Aitor Enguita | Fotografía: Wikicommons
Con el estreno de La bola negra, la nueva película de Javier Calvo y Javier Ambrossi, se ha vuelto a poner el foco en la Guerra Civil Española. Las redes sociales vierten acalorados debates sobre el conflicto, en los que la polarización está a la orden del día. Pese a que la película utiliza el conflicto como un marco para crear una historia abiertamente de temática queer, las redes no han parado de estallar con discusiones políticas sobre la guerra o la figura de Federico García Lorca.
La polarización
No es una novedad que los fines políticos, tanto de un lado como de otro, acaparen el discurso acerca de esta lucha armada que ha marcado la memoria colectiva de nuestro país los últimos 90 años. La narrativa popular y social de la contienda se ha impregnado de un claro maniqueísmo, de un discurso de buenos contra malos, de un enfrentamiento de tú contra mí.
Se exhiben lemas relacionados con el conflicto “Madrid será la tumba del fascismo” o “Una, grande y libre” y se hablan de términos sensacionalistas que refuerzan la polarización política que tenemos hoy en día. Se habla de términos como genocidio, pero nunca se apunta al más importante, al central en la contienda: el fratricidio.
Muchas veces se olvida el punto más importante de la Guerra Civil Española: que fue una guerra civil, una lucha entre hermanos, entre vecinos, entre primos y entre amigos. La opinión pública suele interpretar la contienda como una lucha de facciones políticas comprometidas ya sea con el mantenimiento de la Segunda República Española o con el triunfo de la insurrección militar. El debate se suele centrar en figuras políticas destacadas o soldados hípercomprometidos con la lucha política.
Sin embargo, yo hoy propongo otra cuestión, mirar hacia atrás. No hacia los líderes, sino hacia nuestras casas, a nuestros abuelos y bisabuelos.
La memoria real
Lejos de toda polarización, la Guerra Civil fue un conflicto complejo. Como apuntan historiadores como James Matthews, la inmensa mayoría de los soldados que combatieron en la contienda, lucharon a la fuerza. El reclutamiento era forzoso y el miedo a las represalias por negarse, entre las que estaba el fusilamiento, era muy real. No solo esto, sino que muchos de los combatientes fueron jóvenes de entre 18 y 19 años. Esta situación fue especialmente acusada en la España rural y en zonas de grandes batallas como el frente del Ebro.
Debemos desterrar la idea de nuestros abuelos y bisabuelos como héroes políticos luchando por ciertos ideales, como el ojo público quiere proyectar muchas veces. Hay que pensar en hombres comunes, algunos, padres de familia, otros, jóvenes en su veintena, pero todos atrapados por el conflicto armado. Debemos pensar en una España dividida en dos zonas de ocupación, en la cual, tu pertenencia a un determinado ejército, en la mayoría de los casos, estaba condicionado por donde estabas durante el golpe de estado de julio de 1936.
Debemos pensar también en nuestras bisabuelas y abuelas. En el miedo de no volver a ver a un novio, a un padre, a un hermano o a un ser querido. Recuerdo las palabras de Gloria Fuertes “No me he casado porque a todos mis novios, señoras, señores, me los mataban en la Guerra Civil. Que fue las más incivil. A unos me los mataron en un lado y a otros en otro […].”
Este testimonio de la poetisa fue la realidad que con tan poca asiduidad solemos contarnos. Muchas novias que, de un día para otro vieron como a su novio lo sacaban de casa a la fuerza para combatir, y como ese novio jamás volvía.
La dimensión humana del conflicto es desoladora, no solo por estas escenas familiares, sino por todos aquellos hombres, que a la fuerza se vieron obligados ya no a matar a un vecino o aun amigo, sino a otra persona. A un ser humano, con su propia vida, su familia y que se vio envuelto en una guerra sin quererlo.
Hoy todos volvemos a hablar de la Guerra Civil y a emocionarnos con la versión de Soldadito Español de Judeline. Pero, tal vez, convenga mirar hacia nosotros mismos, preguntar, si podemos, a nuestras abuelas acerca de un padre o un hermano. Y darnos cuenta, que ese soldadito español era un joven asustado, tal vez de nuestra edad, al que se le dio un arma y se le obligó a renunciar a su juventud en un conflicto fraticida.















