento tan significativo.

Quizá este sea, precisamente, uno de esos momentos en los que el periodismo empieza fuera del aula. Cuando toca señalar, con respeto pero con claridad, las contradicciones. No para generar conflicto, sino para abrir un espacio de reflexión que, en el fondo, también forma parte de lo que hemos aprendido aquí.